Los populares y su adlátere Rivera, se han puesto la soga al cuello con su empecinamiento acusatorio contra los ‘enemigos de España’. Es decir, contra los partidos nacionalistas, cierto es que empeñados a su vez en el ‘derecho a decidir’, aunque a nuestro entender esta cuestión diste bastante de poder justificar tan rabiosa calificación guerra-civilista.

Una torpeza que choca con el papel responsable e imprescindible que esos nacionalismos históricos (PNV y CDC) jugaron en los difíciles momentos de la Transición, colaborando decisivamente en la conformación del actual sistema de convivencia democrática. Cosa distinta son los partidos más radicales que les sobrepasan, alentados en buena medida por los continuos errores de gobierno que de forma activa y pasiva vienen complicando el problema irresuelto de nuestra vertebración político-territorial.

Eso, claro está, al margen de la visceralidad y el poco sentido común (y de Estado) con que el PP y Ciudadanos se instalan cada dos por tres en el oportunismo de realimentar la enemistad entre españoles con distintas ideas políticas: una actitud de puro patrioterismo electoral y en el fondo contraria al fomento de la unidad nacional que propugnan…

Pero ese gran error se acaba de pagar caro en perjuicio general de todo el país, porque la estigmatización política del PNV y de la antigua CDC ha impedido la investidura de Rajoy como candidato presidencial más votado, con todos los males que ello pueda arrastrar, según su propia opinión. Dígase lo que se diga, la llave para que Rajoy permanezca en La Moncloa no la tiene sólo el PSOE: también serviría acompañar el sí de Ciudadanos con una simple abstención de los nacionalistas vascos y catalanes que están en la derecha política (y con el no de otros partidos más radicales).

Algo constructivo deberían decir al respecto los ex presidentes González y Aznar, considerando el entendimiento que ambos tuvieron con esas mismas formaciones políticas en sus mandatos de legislatura. Hacen mal en callar o en no tratar de disolver ese tipo de enconamientos.

Y esa colaboración política es tan necesaria frente a la praxis de enemistad permanente, que el propio Rajoy intentó una rectificación de sus excesos verbales al constituirse el Congreso de los Diputados de la XII Legislatura, recién concluida la campaña electoral del 26-J en la que anatemizó a peneuvistas y convergentes como ‘enemigos de España’. Pero llegó cuando sus diatribas ya habían sobrepasado el límite de lo conciliable.

En aquel momento (con las elecciones concluidas y sin escaños en juego), el portavoz popular en el Congreso, Rafael Hernando, no dudó en mostrar su conformidad para que Convergència pudiera tener grupo parlamentario propio, aún sin cumplir los requisitos establecidos en el Reglamento del Congreso (el eufemismo empleado fue ‘encontrar un resquicio jurídico’). Olvidando el haber echado en cara a Pedro Sánchez, cuando en abril éste buscaba el apoyo necesario para su propia investidura, que se reuniera “a escondidas con los independentistas”, contrariando -dijo Hernando- un acuerdo interno del Comité Federal del PSOE, que a él ni le iba ni le venía.

Pero el partido naranja de la ‘nueva política’, nacido contra el soberanismo catalán (y poco más), endureció su discurso al comprobar el incipiente cruce de apoyos entre los populares, CDC y PNV para constituir la Mesa del Congreso. Inmediatamente, Rivera tuiteó airado: Convergència se quedó sin grupo parlamentario en las urnas. Nos opondremos en la Mesa si el PP quiere crear un grupo separatista y darle tres millones de euros”.

Por su parte, el vicesecretario general de Ciudadanos, José Manuel Villegas, advirtió que si para facilitar la investidura de Rajoy el PP pactaba con “quienes quieren romper España”, revisarían su posición de abstenerse: “Ante esta situación extraordinaria, nos podríamos replantear la abstención técnica en la segunda votación para volver al no”. Y argumentó: “No tiene mucho sentido hablar sobre políticas fundamentales para el país con quienes quieren romperlo”, añadiendo que “lo normal” es que los Presupuestos del Estado o las pensiones sean discutidos (únicamente) entre los partidos ‘constitucionalistas’…

Una exigencia que desmontaba el intento del PP de abrir un nuevo clima de entendimiento con CDC y el PNV para poder contar con ellos en un pacto de legislatura, una vez superada la campaña electoral. Sólo la búsqueda de este apoyo de los vilipendiados nacionalistas, explica que los populares respaldaran a los convergentes para constituir un grupo propio en el Congreso y que sentaran a los peneuvistas en la Mesa del Senado con la intención inicial de facilitarles también un grupo propio en dicha cámara.

Pero es que aquella componenda entre Rajoy y los sobrevenidos ‘enemigos de España’ catalanes y vascos (insistimos en que así los definió el PP), ya se comenzó a maquinar al conocerse los resultados del 26-J. Aunque, claro está, chocando con las torpes declaraciones en tromba que hicieron los populares en los meses precedentes, cuando Sánchez buscaba el apoyo de los mismos partidos para su investidura presidencial. Vueltas que da la vida.

Sin necesidad de reproducir las ‘perlas cultivadas’ aireadas en su momento por los dirigentes populares a modo de duras consignas contra el PSOE, convertidas más tarde en veneno de consumo propio, que mostraban la incoherencia y el oportunismo de su cambio de actitud con los nacionalistas, Rafael Hernando se vería finalmente obligado a afirmar que las vías con CDC y PNV estaban “absolutamente cerradas y colapsadas”, regresando entonces a la política del frentismo. 

Esto es lo que hay, señores abonados. Ya lo ven: la hemeroteca es cruel y permite coger a un bocazas antes que a un cojo. Y ahí están ahora Rajoy y el marianismo, ahorcados por su propia palabrería.

Los anatemizados como ‘enemigos de España’, con grupos parlamentarios o sin ellos, han impedido al PP (y a Ciudadanos) hacerse con el Gobierno. El retrato está hecho: esto es lo que hay y ustedes dirán qué les parece.

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