A mi alrededor los animales, los otros animales de la selva urbana, comienzan a hacer sus planes para la Semana Santa. Hay quien se va al África negra de Safari fotográfico, hay quien se vestirá de apóstol pelirrojo en una procesión, hay quien se larga a la playa, a la montaña, a tomar las aguas…

Yo me quedo en Mad Madrid. Tradición personal. La ciudad se torna más humana cuando sus habitantes dejan de pulular masivamente por las calles. Claro que en semana santa está el tema de las procesiones… pero esa es otra historia que no voy a contar ahora; me limitaré a esquivarlas y ya está.

Me quedo en Mad Madrid porque mi terreno crece.

Me quedo en Mad Madrid porque soy un hombre solitario, un tigre solitario.

Me quedo en Mad Madrid porque me he prometido a mí mismo que voy a retomar la novela que dejé parada hace dos años y que ya ha cambiado tantas veces de título que ni siquiera recuerdo como se llama ahora mismo.

Me quedo en Mad Madrid porque si yo no estoy nadie va a dar de comer a los gatos de mi vecina que se va a no sé donde de vacaciones.

Me quedo en Mad Madrid… en semana santa, siempre, sí. Esencialmente porque me da la gana. Pero también porque siempre que he intentado ir a algún sitio en estas fechas me he encontrado con la lluvia. Y para ver llover, disfrutar del agua tableteando sobre mi viejo sombrero Stetson, estoy bien aquí. En mi ciudad. En mi casa. En mi Mad Madrid.

Siempre llueve en semana santa. Lo agradezco. Es un magnífico pretexto para no tener que viajar ni salir.

 

Tigre tigre.

 

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