Hay una cuestión clara a la hora de enfrentarnos al problema social de la violencia de género: las mujeres tienen miedo a denunciar. No solo en situaciones de violencia de pareja, sino también en situaciones de abusos y acoso en el entorno laboral o incluso de agresiones puntuales realizadas por desconocidos.

Y no estoy hablando desde un punto de vista teórico o hipotético. En solo una semana son varias las mujeres de mi entorno que han tenido que enfrentarse a situaciones de este tipo, y que no han encontrado más salida a su agresión sufrida que callar. Son varias las amigas que me han dicho: no puedo denunciar esto. Por no encontrarse lo suficientemente amparadas por la ley, por no encontrar el suficiente apoyo social.

Es cierto que existe un reconocimiento legal, y una apariencia de amparo. Pero la realidad es que, ante una agresión, a las mujeres les asusta denunciar casi tanto como la agresión en sí. Cuando comprendí esta realidad tan terrible necesité escribir para procesarlo, para evidenciarlo. Llegué a la conclusión de que esto es lo que nos mantiene en un goteo constante de asesinatos machistas. Y hasta que no comprendamos este problema y le pongamos remedio continuaremos asistiendo a continuos crímenes que, lejos de ser excepcionales situaciones de antisocialidad, son de hecho la norma general de una sociedad machista.

Decía el poeta Warsan Shire en un poema sobre los refugiados que nadie pone a sus hijos en un barco a menos que el agua sea más segura que la tierra. 

Lo mismo podríamos plantearnos en este caso. Habría que preguntarse por qué mujeres que viven día a día atemorizadas y maltratadas prefieren continuar con ese enclaustro antes que denunciar. 

Hablemos del miedo en el derecho. La ley de violencia de género se concibió como una ley integral para poner remedio a la desigualdad imperante en cada estrato. Una de las medidas que contempla es la de la “orden de protección” como medida cautelar, que supone medidas de protección tanto penales (como puede ser una orden de alejamiento) como civiles (en materia de custodias y demás). Y para adoptar esta orden se requiere que exista un “temor razonable y objetivo de sufrir algún daño”. La realidad es que, en base a este argumento, se desestiman cientos de peticiones. ¿Qué es ese miedo razonable? Me ha costado dios y ayuda encontrar una sentencia aclaratoria al respecto. Creo que la sociedad no es verdaderamente consciente del miedo muy real y muy amenazante al que se enfrentan diariamente las mujeres, pero que muchos desechan con una broma. Déjenme contarles algunos de esos miedos subjetivos que parecen no tener importancia.

Hay mujeres que viven con miedo de denunciar a sus jefes o compañeros por miedo a que las despidan o las sancionen. Porque esa agresión, verbal o física, sutil o directa, en realidad no parece ser tan grave como las consecuencias de denunciar. “Puedo aguantarlo”, he oído a amigas comentar. “Si llegara a denunciar, ¿quién me creería? Aunque me creyeran. ¿Qué pasaría? Él no es mi jefe pero conoce a todo el mundo. Nunca llegaría a avanzar a nivel profesional.”

Otras viven con miedo de denunciar a sus parejas por miedo a que eso traiga consigo represalias y una mayor violencia. Para sí misma, para sus hijos o su familia. Porque cuando llegan a denunciar después de largos años de indecisión acumulando pruebas y valor se encuentran con un muro de recelo y escepticismo, una incredulidad que tienen que derribar con una fuerza interior admirable. Con un agente de la policía sin medios suficientes como para cumplir el protocolo pertinente, que tiene que atenderte a trompicones en un espacio sin privacidad. Con una parte contraria que actúa contra ti como si tú fueras culpable. A pesar de los años, del insomnio y de la recopilación de pruebas siguen teniendo miedo. Cuando llega el momento de denunciar, el miedo las bloquea, impidiendo un testimonio coherente.

Algunas viven con miedo de denunciar una violación o un abuso sexual porque es su palabra contra la de su agresor. Porque cuando el abuso acabó, en lugar de plantearse los pasos procesales a seguir, se encerraron bajo la ducha hasta quedarse sin lágrimas. Y sólo a la semana de la agresión despertaron, y empezaron a ser conscientes de lo que habían sufrido. Y sintieron que ya era demasiado tarde, que nadie las creería.

