Retorno al desierto

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El terror es la gran epidemia del siglo XXI, un siglo que va camino de ser aún más oscuro, frío y cruel que el anterior. Vivimos con el miedo metido en nuestras carnes como una mala sarna, una gangrena o un cáncer que nos va debilitando poco a poco y nos vuelve más desconfiados, más insolidarios, peores personas. Los lugares más frecuentados se convierten en escenarios de terror y macabras pesadillas, los objetos más cotidianos se transforman en armas peligrosas. Un día el terror nos llega del cielo, en forma de aviones de fuego. Al siguiente el terror es un cuchillo de cocina dispuesto a decapitar infieles en plena calle. Ya no hay lugar seguro en el mundo: una discoteca alegre y festiva se convierte en una madrugada de infierno; una soleada playa tunecina en un cadalso para ejecuciones en masa con el telón de fondo del mar rojo teñido de sangre. Una apacible terraza parisina en un apocalipsis, un camión enloquecido y desbocado en el diablo sobre ruedas, como en aquella película de Spielberg tan visionaria.

La última salvajada de los tarados de ISIS nos ha llegado en forma de camión cargado de odio, violencia y bombas. Los habitantes de Niza celebraban el día de la Fiesta Nacional francesa bajo un cielo nocturno de verano y una lluvia de castillos artificiales. La gente celebraba el privilegio impagable de la libertad, la alegría sana de vivir, el orgullo de ser ciudadanos fraternales y civilizados, junto a la hermosa y cálida bahía de la Costa Azul. Fue entonces cuando, al volante del tráiler, irrumpió el monstruo, el fanático, el demente, el idiota, el loco, el ciego, el tonto, el estúpido, el ignorante, el hombre necio y deficiente con el coco sorbido por falsos dioses, extraños mitos y manipuladores ayatolás. Al volante del camión no iba un hombre sino un engendro, un esperpento, una bestia salida de otro tiempo, de otro mundo, de la Edad Media. El bárbaro asesino que busca el Apocalipsis Final para colgarlo en Youtube mientras se le desliza un hilillo de baba boba por la comisura de los labios.

El islam sabio y civilizado de Avicena y Averroes que inventó el arco apuntado, el jabón, el cheque y los jardines con flores exóticas y estanques llenos de agua fresca ha sido reemplazado por esta turba negra y barbuda de la incultura y la chabola. Son las víctimas de siglos de colonialismo que se levantan para ajustarnos las cuentas, los muertos revividos de Siria, Irak, Afganistán y tantas guerras promocionadas por el hombre blanco, mayormente Bush, Blair y Aznar. Son los guerrilleros de un Alá convenientemente reinterpretado que claman venganza contra Occidente para imponer una teocracia en la Tierra a golpe de gañido salvaje, versos coránicos y estupideces varias sobre el cerdo, el vino y la primacía del varón sobre la hembra.

Un día decapitan a unos jugadores de fútbol, al siguiente ahorcan a unos pobres homosexuales o queman cristianos en un nefando remake del Coliseo de Nerón magistralmente filmado en 3D. Odian a las mujeres, a las que tratan como mulas o esclavas sexuales, sacrifican a los niños o los convierten en soldados prematuros, detestan la música, prohíben el cine, destruyen el arte y la cultura mesopotámica que nos legó el alfabeto, la ciencia y la llama del conocimiento. Ya han arrasado la hermosa ciudad de Palmira y no cejarán en su empeño hasta volar por los aires las Pirámides de Egipto, la catedral de Notre Dame, la Estatua de la Libertad y quién sabe qué otras burradas. Pretenden devolver el mundo a la oscuridad de la caverna, al rebaño de cabras famélicas con pastores alucinados por el sol que vagan por desiertos estériles, a los piojos y la disentería, al fango del poblado con el jefe de la tribu cubriendo hembras sin parar y el brujo barbudo imponiendo la ley injusta del miedo y la superchería.

Pretenden devolvernos a la ley de la jungla, aniquilar cualquier vestigio de civilización, arrasar la Medicina, la Ciencia, la Cultura, el Arte y todo lo que no huela a su rancia religión de chilabas raídas y hombres arrodillados con el culo en pompa rezando por un dios que ya no les escucha porque ningún dios puede tolerar una religión semejante donde se adora el crimen, el exterminio masivo de los pueblos, la injusticia y la opresión. Guerra santa lo llaman ellos, como si las guerras no fueran más diabólicas que santas. La filosofía inculta de los califas avanza fuerte y recia por todo el mundo mientras los occidentales seguimos con nuestros juegos, vendiendo armas a los traficantes, alimentando la xenofobia y el racismo contra los refugiados, levantando alambradas vergonzosas, desplegando policías y ejércitos inútiles y regodeándonos en el hipnotismo numérico del dinero y de Wall Street.

Miramos perplejos cómo los fanáticos siembran de miembros mutilados, vísceras y sangre las calles de media Europa, sin saber qué hacer, paralizados, atenazados por el pánico al siguiente bombazo supermasivo, bloqueados por el miedo a salir de nuestro mullido y confortable sofá del salón bajo la brisa fresca del aire acondicionado. Queremos escurrir el bulto islamista pero no nos queda otra que tomar partido, mojarnos, comprometernos con la causa de la libertad, salir al mundo y luchar codo con codo con nuestros hermanos musulmanes, los buenos y demócratas, que son más y mejores que los otros, los pirados fundamentalistas. No nos queda otra que empuñar las armas por la democracia, esa democracia que tanto criticamos a veces pero que es la única forma útil que conoce el hombre de convivir en paz y libertad. No nos queda más remedio que defender los principios nobles de la civilización humana o dejarnos derrotar por este hatajo de cabreros y asnos con chilaba pestilente y pipa de agua que anhela la aniquilación de todo lo bueno que hay en el ser humano. Aniquilarnos y devolvernos a la prehistoria. Con el culo en pompa y mirando a la Meca.

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