Catorce de febrero. San Valentín. Menuda mierda. Era como si alguien hubiese cogido ese día y lo hubiese envuelto en un papel gigantesco de regalo. Rojo. Brillante. Con corazones.

La gente es boba. Por lo menos quienes desenfundan la tarjeta y los billetes. Graco no tiene tarjeta. Ni billetes. Pero es San Valentín. Elisa se retrasa unos minutos. Graco fuma un cigarrillo. Esperando. Observa a las parejas que hoy parecen más ñoñas que de costumbre. Caminando sin prisa. Abrazadas. Cuchicheando. Fingiendo. ¿Y por qué van a fingir? No está pasando por su mejor momento, y por mucho que salga el sol y el cielo se pinte del azul más bello, para Graco todo seguirá siendo frío y gris.

Por fin llega. Preciosa. Como siempre. Una parte de su corazón recibe la radiación de su sonrisa. La otra parte se sumerge más en las tinieblas. Frías. Oscuras. Sus labios saben a fresa. Su cuello huele muy bien, a ese perfume dulce que ni le empalaga ni le deja indiferente.

Elisa le entrega un paquete, pequeño, envuelto en papel de regalo. Rojo. Brillante. Con corazones.

-¿Y esto? Ya sabes que no soy de los que se dejan arrastrar por convencionalismos…

-Es una tontería. Lo vi y me gustó.

Elisa se muerde el labio en un gesto que a Graco le produce cierta excitación. Está guapísima. Si continúa mirándole a los ojos no podrá resistir el deseo de abrazarla y besarla. Decide centrar su atención en el regalo. Gira el paquete buscando los celos, que despega despacio. Es una caja pequeña. En su interior un zippo. Elisa ha hecho que graben unas palabras: La fortuna favorece a los audaces. Te quiero. Elisa.

-Vaya… es precioso. Muchas gracias. Siempre quise tener uno de estos…

-De nada. Te dije que solo era una tontería.

-No lo es, en absoluto. Me gusta mucho. Y lo que hay escrito también.

Se besan fundiéndose en un todo, transformándose en una pareja más de las muchas que caminan por el parque.

 

El día transcurre despacio, a cámara lenta, como si fuese un sueño, un episodio aparte de su vida. Caminan junto al río. Cogidos de la mano. Agarrados de la cintura. Cuchicheando. Quizá el catorce de febrero sí sea un día especial.

 

Graco no quiere que se marche, pero es tarde y Elisa tiene que volver. El último beso es más largo, más dulce.

Regresa de nuevo a casa, pensando. En el parque del barrio aún hay gente. Quizá estén por allí Marco y Claudio. Decide dar una vuelta. En uno de los bancos, junto a la fuente, distingue a una pareja. Graco se para, de forma mecánica, como si una pieza se hubiese partido en su interior. Es Julia. Con Quique. El chico la agarra por la cintura y la atrae. Después, la besa. Julia le abraza. Graco no puede apartar la mirada, y del lado frío y oscuro de su corazón brotan esquirlas de hielo que desvanecen el calor del día. Busca en el bolsillo, coge un cigarro y lo enciende. Mira el zippo. La fortuna favorece a los audaces… pero esta vez, Graco no termina de leer las palabras escritas en el mechero. ¿San Valentín un día especial? Menuda mierda.

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