La mayoría de las mujeres viven con menos miedo, un miedo que no llega a inmovilizarlas, pero sí a adormecerlas. Un miedo incómodo al que han llegado a acostumbrarse y que dicta sus actos del día a día. Coger un vagón de metro donde puedan sentirse seguras, una calle transitada y bien iluminada, una acera sin un grupo de hombres que, posiblemente no hagan nada, pero que constituyen de por sí un riesgo, una amenaza. Reírse de los chistes machistas que las ofenden y no hablar más de la cuenta sobre machismo por temor a ser tildadas de feminazis y ser etiquetadas por ello como unas histéricas cuya opinión ha de ser invalidada. Ser dura en el trabajo, pero no demasiado. Nadie quiere una puta mandona como jefa, nadie respeta a una blanda. Vestir con elegancia y femineidad para conseguir ese trabajo o simplemente ser medianamente respetada, pero no tanto como para provocar una agresión. ¿Será esta falda demasiado corta? ¿Será este vestido demasiado ceñido como para provocar comentarios y miradas por las calles?

Vivimos disfrazadas de una falsa seguridad, de una falsa igualdad conquistada. Nosotras, el sexo débil. Nosotras, a las que nos enseñaron desde niñas a huir. Vivimos avanzando, luchando por caminar a pesar de todo ese miedo. Con valentía a pesar de todo.

Todo este miedo tiene como consecuencia un estado de inseguridad permanente. Y un estado democrático será bueno en la medida en que garantice la seguridad de la ciudadanía. En eso se basa la legitimidad del monopolio de la fuerza que ostenta el estado. Esto se traduce en muchos aspectos: en la seguridad de que no sufrirás arbitrariedad a manos del estado; la seguridad de que podrás acceder a la justicia con una serie de garantías, etc. Si una persona sufre un atraco tiene la seguridad de que ese crimen será condenado por los poderes públicos y abordado con más o menos eficacia. Nadie teme ser señalado socialmente por denunciar un atraco. Ningún hombre ha de temer que evalúen si provocó esa agresión, si lo que dice es falso o si pretende vengarse de alguien. Nadie le dirá que está sobre reaccionando y que su miedo no es objetivo ni razonable. Y, si se conoce al autor, puede esperar un procesamiento. No tendrá que temer el acoso de compañeros de trabajo o de los amigos de su agresor. En el caso de la violencia de género, aún conociendo al autor, parece no existir esa seguridad. 

Estamos hablando de miedo, hablemos ahora de terror. Porque, cuando el miedo se emplea como un instrumento de coacción y de dominación contra un colectivo determinado, como es el presente caso, el miedo pasa a ser un arma política y no nos queda más remedio que hablar de terrorismo. Y es a eso precisamente a lo que nos enfrentamos: a un terrorismo machista. En palabras de la RAE, el terrorismo es “1. La dominación por el terror; 2. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.” No encuentro una definición más acertada para esta situación.

Cuando estés con tu vecina, tu hermana, tu hija o tu novia, cuando cruces la calle y camines junto a cualquier mujer, pregúntate ¿De qué tiene miedo? Pregúntatelo con la voluntad de entenderlo, observa cómo esa mujer tiembla ante determinadas situaciones. Si la observas con detenimiento, si observas las agresiones diarias que vive y los miedos a los que ha de enfrentarse, llegarás a entender por qué necesitamos el feminismo.

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Inés Moreno (Alcalá de Henares, 1992) Graduada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Carlos III de Madrid y máster en Derecho Internacional Medioambiental por Háskóli Íslands (Universidad de Islandia). Ha desarrollado su actividad investigadora entorno a la gobernanza global y los derechos humanos de tercera generación. Activista de Amnistía Internacional España de 2011 a 2015. En su actividad literaria colabora con la editorial Playa de Ákaba con la que ha publicado su primer poemario, Akasia.

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