A la memoria del Dr. Arango, en la seguridad de que allá donde esté suscitará su sonrisa.
Para su familia y para Maite, su leal amiga, desde el convencimiento de promover sus lágrimas de ternura.
Para todos ellos, mi recuerdo, cariño y gratitud.

 

Habían transcurrido casi dos décadas desde que llegó a Colombia por primera vez. Ni por asomo pudo pensar entonces que casi veinte años después continuaría atrapado por el hechizo de Medellín, que con el paso del tiempo se había ido convirtiendo en su casa en América.

Como si se tratase de una liturgia que repetía en cada nuevo viaje, dedicó su primera mañana en la ciudad a emborracharse de ella. El taxista que le transportó desde su hotel al centro le había dejado en Berrío, que en aquella hora del día se mostraba como un torbellino de actividad rebosante de vida.

Relajadamente, inmerso en el insondable laberinto de sus recuerdos, inició su paseo entre el bullicio de la multitud, tratando de absorber vehementemente los olores y los colores; resucitando el acento propio de los Paisas; disfrutando del sabor de cada rincón. Fiel a su costumbre, se había sentado en el Astor de Junín, cerca de la imponente Catedral neogótica de ladrillo rojo visto. Como quien realiza un ritual, solicitó un delicioso jugo de mandarina a una amable mesera, perfectamente uniformada con un impoluto delantal y tocada con una cofia beige y roja. Se acercaban las Navidades y la ciudad, una explosión de flores y color embellecida por la riqueza humana de sus gentes, le fue envolviendo hasta dejarle atrapado por una densa telaraña de sentimientos.

No pudo por menos que recordar cómo por esas fechas se había producido, por azares de la vida, su primera visita a la ciudad de la eterna primavera. Había encontrado entonces, hacía ya casi veinte años, ¡quién lo diría!, tanto en común y, sin embargo, tantas diferencias con su España natal, que un susurro interior de origen desconocido le provocaba volver de nuevo cada vez que regresaba a Madrid.

Dejándose envolver por el complaciente clima del valle de Aburrá, dio en continuar vagabundeando perezosamente hasta la hora de almorzar. Mientras curioseaba disfrutando de las figuras de los alumbrados navideños, próximos a prenderse la noche del siete de diciembre, fue a topar con el parque del maestro Botero.

Olvidó al instante los alumbrados para remolonear durante un rato entre las rollizas y brillantes esculturas de bronce. Volvió a sorprenderse, como en cada ocasión que pasaba por allí, del éxito que había alcanzado el arte de Don Fernando deformando los volúmenes de sus modelos de manera inversa al Greco. Diríase que donde el uno alargaba, espiritualizando las figuras, el otro las engordaba intencionadamente jugueteando entre el virtuosismo y la crítica social, pero siempre fiel a la realidad colombiana. Lo paradójico era, meditó una vez más mientras sonreía, era el éxito de la obesidad en tiempos de flaqueza, bulimia y anorexia. En ocasiones este mundo no hay quien lo entienda, pensó, pero en este caso la técnica pictórica se había impuesto a la alta costura. Además, caviló satisfecho, la obra de Botero se ha hecho universal y a ella tiene acceso todo el mundo, sin entender de estratos sociales, al contrario que la moda.

Comenzaba ya a apretar el calor. Como casi todos los días, el cielo de Medellín se había ido entoldando, de nubes plomizas, cargadas de agua. La ciudad entera, sofocada por la humedad del río entre los henchidos nubarrones y la flama que desprendía el asfalto, comenzaba a pedir, suavemente, a los dioses Quimbayas de la lluvia que arrancase a descargar, para refrescar la noche, como cada tarde.

Casi sin darse cuenta se había ido acercando el mediodía, la hora de almorzar. Para no agobiarse, prefirió no quedar con nadie. De esa manera, pensó, le sería más fácil irse acomodando al ritmo de vida colombiano, sin duda más pausado que el de Madrid. Así las cosas, y ante el más que presumible chaparrón que amenazaba con descargarle encima, decidió tomar un taxi que le acercase al Jardín Botánico para comer en In situ, su moderno y tranquilo restaurante.

