Uno de los espectáculos más totales que la mente humana ha sido capaz de concebir es el cine: adquieres una entrada, te sientas en una sala llena de otras personas y durante dos horas te sumerges en otro mundo divirtiéndote en el sentido literal de la expresión: di-virtiéndote. Divergiendo de ti mismo. Siendo otro.

Uno de los factores que ha hecho esto posible son las potentísimas bandas sonoras de las películas, un colchón sonoro intencionado, hipnótico, compuesto ex profeso la gran mayoría de las veces, capaz de intensificar las imágenes hasta multiplicar por mucho su potencia. Las bandas sonoras cinematográficas han sido uno de las cumbres de la música del siglo XX. Nada hace prever que no suceda lo mismo en el XXI.

El músico Bernard Hermann fue uno de los que contribuyó a dar el espaldarazo inicial a esta manera de entender el cine al ocuparse en 1941 de la banda sonora de Ciudadano Kane, de Orson Welles. Su prestigio se cimentó componiendo para directores como J.L. Mankiewicz, Henry Hathaway, Robert Wise o François Truffaut (sin olvidar su último trabajo: en 1976 tendrá tiempo de componer Taxi Driver para un jovencísimo Martin Scorsese poniendo banda sonora no tan sólo a esta película, sino a la propia ciudad de Nueva York pasándose al jazz para conseguirlo). Será en 1955 cuando su carrera llegue al cenit con la primera de sus colaboraciones con Alfred Hitchcock: Pero… quién mató a Harry? Tan sólo un año más tarde Hitchcock ya le considera coautor de sus películas, siendo uno de los únicos casos de toda la historia del cine en que el músico coloca su crédito inmediatamente antes del director.

En 1963 Alfred Hitchcock está rodando una de sus películas más fascinantes y extrañas: Los Pájaros. La banda sonora estará, como siempre, a cargo de Bernard Hermann. La película es tan abstracta y alegórica que el músico tomará la decisión de no componer nada. La banda sonora, que Bernard Hermann firmará desde el departamento de sonido, está compuesta únicamente de ruidos de pájaros procesados, brisa marina, rumores de hierba alta. Cuando sea necesario recurrir a una pieza musical en la única escena en que el personaje interpretado por Tippi Hedren toca el piano se tomará la primera Arabesca de Debussy: Bernard Hermann, sobrado de talento, ha elegido el silencio y no va a componer ni una sola nota incidental.

Esta banda sonora cambiará la historia del cine y prepara al público para que acepte que la música en el cine puede ser otra cosa: de ahí a la bellísima escena de David Mansfield patinando con su violín en el baile de La Puerta del Cielo, al movimiento Dogma o al zumbido continuo que Hans Zimmer compone para la larguísima escena inicial de El Caballero Oscuro.

El carácter disruptivo de la decisión de Bernard Hermann es un ejemplo perfecto del pensamiento de un arquitecto. No se trata de lo que pida el encargo: se trata de lo que realmente necesita el cliente, la ciudad o el territorio. Un arquitecto juega a adivinarlo (o se moja para hacerlo) y a partir de eso actúa. Es por eso que Alejandro de la Sota aguanta el Gimnasio Maravillas de Madrid con una batería de aulas. Literalmente. O es por eso que cuando piden un centro cultural a Norman Foster en una pequeña ciudad del norte de Inglaterra éste construye una calle: sin presión, sin ciudadanos que alimenten las diversas instalaciones éste fracasará, y su equipo lo sabe bien. Una casa emplazada en un clima tan benigno como el de Los Ángeles puede no tener dormitorios: basta con un porche, como bien supo interpretar en arquitecto Rudolph Schindler. O el encargo de un hospital en Puigcerdà puede transformarse en el de una plaza (sin negligir el programa original, por supuesto) por obra y gracia del estudio Brullet-Pineda.

La arquitectura jamás es evidente, aun a riesgo de confundir al público si no se explica bien. Lo que implica también que la arquitectura es exigente con este mismo público y con sus clientes. No hay modo humano de entenderla como un ente pasivo, sino como un organismo activo que obliga a realizar un esfuerzo mental para poderla vivir bien. Y estos cambios han sido, y son en un momento en que toda la realidad es puro cambio, tan profundos, repentinos y, por obvios, tan interiorizados que es complicado que nos demos cuenta de ellos de puro evidentes que son. Por eso a veces es divertido que nos recuerden qué nos han legado estos gamberros capaces de cambiar nuestra manera de ver las cosas con una sola obra.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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