Mínimas esperanzas de encontrar con vida a los 44 tripulantes -entre los que se encuentra una mujer del submarino argentino desaparecido – tras reconocer el Gobierno argentino que una explosión, aún sin identificar, es la causa de la desaparición.

Después de una semana de intensa búsqueda, y la colaboración de diez países implicados, no había ningún rastro del submarino. Los expertos insistían en que lo más llamativo de todo era que sus tripulantes no hubieran puesto en marcha ninguno de los múltiples protocolos de emergencia previstos.

Nadie quería hablar abiertamente de explosión, pero estaba encima de la mesa porque era la única forma de explicar que se hubiera perdido todo contacto de forma repentina y que no hubiera dejado siquiera una boya o una bengala para avisar de que tenían problemas.

Se temía que la crisis del submarino, la peor que ha vivido Argentina y una de las más graves del mundo, sufriera una lenta agonía ante la ausencia total de noticias. Pero alguien puso una especie de punto final, aunque no será definitivo hasta que no se encuentren los restos del submarino. Los encargados de este triste cierre fueron los sensores colocados en el mar para detectar cualquier movimiento extraño, cualquier explosión, sobre todo por si pudiera tratarse de un ensayo nuclear no autorizado.

La tristeza se mezcla con la indignación y la sensación de engaño entre los familiares, algunos de los cuales estallaron de rabia tras la notificación de la Armada. “La gente se puso agresiva”, relató Leguizamón, esposa del operador de radar Germán Oscar Suárez, en declaraciones a la prensa en la base naval de Mar del Plata, provincia de Buenos Aires, a donde debería haber llegado el buque el pasado lunes y donde permanecen desde el fin de semana los familiares de los submarinistas del ARA San Juan.

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