El pasado 27 de febrero se cumplió el 40 aniversario de la creación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), nacida en 1976 con el abandono por parte de España de lo que habían sido territorios propios, entregados abiertamente a Marruecos de forma injusta e indigna y menospreciando los derechos del pueblo saharaui, en un tránsito político plagado de olvidos y traiciones por parte de la potencia descolonizadora.

En ese contexto de lucha hacia la liberación territorial de la RASD y su plena soberanía, el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, acaba de visitar la región (los días 5 y 6 de marzo) para reimpulsar el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui proclamado en 1965 por el alto organismo internacional. Una visita derivada a la postre, como tantas otras, del Plan de Paz que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó en 1991, cuando creó la comisión especial para la celebración del referéndum (la MINURSO), tras 16 años de guerra entre la RASD y Marruecos.

La diferencia sustancial entre este viaje y los que anteriormente realizaron sus predecesores en el cargo, es que mientras Butros Butros-Ghali y Kofi Annan visitaron los territorios ocupados por Marruecos, lo que ahora ha pisado Ban Ki-Moon -por fin- es la zona liberada por el Frente Polisario. No ha estado en El Aaíun, pero si en Mauritania y Argelia, y por supuesto en Bir Lelhu, localidad en la que el 27 de febrero de 1976 los saharauis dieron carta de naturaleza a la RASD ante la prensa internacional, alumbrados con los faros de los Land Rover que les condujeron hasta aquel desértico lugar.

Un marco reivindicativo en el que España sigue sin tomar conciencia del papel que debe jugar en la resolución del peligroso conflicto del Sáhara Occidental y de la obligación que tiene la Comunidad Internacional para imponer el cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas.

Esa inacabable y cruel transición a la autodeterminación, no es otra cosa que una dilación interesada en el tiempo para que Marruecos pueda enfriar las decisiones de la ONU y colonizar el territorio alterando el censo electoral de partida (un genocidio estadístico), bajo una dura opresión que provoca la vuelta al conflicto armado, con los jóvenes saharauis indignados por las condiciones de su vida de refugiados y sin percibir el menor atisbo de eficaz acción internacional. Un impasse tan vergonzoso como explosivo en el que Marruecos y sus cómplices -y sólo ellos- están llamando de forma insensata a la guerra y a la penetración del fenómeno yihadista en la zona, auténtica amenaza para la estabilidad de una región geoestratégica que ya afecta directamente a España y Europa, con las Islas Canarias a tiro de piedra.

Ahora, se ha dado tiempo para que el Sahel, que es la franja del continente africano que a partir del mar Rojo y hasta el océano Atlántico delimita al norte con el desierto del Sahara y al sur con la sabana sudanesa, abarcando el norte del Senegal, el sur de Mauritania, Malí, el extremo sur de Argelia, Níger, Chad, el sur de Sudán y Eritrea, sea apetecida por el expansionismo del Estado Islámico, entre otras cosas por sus riquezas minerales y por la debilidad de sus sistemas políticos. Así, su invasiva amenaza se aproxima peligrosamente al Magreb y a la frontera sur de Europa, justo por la puerta más vulnerable del norte de Malí, situada entre Mauritania y Marruecos y en el límite sur de la huérfana y apetecible RASD.

La crisis de Malí ha puesto el dedo sobre la sangrante llaga del Sahara Occidental, territorio susceptible del contagio yihadista (a pesar del esfuerzo del Frente Polisario por evitarlo sin la menor ayuda occidental) y, por tanto, de albergar una amenaza de primer orden para los intereses comunes de España y la Unión Europea. Un conflicto regional mucho más que incipiente (la censura informativa y la connivencia política no cambian la realidad) que la comunidad internacional se debe tomar muy en serio, fortaleciendo la democracia en todos los países del Sahel, combatiendo la satrapía de algunos de sus gobernantes y cerrando con ello el paso a las aspiraciones de la yihad islámica.

España lleva tres años comprometida en Malí junto a otras potencias occidentales, principalmente Francia. Pero no se entiende que, en paralelo, lleve cuarenta ignorando la precariedad política y material de la RASD, que es un territorio clave para los intereses españoles, y su debilidad ante la nueva amenaza de desestabilización yihadista que avanza sobre el Magreb y la frontera sur de Europa.

El ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, reconoció hace poco tiempo en Luxemburgo (fue una lástima no oírselo decir en España): “Todos hemos constatado que es extraordinariamente grave que Malí se convierta en un territorio exento, en una plataforma terrorista como se intentó en Somalia y en Afganistán”. Y precisó que, en su opinión, la crisis en Malí puede “desestabilizar el norte de África” y provocar que Europa tenga “una frontera con Al Qaeda en el mar Mediterráneo”.

Pero, si tanto preocupa a nuestra diplomacia la crisis del Sahel, ¿por qué se desentiende de la más explosiva del Sahara Occidental…? ¿Y cómo se compadece, entonces, ese temor político ante la amenaza más cercana del Estado Islámico con mantener la insoportable situación del pueblo saharaui, que sin duda alguna es su mejor caldo de cultivo entre una juventud que no quieren atarse durante otros cuarenta años al mismo sufrimiento ya padecido por sus progenitores …?

En el Sáhara Occidental cada vez resuenan con más fuerza los tambores de otra guerra contra Marruecos, como bien se sabe en el CNI y en el Palacio de Santa Cruz, torpemente desoídos por los gobiernos de turno. El Frente Polisario se está viendo día a día forzado al radicalismo, con la sangre de los jóvenes saharauis hirviendo justamente en sus venas, e incluyendo -como ya se ha dicho- “la vuelta a las armas”. Tomemos esta situación en serio, porque si el último esfuerzo de Ban Ki-Moon por salvar al pueblo saharaui del indigno trato que padece no llega ahora a buen fin, la amenaza del Estado Islámico terminará estallando muy cerca de nosotros.

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