El pintor sevillano Manuel Peña, durante la presentación del cartel navideño.

Hay una Sevilla que se despierta cada día y avanza, se impulsa, corre pese a la adversidad y progresa a muy duras penas mirando hacia delante. Siempre al frente. Espoleta de una sociedad avanzada que pelea por incentivos y nuevas metas, no por rémoras absurdas en su dietario particular de cada día bajo el yugo de tradiciones impuestas de manera impoluta por el manto todopoderoso y omnipotente de la fe y las creencias. Siempre con el horizonte por norte y nunca mirando atrás, ni siquiera para coger impulso.

Esa otra Sevilla que se despereza lo primero que hace al abrir los ojos es mirarse el ombligo, rascarse la panza y perfumarse para ocultar el sudor

En cambio, esa otra Sevilla que se despereza también a diario lo primero que hace al abrir los ojos es mirarse el ombligo, bostezar, rascarse la panza y perfumarse para ocultar el sudor acumulado del día anterior, sacudirse ofuscada la caspa que se le acumula en las entendederas y en su biempensante y sacrosanto ideario de principios neocatecumenales.

Sólo rompe quien se siente rompedor y defiende su postura a capa y espada porque, alterando la frase de Blaise Pascal, la razón sí tiene razones que el corazón la más de las veces no entiende. La provocación no parte de aquél que crea arte sino del receptor de ese arte que se siente provocado y se revuelve de forma reaccionaria para mantener y proteger la supuesta inviolabilidad de unos principios nunca escritos que claman protección contra todo y contra todos los que osan sobrepasar sus ‘límites’.

El cartel de la Navidad de este año en Sevilla, encargado y aprobado por la Asociación de Belenistas de la capital andaluza, es obra del pintor sevillano Manuel Peña, que ha hecho del hiperrealismo barroco su principal carta artística de presentación. Los hay que han alzado su voz de forma inmisericorde contra su obra y se han mofado de ella por el simple hecho de que “eso no es un cartel de Navidad”. Otros han ido más allá y han lamentado que “parece más bien un cartel del día del orgullo gay”. Tampoco son pocos en Sevilla y fuera de sus lindes los que han querido ver en este cartel sólo una provocación del artista para lograr su día de gloria en los telediarios.

Un ángel adulto sosteniendo con una mano la Giralda, de la que brota una azucena ha dado para interminables y estériles debates en las redes sociales y fuera de ella, entre grupos de amigos en WhatsApp o en las calles de Sevilla de mil y una formas, pero predomina la chanza y la crítica con argumentaciones que siempre remiten al supuestamente violado espíritu navideño, como si éste fuese uno e indivisible por siempre jamás.

Al contrario que muchos otros paisanos, el artista ha respondido a la polémica orquestada en torno a su cartel con educación y mesura, asegurando que su Navidad es así. Punto. Sólo por eso merece respeto. E incluso el que entienda algo de arte podrá apreciar que rinde un sentido homenaje a un sevillano universal como fue Murillo, del que se celebra ahora el 400 aniversario de su nacimiento.

Mientras Peña ha intentado plasmar en su obra una Sevilla llena de color y luz, que explota de alegría e ilusión en estas fiestas navideñas, los más retrógrados han querido ver que la Giralda que él pinta no es la Giralda mundialmente conocida, que el ángel Gabriel que él retrata no es un ángel ni de lejos (¿alguien ha visto alguna vez alguno en su vida?) y que la azucena no es una azucena. Ni siquiera las estrellas de este artista son las estrellas que todos creemos ver en el firmamento aunque estén muertas.

Ningún artista debe dar explicaciones de su arte, porque el arte entra directamente en vena. Se siente o no se siente, se aprecia o no. Puede gustar más o menos o nada de nada, pero no se discute. E incluso se puede criticar, pero con el respeto siempre por delante. Porque el arte trasciende todos esos debates al partir de una mano creadora que intenta plasmar unos sentimientos a través de su don artístico.

Ni siquiera las estrellas de este artista son las estrellas que todos creemos ver en el firmamento aunque estén muertas

El resto son sólo prejuicios anclados en la noche de los tiempos y en la zona más recóndita de muchos córtex cerebrales, allí donde explotan sensaciones sólo humanas como la percepción, la imaginación, el pensamiento, el juicio y la decisión. Si muchos no han llegado a experimentar estas vibraciones es simplemente porque se quedaron muy atrás en el proceso evolutivo. Una pena. Primaron otros ‘valores’ también primigenios como la afrenta, el insulto o la chanza sin más.

Cuando Antonio Machado, uno de los sevillanos universales más ilustres muerto en el exilio francés de Colliure en plena guerra civil, escribió aquello de ¡Oh maravilla! / Sevilla sin sevillanos / ¡la gran Sevilla!” en modo alguno estaba abjurando de sus paisanos ni de la mejor Sevilla, aquella en las antípodas de la ciudad de charanga y pandereta y de las tradiciones más rancias y arcanas que a veces muchos sevillanos quieren enarbolar echando la mirada atrás y no al frente como otros tantos hacen cada día al levantarse. No por casualidad falleció el poeta sevillano aferrando con fuerza su último verso, escrito sobre un arrugado papel guardado en su viejo gabán, donde recordaba sus primeros y felices años, aquellos en los que sólo se sabe mirar al futuro con ilusión y nunca hacia atrás: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Sabia lección. Siempre al futuro, siempre.

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