En Europa, cuando apenas habían pasado 20 años desde el proceso de industrialización del sector salinero y consecuente cierre de las salinas artesanales, dio comienzo a mediados de la década de los sesenta un paulatino proceso de recuperación de las mismas en territorios históricamente salineros de Francia, Portugal o Italia. En el Estado español este proceso se hizo esperar un poco más, y vino de la mano de políticas y programas institucionales centrados en la mejora y diversificación económica de los espacios rurales europeos a través del concepto de Desarrollo Local. El caso de Añana es uno de esos proyectos de reactivación de la producción artesanal que ha tenido éxito y se ha convertido en un ejemplo paradigmático para el resto de salinas.

 

La histórica actividad salinera en el Valle Salado

El aprovechamiento de las aguas saldas del río Muera se remonta, según hallazgos arqueológicos, al Neolítico. Desde el descubrimiento de este punto como espacio para la cosecha de la sal, el Valle Salado no ha dejado de estar habitado y explotado, de manera que esta actividad se ha venido manteniendo casi de forma ininterrumpida desde hace 6.700 años. Entonces la sal se obtenía, como ya hemos mencionado en otros artículos, mediante la cocción de salmuera en recipientes (cerámica campaniforme), que posteriormente eran rotos para obtener el pan de sal.

La organización de la población y centralización de la administración de la salina en un único núcleo, la actual Añana, se produce en el siglo XII de la mano de los castellanos. El interés de la Corona por controlar este estratégico recurso se hizo extensible a instituciones monásticas y familias nobiliarias de la zona. Ningún miembro del establishment de la época quería dejar pasar la oportunidad de acceder a su control, máxime si desde el siglo XIV éstas poseían el monopolio de venta en lo que actualmente es Euskal Herria y gran parte de Castilla (abasteciendo la Mesta).

Durante el siglo XIX se producen grandes transformaciones en la propiedad y en la comercialización. En primer lugar, la desamortización llevada a cabo en el Valle (1843), deja sus propiedades en manos de algunos antiguos trabajadores asalariados. De otra parte y, en lo que se refiere a la comercialización, la Ley de Minas de 1869 pone fin al estanco de la sal en todo el Estado, lo que permitió una expansión inicial de la producción, los beneficios y prestigio (feria internacional de París de 1889).

La decadencia de Añana se produce, como en todo el sector artesanal, a mediados de siglo XX. Entre 1950 y 2000 el proceso no solo afectó afecta a la localidad a través de un fuerte éxodo poblacional (de 800 habitantes a 200), sino que el abandono de la actividad (de 5.500 eras a 150), puso en riesgo de colapso las instalaciones.

En un intento por salvar las salinas, éstas son declaradas en 1984 Bien de Interés Cultural (BIC), con categoría de monumento. Pero la realidad es que el proceso de deterioro y cese de la actividad parecía imparable.

 

El renacer de la producción artesanal

Es incuestionable que la historia y razón de ser de Añana se encuentra fuertemente vinculada a la cosecha de sal. Este sentimiento identitario, unido a las políticas económicas de reactivación del mundo rural a través de los postulados del Desarrollo Local, permitieron que en el año 2000 se pusieran las bases de la reactivación a través de un Plan Director.

Quizás no sea éste el momento de profundizar en el concepto de Desarrollo Local y su tendencia a la racionalización y mercantilización de todo el territorio para su explotación, de manera que lo dejaremos en el reconocimiento de que el renacer de Añana se produce en dicho contexto europeo y Estatal.

El ambicioso Plan Director, estructurado a 20 años con 20 millones de euros, contó con la participación de los agentes locales y administraciones del territorio a través de la la Fundación Valle Salado de Añana. La producción se organizó en torno a los propietarios presentes en el Valle Salado bajo la sociedad Gatzagak S.A. El principal objetivo era la puesta en marcha de la producción de sal artesanal sostenible y diversificada.

El resultado práctico de la aplicación del proyecto ha sido la recuperación de 12 hectáreas de eras para la producción artesanal (restauración y reconstrucción de terrazas, pozos y trabuquetes); la generación de nuevos productos gourmet (sal combinada con especias, tomate o vino); visitas guiadas a las instalaciones para conocer el patrimonio cultural y natural; así como la celebración de espectáculos como la anual Feria de la Sal.

Por otra parte, la proyección internacional de Añana se consumó con la participación en el proyecto europeo Sal Tradicional – Ruta del Atlántico.

 

Gestión e impacto socioeconómico de Añana

La apuesta por la dinamización de la economía de Añana a través del Plan Director, centrado en la recuperación de la producción artesanal y conservación del patrimonio salinero, ha sido objeto de estudio por parte de Katia Hueso Kortekaas, presidenta del Instituto del Patrimonio y los Paisajes de la Sal (IPAISAL).

El trabajo de Katia se centró en el estudio de la gestión de las nueve salinas de interior que están declaradas BIC. Se trata de una herramienta de evaluación útil para la mejora de la gestión de las salinas y de la que hasta el momento el sector artesanal carecía.

El resultado de aplicar este sistema de evaluación coloca a Añana con una puntuación de 90 sobre 100. En lo que respecta a las instalaciones de la salina y su puesta en valor el resultado es óptimo, no obstante, en lo referido al impacto socioeconómico señala un gran margen de mejora (ausencia de servicios de hostelería y alojamientos), teniendo en cuenta el potencial de la salina a través de la recepción de 45.000 visitas anuales.

Una cifra, ésta última, que debemos tener en cuenta a la hora de analizar el comportamiento y los gustos de los que disfrutan del patrimonio, pues Añana recibe más visitantes que el Museo Casa de Cervantes.

Sea como fuere, hemos de contemplar y valorar, cómo la salina artesanal se ha vuelto a convertir en el referente económico principal de la localidad.

 

La producción artesanal como alternativa

Lo mejor de que una salina artesanal sea el motor socioeconómico de un territorio o localidad no estriba tanto en lo cuantitativo (empleo y riqueza), como en lo cualitativo (conservación patrimonial e identidad). Es decir, en el hecho de que una actividad respetuosa con el medio, que permite la conservación del patrimonio cultural y natural, así como reforzar la identidad e historia de sus gentes, resulta viable y posible.

Pero no solo viable y posible para sus gentes, sino también necesario para los habitantes y consumidores de otros territorios. Gracias al Valle Salado podemos conocer de primera mano el proceso de elaboración artesanal de la sal y sorprendernos con las instalaciones e instrumentos empleados, por otra parte también nos deleitamos con el paisaje natural, conocemos toda una historia y, por supuesto, disfrutamos de una sal natural y libre de aditivos.

Por tanto, para aquellos que aprecian el patrimonio salinero, Añana se ha convertido en un ejemplo paradigmático de reactivación.

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