No supo por qué decidió ir allí. Fue un impulso, pero algo en su interior le empujaba. Nada más tomar asiento en la mesa, ya con una copa de cerveza Club Colombia entre los labios para apaciguar su sed, comenzó a llover.

Su vista se dejó llevar por el espectáculo de un aguacero tropical con aparato eléctrico, que tanto le gustaba. En las escasas ocasiones en que en España veía algo parecido acostumbraba a decir “¡mira llueve como en Colombia!”. Poco a poco, mientras saboreaba su cerveza fue amainando el temporal, se calmó el viento dejando descansar las ramas de los árboles centenarios y un maravilloso olor a tierra mojada se coló entre las rendijas de las enormes mamparas de cristal.

Aquel día, el original restaurante del Botánico no mostraba mucha concurrencia. Rodeado de la más exultante naturaleza, una vanguardista decoración que envolvía grandes espacios realzados por el alegre pero discreto, toque de color, glamour y buen gusto de los decoradores colombianos del momento, modelaba un agradable remanso de serenidad que provocaba a recordar acompañado de una innovadora cocina.

Así fue. Antes aún de que le pusieran sobre la mesa una vistosa ensalada “In situ” vino a su memoria la última vez en que había cenado allí. Su anterior viaje lo había hecho acompañado de su esposa. Como despedida, su grupo de amigos les habían preparado una cena. Allí estaban todos. Más de quince años de amistad que multiplicados por los ocho asistentes superaban ampliamente la edad media de una vida. Era normal que algunos fuesen faltando,

Mientras la cabeza de nuestro amigo se mantenía en tan profundo nivel de actividad interior, su imagen a la vista de cualquier extraño, su aparente dejadez, llamaba la atención, hasta el extremo de que cuando se acercó un camarero a preguntarle si la ensalada no era de su gusto, sorprendido, dio un salto sobre la silla, para aclararle de inmediato que nada más lejos de la realidad, acababa de llegar de un largo viaje y se encontraba algo cansado.

Probó la ensalada con desgana. Después, tornando a sus recuerdos tan amable, aunque inoportunamente interrumpidos por el mesero, esbozó tímidamente una ingenua sonrisa, suficiente para llevar a tan fatigado semblante y tan taciturna mirada, un leve destello de luz.

Regresó a su memoria la cena de despedida mientras perezosa e insolentemente daba cuenta de la armónica y equilibrada mezcolanza de queso, tocineta, mango, manzana, albahaca perfectamente aderezados que le habían servido, cuando casi imperceptiblemente la voz de María Callas entonando “O mío babbino caro” comenzó a abrirse paso, dulcemente, entre sus recuerdos.

La melodía se iba introduciendo paulatinamente en su cabeza con tal intensidad, que los sublimes agudos de la mítica soprano consiguieron arrancar unas copiosas lágrimas de sus fatigados ojos. Las enjugó en su servilleta cavilando, ¡Puccini en estado puro!, nadie cantó jamás éste aria como la Divina.

Acababan de servirle un plato de lomo bernaise capaz de quitar el hipo a cualquier mortal, pero su mente y el apetito continuaban en abierta discrepancia. De pronto, sintió un escalofrío. Sobresaltado al escuchar en su interior, como el aria que acababa de escuchar, una voz conocida y grave…

  • Sencillamente perfecta. Nunca nadie cantó así, como si mil mariposas descritas por García Márquez brotasen se su garganta para deleitar nuestros oídos en una declaración de amor por la Ópera italiana.

Lentamente se fue serenando. Era la voz de Toño. Lo sentía. Le escuchaba como si estuviese a su lado, conversando con él. Era como si no se hubiese ido nunca y, sin embargo, sabía que faltaba desde aquel fatídico veintinueve de marzo. Había sido el primero en abandonar el grupo. De una forma totalmente inesperada, sin una enfermedad previa, una mañana, un infarto se lo había llevado por delante como él había deseado siempre, en plenitud de facultades, sorprendiendo a todos, su familia, los amigos, sus compañeros de trabajo, de las actividades más diversas, el coro, la música clásica, la ópera…

Emocionado, volvieron las lágrimas a surcar unas mejillas, inusualmente lisas, para un hombre en la sexta decena de su vida, y, repitiendo el gesto de secarlas en la servilleta, dio en pensar algo que acostumbraba a recordar a muchas personas en un trance similar, “a Toño, desde donde me esté viendo no le gustará que esté llorando así”.

