Desde hace muchos años tengo el privilegio de dar clases de música a alumnos con diferentes edades y niveles. Con los más pequeños, siempre me preocupa especialmente el ser capaz de generar un espacio y contexto donde, dentro de un orden básico, puedan expresarse y dar rienda suelta a pensamientos creativos sobre los aspectos que estamos tratando. A veces, espontáneamente, surgen de sus mentes ideas tremendamente imaginativas que provocan en mí una media sonrisa, como el pasado lunes, cuando una de mis pequeñas me sorprendió con la siguiente pregunta: “Seño, ¿tú cuántas veces mueves el palito en el concierto?” Y es que, no solo ellos por ser niños, sino también montones de adultos, desconocen el trabajo de un director de orquesta, desde el primer día que comienza con un proyecto hasta el momento en que hace música ante el público.

Inicio el proceso en casa, tiempo atrás, con la elección de un repertorio que deberá adecuarse al conjunto instrumental o vocal, a sus posibilidades técnicas e interpretativas, a su tesitura y composición, a los tiempos de ensayo con los que voy a contar y al tipo de público que esperamos. Puede que exista un eje vertebrador a la hora de escoger obras relacionado con una temática, un estilo concreto o un autor y siempre presto especial atención a la elección del orden en el que las distintas piezas van a ser interpretadas pues pienso que, empezar con una obra que el conjunto domina a la perfección, transmitirá buenas sensaciones y ayudará a los músicos a centrarse en el concierto, intercalar obras más sencillas con otras de mayor exigencia evitará caer en el cansancio excesivo y programar las piezas en un creciente interés hará que el concierto sea más fácilmente acogido por el público.

Le siguen a la tarea de la elección del repertorio un amplio conjunto de horas de trabajo dedicadas al conocimiento de las diferentes partituras. Mi objetivo es llegar al primer ensayo con el repertorio completamente aprendido, con la idea clara de cómo quiero interpretarlo, con los posibles problemas que a priori pueden surgir analizados y con un esquema de la dinámica de trabajo que iré adaptando a las necesidades propias del ensayo. Para poder transmitir la idea musical que deseo obtener a los intérpretes, necesito conocer la obra en profundidad, sus sonoridades, textura, instrumentación, estructura, dificultades técnicas, carácter, cambios de tempo, texto, motivos, dinámicas, articulación, fraseo, tensiones, punto culminante, armonía, equilibrio sonoro…

Sé que estoy preparada para dirigir una partitura cuando puedo escucharla dentro de mi cabeza de principio a fin y entonces comienzo con los ensayos que siempre procuro sean ágiles y efectivos, intentando conseguir, con pocas palabras, importantes resultados. Y así, ensayo tras ensayo, se aproxima el ansiado día del concierto. La noche previa busco un descanso que me permita tener la mente fresca, pensar con rapidez y firmeza y transmitir seguridad. Desde primera hora de la mañana, reviso personalmente que todos los detalles fuera y dentro del escenario están a punto y acudo al lugar donde vamos a actuar al menos una hora antes que los músicos. Me gusta la serenidad que inspiran un auditorio y un camerino vacíos y me ayudan en mi proceso de concentración mientras compruebo que todo está en orden. Cuando los músicos llegan, realizamos una prueba acústica, algo breve que nos proporcione una idea de las características de la sala sin llegar al cansancio físico o mental. A veces, determinadas peculiaridades de la sonoridad del teatro, requieren de cambios de posición para que los músicos puedan oírse mejor y de modificaciones en los tempos que afectan al desarrollo de la música. Mi costumbre es la de guardar para ese instante alguna indicación clave que no he dicho previamente en los ensayos y que pienso ayudará a los intérpretes a focalizar en una idea concisa cómo deben hacer la música.

Quince o veinte minutos antes de salir a escena comienza mi momento de soledad en el camerino, un tiempo de concentración donde, tranquila, me visto y preparo para la ocasión y, a la hora en punto, me dispongo para mover el palito tantas veces como todo este trabajo previo ha concluido que debo hacerlo. Se apagan las luces del público, entran orquesta y coro a escena y, seguidamente, el concertino, que saluda al público y afina, produciéndose un hilo musical muy característico que indica la última llamada al concierto y, en mi barriga, la tranquilidad, la seguridad y la emoción de ser tremendamente afortunada por poder dedicarme a lo que más me gusta y por satisfacer sobre la tarima de directora mi inquietud vital. Avanzo por el escenario, saludo al concertino y al público mientras la orquesta se pone en pie y, en silencio, alzo la batuta.

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Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

2 Comentarios

  1. muy bonito, deberias escribir mas articulos que nos son muy ilustrativos de un mundo que vemos a diario pero del que desconocemos sus mecanismos y funcionamiento, en lugar de tener que tragarnos algunas noticas y a algunos articulistas de este periodico que mienten mas que hablan.
    gracias y ánimo

  2. Pero, si es en silencio, la batuta no suena. Y si la batuta suena pero cuando tiene que sonar está en silencio, yo ya me he liado.

    Firmado: Un alumno bromista.

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