Soñar, imaginar algo que aún no existe pero que deseamos alcanzar, es lo que ha ido alentado a la raza humana a evolucionar. Aunque también es verdad que la mayoría de nuestros sueños acaban pareciéndose a esa realidad que nos estimuló a soñar para intentar escapar de ella o superarla.

Los sueños, como los propios soñadores, nacen con la fragilidad de lo recién llegado a la vida: vulnerables por su inocencia, expectantes en su credulidad y ansiosos por alcanzar el misterioso horizonte que presienten tocar con las puntas de sus dedos. Sueños que, alimentados por la papilla de la imaginación, llegan a convertirse en vigorosos jóvenes, irrigados por una sangre febril que, en el cenit de su plenitud, les empuja a enfrentarse a cuantos obstáculos se les presenten y resistir frente a todo tipo de adversidades. Y es ahí, en la frontera de la madurez del sueño, al comprobar cómo la impaciencia va mostrando los primeros síntomas de fatiga y las decepciones se van acumulando como capas de fría nieve, cuando la sibilante lengua viperina del pragmatismo comienza a adormecer al propio sueño para transportarlo a ese estado de sopor que lo lleva al inmovilismo y la resignación. Entonces nos damos cuenta que, el sueño, como nosotros, se nos hace mayor, que en su imagen hercúlea afloran las primeras canas, en su rostro terso se marcan las primeras arrugas y en la luminosidad de sus ojos aparecen algunas sombras.

En estos últimos días se conmemora el cincuenta aniversario de lo que evocamos como “el mayo del 68”: uno de los mayores sueños colectivos de nuestra reciente historia. Un sueño que se atrevió a cuestionar el dogmatismo de una anquilosada realidad que imponía marcadas desigualdades, injusticias sociales y una expectativa de futuro casi irrespirable para grandes sectores de la población, especialmente joven. Cincuenta años transcurridos y… ¿quién lo diría?, la realidad de hoy, especialmente en España, que en muchos aspectos está retrocediendo en derechos sociales, en igualdad, en libertad individual o en perspectiva de futuro, parece que desde los amplios sectores de poder, oficial o fáctico, la quieren conducir, marcha atrás, hacia el blanco y negro, al noticiario oficial, al mando y ordeno o la criminalización de la disidencia. Todo ello mientras comienza a descomponerse el único sueño que sí se ha hecho realidad en las últimas décadas: el sueño de los corruptos. Haciendo de España su paisaje arcádico donde la cara oscura del poder económico y político, su cara “B”, ha ido cosechando las doradas mieses hasta dejar tras de sí campos baldíos o abandonados al barbecho; al tiempo que los legítimos agricultores, los que trabajan la tierra, muestran las ojeras de ese prolongado insomnio que les impide alcanzar sus propios sueños.

Hoy en día se maquina, se especula, se medra o se diseñan estrategias manipuladoras mientras vamos consumiendo el futuro a corto plazo…pero casi nadie sueña. El miedo, el pragmatismo cobarde o, peor aún, el triste convencimiento de que no podemos hacer nada, que no damos más de sí, nos impide soñar. Tal vez sea ese el motivo de que nuestros sueños se nos hicieran mayores, como “el mayo del 68”; porque hace demasiado tiempo que dura este estado de vigilia donde los sueños no tienen cabida. Y a pesar de que no los enterramos porque, en el fondo, nos cuesta tanto darlos por muertos (al fin y al cabo fueron una parte importante de nuestra vida), tampoco somos capaces de convivir con ellos cada día, de permitirles que formen una parte de nuestra cotidianidad. Por eso le buscamos, eso sí, el mejor lugar de retiro posible, y  llevamos a nuestros.

sueños a esas residencias que suelen ubicarse en la periferia de nuestra mente, de nuestra conciencia y de nuestra memoria, donde ya, casi marchitos, esperan que de vez en cuando les hagamos alguna visita para darle algo de conversación y permitirles, aunque solo sea por unos momentos, que al evocar sus batallitas vuelvan a sentir que un día fueron jóvenes ilusionados capaces de construir ese mundo que eran capaz de imaginar.

Sin embargo, aún cabe albergar alguna esperanza. Algo se mueve en la residencia de los sueños, porque ahora son los mayores, la tercera edad, los que parece que se atreven a soñar.

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