Dice un refrán castellano, emanado una vez más ¡cómo no!, de ese dogma que es la sabiduría popular atesorada durante siglos, que “no es lo mismo predicar que dar trigo”. Así se sentía él en aquél momento, triste y sin ánimo de nada. Evidentemente, es muy fácil predicar.

Los dos tenían prácticamente la misma edad, la misma profesión y, cada uno a su manera, disfrutaban con el arte, el colombiano con la música y el español con la literatura. Uno cantaba con una preciosa voz aterciopelada y grave de barítono y el otro escribía con el único propósito de disfrutar fantaseando historias con las que distraer a las personas que quería.

Aunque se veían poco, una distancia de nueve mil kilómetros es algo más que una parada de Metro, se tenían bien tomada la medida. Sin tomar conciencia de ello, en algunos aspectos eran tan complementarios como el punto y la i. La serenidad pausada y la suavidad con que sabía Toño envolver la autoridad, lograba casi siempre atemperarle contrastando con su fogosidad incontrolada y su rapidez, en ocasiones irreflexiva. Razón y temperamento en la más primaria de sus acepciones. La pólvora y la humedad que impedía su explosión. Así eran. Lejos de la inmiscibilidad del agua y el aceite, el valor humano de ambos se incrementaba cuando estaban juntos, aunque solo fuese porque uno lograba atemperar al otro cuando entraba en ebullición.

Aquel día, que había comenzado feliz, lejos de ponerse a hervir, nuestro personaje se había ido deslizando por aquel bucle cargado de melancolía que le arrastró al vacío emocional en que se encontraba.

Dejó a medias el lomo, incapaz de seguir comiendo vencido por el desánimo. Para evitar nuevas preguntas llamó al mesero con una sonrisa y le pidió unas brevas con quesito acompañadas de un tintico. Siempre había sido goloso y ciertos caprichos no se los podía permitir con facilidad en Madrid.

Una vez le fue servido el postre, el aroma de un buen café del Quindío le hizo descender de la nube de nostalgia en la que se había instalado, para dar buena cuenta de tan añorado postre mientras, parsimoniosamente, abandonaba el almacén de sus recuerdos para descender a la realidad.

Una vez saldada su cuenta, abandonó el restaurante y, después de un breve paseo por el orquideorama disfrutando del irrepetible espectáculo de la explosión de la naturaleza en un sinfín de orquídeas de miles de formas y colores, pidió a un taxi que le llevase a El Poblado, donde se encontraba su hotel.

Mientras el viejo vehículo que le transportaba encaraba la autopista regional en dirección sur, su mirada fue a toparse, inevitablemente, con la verde masa arbórea del cerro Volador. Sus ojos, detrás de las gafas, mostraron un rictus de melancolía. Conociendo la ciudad, su ciudad, como la conocía, no pudo evitar recordar cómo al otro lado de la loma se encontraba Pilarica, el barrio donde vivió su añorado amigo Toño, en la casa de dos pisos que había sido de sus padres, en que tan buenos ratos había compartido con él y la mayor parte sus amigos. En ella, algo así como un zoco del conocimiento, un punto de encuentro donde podían darse cita ilustrados de mil disciplinas, pudo acrecentar su bagaje cultural.

Allí, al amor de la lumbre de la amistad, arrullados por una música agradable y cobijados bajo la calidez de un buen vino, había aprendido muchas cosas, fundamentalmente a vivir con un pie en Europa y otro en América con el alma y el corazón suspendidos sobre el Atlántico. Había comprendido que la cultura, con mayúsculas, es una correspondencia biunívoca y generosa en la que das tanto como recibes.

De Toño, Gloria, Guillermo, Wilson y tantos y tantos amigos colombianos había recibido mucho. Le habían enseñado la historia de la Nación; las culturas precolombinas; la independencia de la metrópoli; le instruyeron en el especial carácter de los paisas, tozudo, emprendedor, fuerte y rebelde a la vez; alimentaron su sempiterno interés por la música sinfónica, introduciéndole, muy especialmente, en el fascinante mundo de la ópera.

