En estos momentos, con frecuencia escuchamos confusiones entre los conceptos migrante y refugiado.

Un migrante es alguien que se desplaza buscando mejorar su vida, por motivos de trabajo o académicos, y puede volver a su país de origen en cualquier momento.

Un refugiado es una persona que tiene que huir de un conflicto o una persecución porque su vida corre peligro, y lo será hasta que pueda volver a su país sin que esto le signifique riesgo alguno.
¿Alguna vez su vida, querido lector, corrió peligro? A mí, alguna vez, casi me atropella un auto, usted sabe cómo son las ciudades. Pero tengo que decir que no, que mi vida nunca estuvo en riesgo, y estoy diciendo también que no sé qué quiere decir que la propia vida esté en jaque.

¿A Europa llegan migrantes o refugiados?
Las costas griegas e italianas reciben ambos, aunque en su mayoría son refugiados.

¿Cómo son los refugiados?
Los vemos con frecuencia en las fotos que publican numerosos medios todas las semanas. Son esas personas africanas que miran desde esa balsa que, con suerte, llegará a tierra firme sin naufragar. Esas personas, donde leo personas leer hombres, mujeres, niños con su familia, niños con su hermanito mayor, niño solo, niño o niña que no entiende muy bien qué es lo que está pasando. Tranquilo, pequeño africano: si te sirve de consuelo, nosotros tampoco lo sabemos exactamente (¿tranquilo qué?). Una madre sube con sus hijos a un gomón que no pasaría un mínimo control de habilitación reglamentaria y arriesga, su vida y la de ellos, para llegar a Europa, una especie de paraíso o de salvación, donde los afortunados sobrevivientes tendrán vidas que nosotros, queridos lectores, no quisiéramos y no podemos imaginarnos – y entonces pienso en lo terrible terrible terrible, lo digo tres veces porque un solo terrible me parece insuficiente aunque tres también, que debe ser aquello que tenían para que la opción de escaparse, donde los puede esperar la muerte, sea conveniente.

O los grupos que llegan desde Medio Oriente, luego de jornadas de mucho frío, de mucho calor, sin más patrimonio que lo puesto, cuya victoria es haberse escapado de un país que hasta hace unos pocos años era maravilloso y ahora está dividido entre Assad y Daesh / ISIS.

La sensación de desprotección, me imagino, debe ser una cosa horrorosa. Me imagino, intento imaginarme, trato de entender.

Los humanos emigran desde antes de ser humanos; establecer límites es una buena manera de no entender nada.

Me parece bien que se establezcan controles, que se sepa quién es que está entrando, pero hay que regularizarlo, porque proponer el cierre de fronteras denuncia una total ignorancia (de historia, de derecho, etcétera).
El punto está en cómo hacerlo.

“Hay que pararlos”, escucho cada tanto. “Los números dicen que viene un millón de personas”, aseguran.
Y entonces pienso que es cierto que la UE debería tratar este tema como un tema europeo y no un tema individual de cada estado, pero en Europa viven 500 millones de personas. ¿Podemos hablar de invasión si entra un millón de personas que viene escapando de la guerra (sí, eso que hubo aquí hace unos años, que generó que los entonces refugiados fueran europeos), de vidas sin ninguna prospectiva de nada?
Calculo rápidamente: un millón de refugiados dividido 27 estados europeos equivale a 37 mil personas por país.
Qué invasión esta, imagínese.

“Vienen a pedir refugio y van con los teléfonos móviles”.
Sí, porque vienen escapando de una guerra en el siglo XXI, no se fugaron de la Edad Media. Es más: por suerte muchos de los refugiados, especialmente los que vienen de Siria, traen un dispositivo de comunicación.

No sé cuánto podemos hacer, cada uno de nosotros, desde nuestro propio lugar. Ir, ayudar, ¿ayudar cómo?
Creo que un buen modo de hacerlo es pensando desde una perspectiva global, internacional, humana: son personas y necesitan que no las ignoremos. Necesitamos no ignorarlas.

Al igual que usted y que yo, quizás muchos de los refugiados jamás pensaron no tener alternativas y guardar su pasaporte en el bolsillo para irse de su casa sin demoras.

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