En la novela de Ismaíl Kadaré, Crónica de la ciudad de piedra, dos de sus protagonistas discuten así: “Pero Albania, ¿acaso puedes hacer Albania en una noche, al salir del café? Dímelo tú, ¿puedes hacerlo? No, Albania no se hace; no en una noche; ni siquiera en mil y unas noches eres capaz de hacerla.” Una construcción nacional es compleja, difícil, a menudo injusta, casi siempre necesaria, un traje que no siempre se adecua al cuerpo social que debe vestir y termina convirtiéndose en un fórceps que lo aprisiona.

Los estados nación están en crisis, la globalización neoliberal los ha convertido en organismos sumisos, encargados de la burocracia y el orden. Una crisis de soberanía que atañe a los estados y aún más, a su ciudadanía. El estado neoliberal ha ido abandonando los formalismos democráticos, los derechos ciudadanos se reducen, mientras que avanzan sus tendencias autoritarias. Son las democracias occidentales cansadas de las que hablan algunos autores, las representatividades vacías de contenido y sobre todo, de soberanía ciudadana. Si esto ocurre a nivel general, se agudiza en aquellos modelos políticos más endebles, los que arrastran una larga tradición con el dominio de sus oligarquías, que no han roto con el pasado de viejas estructuras totalitarias, las cuales han pervivido bajo otras formas. El marco jurídico-político y económico del 78, es un ejemplo de esa debilidad que se viste de autoritarismo para aparentar fortaleza. Así, la violencia y el pacto, que fueron las dos caras de un mismo proceso en la construcción de los estados nacionales europeos, que en algunos casos, debe reconocerse, terminaron por convertirse en aceptables estados sociales y de derecho, se han reducido o mutado hacia otra cosa. En España, un Régimen del 78 que nunca llegó a ser un pleno estado social y de derecho, la crisis económica transformada en institucional, ha quebrado el consenso, hasta romper sus costuras por donde menos podía esperarse hacía unos años: Cataluña.

Un estado neoliberal, cada vez más centralista y con rasgos autoritarios, ha sido la respuesta frente al nacimiento de un nuevo sujeto político: La República Catalana. Si el autodeterminismo produce miedo, el republicanismo aterra, es por ello que cuando apenas es un anhelo ha recibido todos los ataques y rechazos posibles: Es la lucha de lo nuevo frente al viejo orden establecido. Cada vez más la histórica cuestión catalana y la aspiración de una parte su población al derecho a decidir, ha terminado por enfrentar diferentes modelos políticos que es lo que ahora se diluye, uno en crisis autoritaria y de legitimación, frente a otro que se presenta como un instrumento para conseguir un nuevo y mejor modelo de sociedad.

Es obvio que la República catalana no es una entidad jurídica y menos aún figura entre la geografía de los estados-nación y aunque para muchos eso la coloca en una especie de nación imaginaria, imposible, una alucinación, creo que en el fondo es una oportunidad histórica. Aunque deba soportar una represión asfixiante, tiene la posibilidad de avanzar por un camino que pocas naciones han recorrido: construir un país desde abajo, partiendo de la soberanía de sus ciudadanos. En las actuales circunstancias, esencialmente, una construcción social y cultural. En España, desde los Reyes Católicos hasta el actual Régimen del 78, esa obra la han llevado a cabo las elites oligárquicas y al servicio de sus intereses. El propio desarrollo político y social ha hecho que el movimiento independentista desborde los marcos solo identitarios, reduzca el contenido meramente nacionalista (y sus rasgos más negativos como los que expresan los nacionalismos del norte), para ir a un espacio donde lo nacional se abre, interacciona y conecta con todo lo social. Y el magma social soberanista, (el mayor movimiento social que hoy existe en toda Europa), una República de amplio espectro, ha adquirido un protagonismo decisivo, aunque sea siempre insuficiente. Se trata de construir desde abajo el cuerpo social, de avanzar en clave pimargaliana, pues no en vano uno de los ejes fundamentales de la actualidad es el de poder-ciudadanía. El empoderamiento ciudadano, una sociedad civil fuerte, es clave para superar los límites de las democracias formales. Por supuesto, existen las contradicciones y dificultades, una construcción que deben hacer contra los impedimentos del estado español, pero como señaló Kavafis, tan importante es el viaje, como llegar a Ítaca.

El proyecto republicano y soberanista de Cataluña puede ser un marco, no un fin en sí mismo, una edificación cultural y social, viva y abierta, frente al agotamiento de las estructuras del Régimen del 78. Las inconcreciones y dificultades, lejos de invalidarla, pueden ser una fuente de posibilidades, de no repetir caminos trillados. A este propósito el escritor John Berger señala en su libro Confabulaciones, que prefiere la esperanza a la utopía, pues ésta viene prefabricada, es un modelo con instrucciones, mientras que la esperanza es un encuentro a construir. El encuentro de voluntades que aún ignoran qué se proponen y qué deben hacer, quizás guiados por los principios fundadores del republicanismo: libertad, fraternidad, igualdad.

 

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Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.

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