Gracias a todos ellos podía distinguir un vallenato, un bambuco, una cumbia, un porro, un pasillo, un merengue, un joropo, una canción de despecho, y hasta en ocasiones se le podía escuchar tatareando el Himno nacional de la República, ¡Oh, gloria inmarcesible…!, o el Himno antioqueño, ¡Oh libertad que perfumas las montañas de mi tierra…!, aunque lo más importante es que le habían instruido en amar a Colombia como un paisa más.

No tenía ganas de hablar, y para defender la soledad de sus recuerdos, adopto una postura distante, reforzada con respuestas monosilábicas con que frenar la frenética verborrea del conductor. Continuaba avanzando el taxi, rebasando el cerro Nutibara y la plaza de toros, mientras que, a su izquierda, en ambas márgenes del río Medellín, advirtió un incesante ir y venir de gente. Los técnicos, estorbados por una tropa de impacientes curiosos, intentaban culminar el trabajo de dar los últimos retoques a los alumbrados Navideños.

Los niños, y es que sin ellos las fiestas navideñas serian otra cosa muy distinta, no paraban de corretear más pendientes de las velas de mil colores que acababan de encender, que de cualquier otra cosa en su pequeño gran mundo.

Nuestro amigo, que hasta entonces había pasado su jornada flotando en la nube de sus recuerdos, tomó de repente conciencia de la realidad. Esta noche, en la que se celebra la vigilia de la Inmaculada, toda Colombia explota en un delirio de júbilo, luz y colores. Es el comienzo de la Navidad, un mes entero en que se quema pólvora, se comen natillas, buñuelos y todo tipo de dulces, mientras que todos comparten ron, guaro y aguardiente arrullados por cualquier tipo de música, además de los villancicos.

Pues esta noche que para los colombianos significa el comienzo de las celebraciones navideñas, probablemente las más alegres del mundo. Se prenden velas de múltiples colores para conmemorar la fecha en que la Iglesia Católica proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen. En cada bujía encendida late el deseo de un colombiano que se eleva a María en petición de ayuda. Desde su primer viaje le seguía poniendo los pelos de punta la particular manera colombiana de vivir la fe, tan profunda como festiva y, sobre todo, tan diferente de la rancia rigidez y del recogimiento, en tantas ocasiones artificial, con que se vive en España.

Medellín, dio en pensar, cuenta con un plus, un valor añadido. En esa noche, maravillosa para la mayoría de los paisas, se instauró la tradición de encender los alumbrados navideños de los que año tras año se enorgullecen los naturales de la ciudad de la eterna primavera.

Silenciosamente se iba despidiendo el sol y la maravillosa luz del atardecer comenzó a destacar miles de pequeñas lucecillas en los lugares más insólitos, la calzada, las aceras, las ventanas, los portales, parques, fuentes, barandillas, en fin, toda la ciudad convertida en un enorme candelabro. Ya había enfilado el taxi la avenida del Poblado cuando inopinadamente, al llegar a la altura de la Iglesia de San José, cerca del parque Lleras, pidió al chófer que le dejase allí, quería caminar hasta el hotel.

Con el ímpetu que cualquiera que le conociese habría echado de menos en él durante todo el día, cruzó la calle hasta alcanzar un puestecillo próximo al templo mientras despedía a su melancólica mirada, agotada tras una larga jornada, para revestirse de la mejor de las sonrisas. Compró a un chavalín un mazo de velas de colores por un manojo de pesos envuelto en una generosa propina y, con él en el bolsillo, comenzó a caminar con paso enérgico en dirección al parque Lleras.

Al llegar se sentó en un banco, en una esquina de la plaza ajardinada y, con minucioso cuidado, fue prendiendo sus velas de colores y disponiéndolas en círculo. Cada una de las bujías llevaba implícito un recuerdo, su familia y sus amigos, los que están y los que ya se fueron, sus ahijados Sarita y Mauricio, y también aquellos que nada tienen y que más necesitan, Colombia, España, el descrédito de los políticos de los dos países y los locos que nos gobiernan…como si de una moviola se tratase, fue sacando de lo más profundo de su alma los problemas que más le preocupaban y pidiendo ayuda a la Madre de Dios para que las cosas cambiasen. Una vez comprobó que ardían todos los cabos se quedó mirando el circulo cavilando.

