Seguir en paz

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La realidad es un decorado y los males ajenos son la tramoya en que se sostiene. Así percibo yo la tragedia, como una mera espectadora.

No me interesáis. Jamás seré vuestra cómplice. Vuestras lágrimas, si acaso, sólo sirven para entretener a las mías.

He desayunado a solas, en la cocina. Perdí la costumbre de poner la radio. Al principio me sentía acompañada por sus voces, por los jingles de sus anuncios y por la sosegada prosodia de sus locutores. Ahora todo eso me resulta insoportable. A decir verdad, pocas cosas me resultan ya placenteras; más aún si tienen que ver con otras personas, con otros actores que tratan de dar vida a este decorado absurdo.

Odio cuando la gente cuenta más de una vez la misma anécdota. De inmediato esto denota dos cuestiones: falta de memoria y una carencia, aún más insoportable, de otras anécdotas que contar. Porque a la gente le gusta escucharse. Les causa placer la mera vibración de sus cuerdas vocales, y ya da igual lo que digan porque parece que cualquier cosa les valdría. Siguen y siguen hasta que la tráquea se les contrae por la tos o las carcajadas, como en un orgasmo incontrolable.

Peor es incluso esa otra gente que cuenta sus problemas por ese placer secreto que supone llorar en público. No me interesáis. Jamás seré vuestra cómplice. Vuestras lágrimas, si acaso, sólo sirven para apaciguar a las mías.

No sé qué grita toda esa gente de la plaza. No entiendo sus proclamas. Pareciera que necesitan hacer un frente común para señalar lo que no les gusta de este mundo. Yo los señalaría a todos y cada uno, individualmente, y eso supondría un verdadero esfuerzo. Sería un esfuerzo tan baldío como escribir estas líneas.

Prefiero quedar en silencio, a solas. Cruzar el paso de cebra y volver rápido a mi casa, a mi refugio.

Prefiero seguir en paz. No molesten.

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