“Vox no es un partido fascista, es un partido de extrema derecha, que no es lo mismo, a ver si vamos manejando los conceptos”, decía ayer un conocido tertuliano de televisión de los denominados de izquierdas. La irrupción del partido de Santiago Abascal en la política española ha abierto un intenso debate nacional. ¿Son los votantes de Vox de extrema derecha, ultraderechistas o simplemente fascistas? ¿Qué es realmente Vox, de qué pie cojea, de qué fuentes ideológicas bebe?

La controversia está servida. Algunos analistas consideran que se trata de un partido en la línea de la nueva ultraderecha europea xenófoba y machista, es decir, movimientos de nuevo cuño que no tratarían de destruir el sistema democrático sino de llegar al poder para imponer su programa político. Estaríamos por tanto ante grupos que no necesitarían de la violencia, en principio, para conseguir sus objetivos. “Somos gente normal, no somos fascistas como dicen. Así que exigimos respeto”, decía una votante del partido de Abascal en un programa de televisión.

Por el contrario, otros expertos creen que la ideología de Vox no se diferencia demasiado de los viejos fascismos que se impusieron en Europa en el siglo XX. De esta manera, sus votantes serían herederos del franquismo, de la Falange Española de las JONS y de aquella extrema derecha nostálgica de Blas Piñar que en la Transición fue reducida a la insignificancia tras la llegada de la democracia. Sería el facha de siempre, el facha facha de toda la vida que ahora saca pecho ante la decadencia de la socialdemocracia, la crisis económica y de las instituciones democráticas, la corrupción, el odio al inmigrante y la recuperación descarada del machismo.

La política es la guerra”, ha sugerido Santiago Abascal emulando a José Antonio Primo de Rivera, aquel que dijo que “la violencia puede ser lícita cuando se emplea por un ideal que la justifique”

Desde luego los matices son importantes a la hora de identificar, estudiar y clasificar un fenómeno. No es lo mismo un atún que un besugo, aunque ambos sean peces. Tampoco es lo mismo una pantera que un tigre, aunque los dos animales sean felinos. Sin embargo, no hay más que comparar el discurso de los extremistas eurófobos (considerados “civilizados”) con el de los fascistas supuestamente más duros y violentos para concluir que, si no es la misma cosa, se parecen como dos gotas de agua. Para empezar, los dos emplean un lenguaje nada pacífico ni conciliador, sino más bien belicista. “La política es la guerra”, ha sugerido Abascal emulando a José Antonio Primo de Rivera, aquel que dijo que “la violencia puede ser lícita cuando se emplea por un ideal que la justifique”. Esa violencia se justifica, por supuesto, siempre que se trate de acabar con el comunismo y con el independentista. De ahí que todo retrógrado comparta con otro la simpatía, cuando no la idolatría, hacia la figura de dictadores como Franco, el artífice de la gran cruzada nacional contra el rojo masón.

En segundo lugar, tanto ultraderechistas como fascistas propagan una filosofía de odio e intolerancia contra el inmigrante. Y ya se sabe cómo suelen terminar esas ideas supremacistas: con persecuciones y limpiezas étnicas. Que unos y otros empleen distinto grado de intolerancia contra el resto de las razas consideradas inferiores no exime la responsabilidad de abrazar una filosofía perniciosa. El discurso del odio es cualitativamente el mismo, con independencia de la intensidad.

Y por último ambos tipos de extremistas profesan un machismo que va escrito en los genes mismos del fascista. La mujer es propiedad del hombre y de ello tenemos una prueba empírica: los cuarenta años de franquismo en los que las mujeres fueron reducidas a la categoría de objetos y esclavas del macho. Por eso unos y otros comparten una fobia indescriptible hacia las feministas.

Hay otros muchos rasgos que certificarían que un ultraderechista de esos considerados “blandos e inofensivos” no es tan distinto al facha de bigote recortado, cabello engominado y brazo en alto de siempre (en realidad a los dos se les va la mano al cielo cuando escuchan el himno nacional). Por ejemplo, la alergia que ambos sienten a la libertad de expresión (Abascal ya ha vetado a los periodistas de La Sexta); la inquina contra el librepensamiento, la sátira y los intelectuales de izquierda; el nacionalcatolicismo medieval que profesan; y hasta ese puntito de mala educación cuando se juntan para abuchear a un presidente del Gobierno.

Así que si usted se topa alguna vez con un individuo o individua con estos rasgos de carácter que no le engañen con falsas retóricas: es un fascista convencido. Ahí la definición de la RAE puede serle de gran utilidad: facha es una persona de ideología política reaccionaria. O sea un lobo con piel de lobo. O con piel de cordero.

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