Pasado un rato una ráfaga de aire frío le sacó de su abstracción. Frotándose los brazos para alejar la sensación de frío cruzó la calzada para sentarse en la acogedora terraza de Le Bon. Mientras un café lechudo le ayudaba a entrar en calor, fue compartiendo con él los recuerdos de tantas veladas nocturnas compartidas allí cuando Lleras era el sumun de la modernidad. Después, serenamente, se dirigió al hotel donde se había dado cita con los mejores amigos para una cena informal, en Colombia una picadita.

Entre la alegría del reencuentro, el irse poniendo al día y una ingente cantidad de anécdotas y recuerdos había ido transcurriendo una agradable velada que hubiese servido de colofón a un largo día cargado de nostalgia para nuestro personaje, de no ser por habérsele ocurrido proponer, de forma tan intempestiva como sorprendente, al escuchar el estruendo resultante de quemar la pólvora, que fuesen a las orillas del rio para ver los alumbrados de Navidad que, recién, acababan de prenderse.

A pesar de la fatiga del viaje y de las emociones del regreso a su otra tierra, no pudo renunciar a un paseo que le permitiese admirar la espectacular iluminación de su ciudad americana, en aquellas fechas tan especiales para él y que desde su niñez le habían enseñado a amar.

Hacía años que no podía visitar Medellín por aquellas fechas, y aunque afirme el tango que “veinte años no es nada”, la ciudad en que murió Gardel continuaba adorando la universal música porteña, pero había cambiado mucho, para mejor, desde su primer viaje hacía ya dos décadas. No se equivocó Enrique Santos Discépolo, y es que el mundo “Yira, Yira”. La ciudad de las flores no iba a quedar atrás.

En las primeras ocasiones en que pudo disfrutar de la iluminación navideña, se circunscribía al centro urbano y las márgenes del río. Ahora, la ciudad entera se había estallado en una centelleante explosión de luz que se plasmaba en gestos de asombro, emociones, sorpresa y alegría, en la riada de viandantes que abarrotaban las calles.

Con el tráfico colapsado, aquel día caminaron y caminaron contagiados del entusiasmo y la admiración de los paisas. El cerro Nutibara presentaba una enorme torta de luz con cincuenta velas festejando el medio siglo de la instauración del evento, pero las luces, auxiliadas por la magia del fuego al quemar pólvora, alcanzaban zonas de la ciudad, que él no recordaba de otros años.

Todo era un alarde de luz, desde la avenida de la playa al teatro Pablo Tobón y la avenida oriental, pasando por el parque de los deseos, Junín y el parque Bolívar. Aquel año, hasta ante el edificio Aguinaga, antigua sede de Empresas Públicas de Medellín, que patrocinaba el acontecimiento desde siempre, se había instalado un enorme árbol de Navidad.

Se le veía como extasiado, como en otro mundo. En el parque norte, se quedó ensimismado ante un asombroso mural de luz de enormes dimensiones representando el pesebre con trazos infantiles y la infinita paleta cromática que los bombillos LED permiten. Lo cierto es que aquella noche las calles de la ciudad achicaban tal enjambre de gentes reflejando en sus semblantes un torrente de emociones, que permitía disfrutar de un Medellín irrepetible convertido en una fiesta de colores, magia, música, tragos, esperanza, diversión, pólvora y vivencias capaces de suscitar, como cada año, un sinfín de ilusiones.

Deambulando por estos pensamientos, de pronto, se sintió solo. Se había extraviado. Se quedó perplejo y, por más esfuerzo que puso, no logró reencontrarse con sus amigos entre el gentío. No se perturbó. Estaba en casa. Se sabía en su ciudad. Mañana será otro día, pensó impertérrito, para sí. Desfallecido después de una jornada tan intensa compró una botella de agua con que calmar su sed, buscó un banco vacío donde sentarse a descansar y se dispuso a pasar un rato observando.

