• Hola, buenas noches, me ha dado tu teléfono Jorge. Soy Shangay Lily, me han comentado que estás impulsando una iniciativa en la Junta de Distrito para desarrollar una propuesta de normativa para regular el Orgullo Gay y me gustaría hablar contigo.

Pasaban ya las once de la noche del – no recuerdo el día- mes de febrero de 2012. Aquella fue una conversación larga. Comencé con un ligero titubeo que traté de esconder tras miles de palabras. Unas tras otra iban construyendo la justificación de porqué una vocal vecina cuyo trabajo pasaba desapercibo en el 99% de los casos recibía una llamada de una persona como Shangay, a la que admiraba profundamente. Mucho más -si eso era posible- por su actuación durante el evento de la juventud del Papa celebrado en Madrid y en el que las feministas tuvimos que ver el bochornoso espectáculo de los confesionarios y las concesiones de perdón masivas a todas aquellas mujeres que se arrepintieran piadosamente por haber interrumpido su embarazo.

Encendí un cigarro- y luego otro- y de la propuesta pasamos a reflexionar sobre la situación de los movimientos lgtbi y del feminismo y llegaron las primeras risasde él volví a aprender que sin risas el activismo se hace realmente cuesta arriba-, las segundas conversaciones y el primero de nuestros encuentros. No sabría decir si llegamos a forjar una gran amistad, pero sí afirmo que Shangay apareció en un momento de mi vida en el que me encontraba inmersa en el activismo feminista y que fue una pieza clave para mí, ayudándome a entender muchas cosas y convirtiéndose en un gran apoyo.

Durante esos años nuestra relación estuvo indefectiblemente vinculada a la lucha por el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos donde los movimientos feministas consiguieron no sólo la retira de la conocida como ley Gallardón, sino también la propia dimisión del ministro. De él aprendí la importancia de intervenir en el espacio público, de transformar la realidad a base de ocuparla. Ocupar las calles, las plazas, los periódicos, los escenarios, los cabarets, los programas de radio, las presentaciones de libros… Ocupar la vida, no pasar simplemente por ella. Esto es algo que nunca tuve oportunidad de hablar con él y eso que entre nosotras nunca faltaron las palabras, pero lo aprendí viéndole en cada concentración, en las grandes y luminosas, en las que estábamos todas, y en las más modestas, en las concentraciones frente al ministerio de sanidad, cuando éramos poquitas y amenazaba tormenta. También lo aprendí cuando ocupaba los escenarios para apoyar candidaturas populares cuando muchos todavía no se habían decidido a apoyarlas y lo aprendí cuando supe que en todos esos encuentros a él ya le dolía el cuerpo, ya estaba librando su propia batalla, esa en la que por más que quisiéramos no podíamos acompañarle.

Shangay era una persona honesta y, por su honestidad, muchas veces incómoda. En un mundo en el que el sentido común circula según las ofertas, no querer vender nada sale muchas veces demasiado caro. Algunas posiciones no las compartimos, pero no me hizo dudar sobre este punto: no era un amante de las causas perdidas, fue un enamorado de la vida. Sólo aquellos que se saben vencidos califican a los que luchan como amantes de las causas perdidas. Defender la plaza cuando llueve, cuando somos poquitos y hace frío no es defender de la derrota, sino construir la alegría y la victoria. Shangay, para mí fue todo esto, y lo fue sin pedir nada. Cuando alguien se ofrece al mundo como él lo hizo, afortunadamente, nunca se va del todo.

 

 

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

uno × 4 =