Ya sucedió en 2004, y en 2014, sobre todo en 2014, cuando el tifón que barrió el circuito de Suzuka era el Diablo y era Dios. Nadie podrá olvidar el accidente que le costó la vida a Jules Bianchi, accidente que nació de la lluvia y el tifón, de la imposibilidad de que despegase el helicóptero de evacuación. El tifón, ese extraña y fascinante costumbre de ponerles nombre, se llamaba Phanfone, tifón Phanfome.

Este año podría suceder lo mismo. O no. Porque en 2004 también había un tifón que tenía apuntado en su carnet de baile con LAS ALMAS Y LA F1 y al final la carrera se celebró, aunque la clasificación tuvo que demorarse hasta el domingo, y a continuación se disputó el Gran Premio que ganó Schumacher, al que luego en el mismo circuito el año siguiente le dio sopas con honda (y no hablo de ningún motor) Fernando Alonso a Schumacher, para proclamarse ese mismo año por primera vez Campeón del Mundo de Fórmula1.

Este 2018 el tifón -ya llevan varios en el País del Sol Naciente: Jebi hace un mes, Trami hace cuatro días- podría hacer que el Gran Premio no se celebrase, o que el sábado hubiera primera clasificación y a continuación carrera.

Habrá que mantenerse despierto, literalmente porque traducir la hora de Japón es levantarse en Mad Madrid Europe Spain, cuando todavía es de noche, para ver que sucede realmente al final.

Suzuka es un circuito que entusiasma a los pilotos: fantástico el zapateao que se marcó Max Verstappen el año pasado, el 20017. Si no nos falla la memoria fue elegido piloto del día.

Tifón tifón tifón….

Nada nos extrañaría que Vettel, y también Arribavene que ya huele a carne de despido, estén rezando para que el tifón sobre Japón se lleve a Hamilton, y ya puestos también a todo Mercedes, porque de otra manera… ni Ferrari ni el teutón van a conseguir su sueño, su -casi imposible ya- corono de campeón.

 

Tigre tigre.

La casi siempre injusta Fórmula 1

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