A pocos kilómetros de la gran metrópoli nos encontramos con realidades sociales muy diferentes. Este nuevo mundo in time, de postverdad, redes sociales, sobreinformación y difusión estandarizada de valores convive con pequeñas comunidades rurales en las que no han arraigado muchos de esos cambios que parecen operar en el ámbito urbano.

Coexisten pequeños núcleos del interior de nuestro país donde las fiestas patronales son una extraña combinación de exaltación religiosa y excesos juergueros, símbolo de la inexistencia de un mañana para quién los vive. A finales de agosto y durante el mes de septiembre, coincidiendo con la recogida de la uva (quizá vieja reminiscencia pagana de la celebración de la cosecha), se suceden numerosos festejos locales que son todo un fenómeno sociológico, al menos para quién no había tenido un contacto tan directo con el mundo rural, como es mi caso. Entre vírgenes, niños milagrosos y cultos a las ánimas del purgatorio, se presentan las nuevas generaciones, que repiten generación tras generación el mismo rol.

El 64,8% de la población de Castilla-La Mancha solo tiene estudios educativos de nivel básico (educación preescolar, infantil, primaria y secundaria básica), uno de los indicadores (junto a Extremadura y Ceuta y Melilla) más bajos de la Unión Europea. El futuro que se vislumbra es trabajar en la fábrica o en el campo. Los jóvenes terminan a duras penas el instituto para iniciar la vida laboral en trabajos duros y precarios. Su éxtasis es el fin de semana: gastar en copas, sustancias varias, y llevar un ritmo frenético hasta el lunes… Ese lunes en el que vuelve la realidad de levantarse a las seis de la mañana y volver a casa, justo para la cena.

La tasa de paro de las mujeres de Castilla-La Mancha alcanza el 35,76%, un valor muy por encima de la tasa femenina nacional (27,61%). Esas mujeres que me llaman poderosamente la atención: Son fuertes, acostumbradas a llevar las riendas de la casa, a la fábrica, al campo… Numerosas familias monoparentales, estigmas sociales (cambiar mucho de pareja sigue representando una mala reputación) y aceptación de la promiscuidad masculina como algo normal, algo “propio del sexo masculino”. Hablo de una clase obrera femenina deslenguada, provocadora y que sin embargo, ostenta roles propios de los años 50.

Si ya es difícil ser madre trabajadora, aún lo es más en las zonas rurales. La mayoría los pueblos carece de servicios de guardería a tiempo completo, los colegios tienen jornada intensiva y la mayoría de las madres (incluso las más jóvenes) se quedan en casa a cuidar de la prole.

Tendrían ustedes que ver cómo se disputan el privilegio (chicas apenas de 16 años) de ser damas de la virgen. Durante un año, han de gastar en vestuario, en demostrar poderío económico… ante el resto del pueblo. Un verdadero rito iniciático, la puesta de largo para jóvenes mozas en edad casadera, que se convierten en protagonistas de cada fiesta religiosa del pueblo y que han de lucir ante todos sus mejores galas. Y es que ser dama de la virgen es un privilegio que no todas se pueden permitir y que lucen con orgullo.

Como decía inicialmente, estamos en otra época, en otro momento, en donde la igualdad de sexos y la independencia debería ser bandera del sexo femenino, pero en estas zonas interiores, el tiempo parece haberse detenido. Mujeres tan capaces, tan fuertes… que ver reproducir estos roles, ¡asusta!

Tengo profunda fe en los cambios, por eso las instituciones y también las empresas deben creer en su potencial. Como ha demostrado la historia, la inserción laboral de las mujeres es fundamental para cambiar su propia realidad. Debemos apostar por ellas, instituciones y empresariado. Porque ELLAS pueden mover el mundo… y no lo saben.

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De familia amante del debate y de gran diversidad ideológica, mi infancia transcurrió entre el parque de la Fuente del Berro y largos veranos en la Rioja. Llegué a este mundo en plena Transición Española. Eso marca.

Desde que tengo memoria, he devorado libros y muy pronto me inquietó la política, en parte por la influencia familiar, pero también por haber estudiado en el Instituto Ramiro de Maeztu, en aquella época un lugar de gran estímulo intelectual. A los 17 años me afilié al PCE y empecé a colaborar en el ámbito asociativo.

Durante mi etapa universitaria, alterné el empeño por mantener un buen expediente con el de ganarme laboralmente la vida. A la par, siempre a la búsqueda de espacios de debate político enriquecedor.

Soy licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración (UCM) y en Derecho (UEM). Doctoranda en Economía Aplicada. Salté a la política más activa en 2003, y hasta el 2014 tuve el privilegio de hacer real la gobernabilidad desde la izquierda y formar parte de la transformación de una ciudad, Rivas Vaciamadrid. Actualmente, desde el ámbito privado y profesional sigo persiguiendo el sueño de que otro mundo es posible, también desde mi militancia en Izquierda Abierta.

1 Comentario

  1. Y estudiaste Derecho en la Europea de Madrid?
    Si que te iba bien la economía… Pues es la universidad más cara de la comunidad de Madrid y la segunda de España.

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