La lluvia se hiela en los pequeños pies desnudos, haciendo resbalar el barro pegajoso de este oscuro páramo, de este aciago castigo sin delito.

La tierra mojada se mezcla con la escasa comida, con la poca ropa, masticándose.

Mujeres agotadas abortando o pariendo sobre el fango, muertos que van quedando atrás al cruzar insoportables ríos helados, cadáveres de niños y ancianos discapacitados que no pudieron más con este ensañamiento.

Mientras tanto, al otro lado de la infamia, siervos cancerberos del infierno, al que guardan apaleando sombras ya, en esta extensión del ocaso.

Cae una noche más que parece el fin absoluto, dejando su terrible impronta de miseria sobre la inmensa oscuridad.

Todo negro, cielo y tierra inseparables.

Así los van debilitando, con desesperación, hambre y enfermedades, les hacen preferir la muerte; por eso, inermes, van cayendo a lo largo de estas marchas apátridas de la ignominia.

Al fin, campos de exterminio sin humo rosa.

¿Dónde están los papas de multimillonarias iglesias, esas que gastan parte de sus podridas riquezas en defender jurídicamente pederastas?

Su dios hace mucho que les abandonó, si es que alguna vez creyeron que estaba de su lado.

Pobres caminantes, no son refugiados, sólo buscan un pequeño amparo que no encuentran en este planeta.

¿Es mejor ser asesinado por una bomba o, tal vez, andando directos hacia el desamor, el rechazo y la persecución violenta?

Ahora, para más humillación en este exilio, muchos tendrán que volver a las ciudades fantasma de donde huyeron y donde continúa la guerra.

Europa se ríe de ellos.

El mundo entero.

Todo para nada, peor que nada, peor que todo.

Como Sísifo, condenado a cargar la misma piedra por la misma montaña, y verla una y otra vez rodar la dura escalada.

Perder el sentido de la vida, porque “cuanto más lo intentes, menos lo conseguirás”.

Crueles y sangrientos juegos de poder.

Pensaban, esperanzados, que la rica y civilizada Europa tendría piedad, que quizá su experiencia en las guerras mundiales y sus éxodos masivos, le habrían otorgado al menos una cierta empatía con los que sufren por lo mismo que sufrieron ellos.

Pero no, no está siendo así.

Y la causa no es la falta de solidaridad de una gran parte de europeos, sino el error de haber elegido gobernantes entre lo peor y más abyecto de la especie humana.

Esos que se creen dioses para determinar el cuándo, cómo y dónde deben sufrir y morir los demás, al tiempo que celebran fiestas de vanidades para paliar su aburrimiento existencial.

Jamás se pondrán en el lugar del otro, ya que para eso se requiere tener la conciencia limpia de un yo cierto.

Inefables  puteros que creen que todo se compra, tan ricos y tan yermos.

Y ellas, desgraciadas y vacías ególatras, exclusivamente solidarias con su ombligo y no con todas las mujeres perseguidas y abandonadas en esos eriales, violadas y humilladas, doblemente dolientes.

No existe justicia divina que consuele de tanta depravación, solamente otros humanos, en esta vida, pueden juzgar y aplicar el más duro castigo a esos seres infectados en los nichos del mal.

Esta noche, mientras intentan dormir, las gotas de agua empiezan a calar ya algunas tiendas de campaña.

Una madre protege la cabecita de su bebé con su cuerpo, mojándose ella, la humedad y el frío apagan el alma.

Si no come, no podrá darle leche.

Ni una risa en tanto tiempo.

Cómo escapar de esta lluvia…

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Escritora, poeta, crítica literaria. Formación académica en Filosofía. Perita titulada en grafología documentoscopia y psicografología. Análisis textual lexicológico, semántico, de trazos y estético. Autora del libro "Bahía de un cuerpo"

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