Se sentía cómodo. Le gustaba venir. Verdaderamente se sentía en su ciudad. Sosegadamente se fue sintiendo sosegado entre tantas emociones y, despreocupado, fijó su atención en contemplar cómo, delante de él y dándole la espalda, un pelao de unos ocho o nueve años se entretenía recogiendo del suelo restos de cera derretida de las velas agotadas amasándolas entre ambas manos para preparar una esfera multicolor de la que pendía un cabo oscuro.

Necesitado de una buena ducha, de piel morena, pelo castaño, una marcada delgadez acentuada por la debilidad evidenciada en sus movimientos, todo ello envuelto en unos tejanos tan grandes como sucios y desgastados, y una raída camiseta de un color indefinido con tantas manchas que parecía un mimetizado militar. Sin embargo, más que por su aspecto, que podría considerarse normal en un chiquillo un día como aquel, impresionaba por la sensación de soledad que transmitía, ajeno a su entorno como si de un autista se tratase.

De tal manera llamó su atención que, como si ambos se hubiesen contagiado, también él quedó confinado en su ostracismo, zozobrando entre la añoranza de la niñez y el recuerdo de aquellos que ya faltaban en su vida, mientras contemplaba atentamente las evoluciones del chiquillo.

En un santiamén, como si de un arrebato se tratase, sosegadamente, se levantó de su asiento para acercarse al niño. Con la delicadeza necesaria para no amedrentarle y mediante una leve percusión sobre los hombros llamo su atención. Una sonrisa sazonada con una pizca de simpatía y aderezada con unas gotas de ternura fueron suficientes para romper la barrera de hielo del aislamiento del niño. Con la ayuda del adulto, la esfera multicolor había tomado cuerpo hasta convertirse en una bujía polícroma tan extravagante como llamativa.

El pelao, que le confesó llamarse Edgar Andrés le fue explicando, mientras terminaban de moldear la vela, cómo años atrás su madre y él habían llegado a Medellín, desde el Cauca, entre Buenaventura y Cali. Vivían despreocupados en una humilde finca su mamita, su papá, su hermana y él, dedicados a la agricultura, con una pequeña cabaña de ganado en tierra fría, cerca de donde la cordillera occidental se quiebra en dos vertientes, una que resbala sobre el océano Pacífico y la otra que se desliza, suavemente, hacia el feraz valle del Cauca, donde un mar de cañas con un archipiélago de ingenios a modo de islas disfruta del privilegio de un clima tan benigno como generosas sus dulces cosechas.

Una mañana, después de escucharse algunos disparos en las proximidades, por una vereda asomó en el horizonte una escuadra de guerrilleros pertenecientes al Bloque occidental de las FARC. Sin dar más explicaciones requisaron la pequeña finca y les “invitaron” a abandonar su modesta casa campestre prácticamente con lo puesto.

Su padre que había intentado defenderse cayó sin vida bajo una balacera y a su hermana, de quince años entonces, nunca más volvieron a verla después de aquel día. La llevaron prisionera y nunca más supieron de ella.

Así fue como madre e hijo iniciaron un camino sin retorno, sin conocer siquiera si habían sepultado a su papá. En cuestión de segundos, y sin comprender por qué, lo habían perdido todo, familia, hacienda y los cuatro pesitos con que alimentarse. Cada noche su mamita continuaba recordándoles, bañada en lágrimas mientras suplicaba a su Diosito y a María Auxiliadora que cuidase de todos.

A pesar de todas las dificultades que hubieron de salvar hasta llegar a Medellín o quizás, precisamente por ellas, doña Gabriela, jamás dejó de solicitar esa ayuda cada noche y al transcurrir de cada día comprobaba como la iba recibiendo, una mañana encontrando qué almorzar, una tarde alguien les regalaba ropa y, en cada crepúsculo, encontraban algún lugar donde protegerse envueltos en dos raídas cobijas con que alguien les había colaborado. No dejaron de encontrar alguien bondadosa cada día y, después de tan trágica vivencia, continuaron comprobando que aún quedaban en Colombia buenas gentes de enorme calidad humana.

La llegada a la ciudad, unos años atrás, había sido una ejemplar muestra de esa sincera solidaridad que se profesa entre los más necesitados. Recién se acomodaron en la zona norte del valle, en las laderas más altas de Manrique, ya lindando a Santa Elena, no cesaron de recibir ayudas. Cartones, todo tipo de chécheres, muebles y enseres viejos, despreciados en los barrios más acomodados de la ciudad, les fueron llegando de la mano de sus nuevos vecinos hasta conformar un nuevo hogar, tan ilegal como digno, en uno de los muchos asentamientos de la ciudad.

La verborrea de Edgar Andrés no había quién la parase. Algo así como cuando se pincha un globo y comienza a girar alocadamente hasta despedir todo el aire que contiene. ¡Y a mí me parecía un niño con ciertos rasgos autistas!, dio en pensar nuestro amigo en su interior mientras subrayaba su malicia con una sonrisa.

Un momento antes, al oírle hablar de Manrique, una intuición que prefirió no atender, pasó por su mente como una estrella fugaz.

Había pasado ya un rato desde que terminaron la vela. Le pidió el pelao fuego para encender y se levantó del suelo como una exhalación, echando a correr hacia un puestecito cercano. Cuando regresó pudo ver cómo la cara de asombro de Edgar se tornaba en una expresión de serenidad. Llevaba entre sus manos dos haces de velas de diferentes colores y una cajita de cerillos.

Después de abrir cada uno de los manojos se quedó con cuatro bujías amarillas, seis rojas y dos azules para conformar dos nuevas gavillas, una con la bandera colombiana y la otra con la de España. Las demás se las regaló a Edgar.

Prendió un fósforo a continuación y, después de encender en primer lugar el cirio multicolor de fabricación casera, hizo lo propio con las de los estandartes nacionales. Entregó la caja de bengalas al niño para que pegase fuego a las restantes. Mientras él llevaba a cabo tan incendiaria misión, nuestro amigo retrocedió lentamente para volver a sentarse en el banco fijando su mirada sobre las llamas.

Poco después el chavalín se acercó al banco para sentarse sin decir palabra. Como en un partido de tenis, su mirada se mecía incansable desde las bujías prendidas a la cara de su recién estrenado amigo y viceversa.

Como si la pequeña hazaña que acababan de concluir en común hubiese desarmado las barreras de su baluarte interior, al cabo de un rato, Edgar rompió a hablar desde la complicidad de quienes llevan juntos toda la vida. Decidió dejarle hablar sin interrumpir escuchándole con atención. Algo había en ese chiquillo que llamaba su atención sin alcanzar a percibir de qué se trataba. Con su cháchara, no exenta de una elocuencia singular para un rapaz de sus años, alimentaba su interés acrecentando su simpatía por aquel sardino.

En un instante, sin mediar un motivo evidente, perdió el hilo de la perorata ponderando cuantos niños españoles con más recursos y menos capacidades que aquel pelao iban pasando cada curso “de aquella manera”, consentidos por sus padres, y envueltos cada Navidad en juguetes con que encubrir la conciencia de sus padres ante un cariño mal entendido y consentidor.

La palabra Manrique en la boca del chaval, acompañada de Doctor Toño, le obligó a regresar a la realidad dando un respingo sobre el banco. Explicaba que unos años antes, al llegar con su mamá a Medellín, un doctor en el Centro de Salud de Manrique les había ayudado, desde el más absoluto anonimato. Conociendo a Toño no le sorprendió, pero su corazón le dio un vuelco. Pensó con Santa Teresa de Jesús, que Dios escribe derecho con renglones torcidos, y allí le había puesto a él, probablemente, en el último renglón de Toño, para que su partitura no quedase inacabada.

Contuvo sus ganas de llorar. No le iban a faltar apoyos a aquel pelao en el futuro, pensó. Bajo una sonrisa humedecida por las lágrimas especuló, “si él quiere podrá llegar a Presidente de Colombia” aunque, después de recapacitar, decidió que “podría ser un excelente médico, como Toño”. Llevando al pelao de la mano, le guiñó un ojo a una estrella con un mohín de felicidad y echó a andar…

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