Rajoy piensa que ha vencido en Cataluña, igual que antes lo hizo contra el mundo del trabajo y los derechos e intereses de las mayorías sociales. Encarnación del todo mediocre, todo triste de la “espaciosa y triste España” del verso de Fray Luis de León, abusador del bullshit, apuntalador de un Estado en conflicto, con la sociedad y especialista en tocar desesperadamente el fondo de la nada, en cierta manera motivos no le faltan para sentirse triunfador. Luego del medio año en funciones criticado por todos los partidos, cuestionado por algunos, importantes, de los suyos, con su futuro puesto en duda por la mayoría de los medios de comunicación, con una vulnerable minoría parlamentaria, ha invertido la situación, desde una ambigüedad que no es sino cortedad intelectual, lo cual, desde un punto de vista práctico es muy meritorio. ¿Qué es lo ambiguo, sino el resultado de una falta de anchura en el horizonte para contener ciertas acciones?; la incapacidad de la conciencia para albergar enteras ciertas realidades, reflexionaba María Zambrano.

El principal partido de la oposición, PSOE, sufrió nada menos que una crisis profunda, una división difícil de cauterizar y la defenestración de su secretario general porque un importante grupo encabezado por Susana Díaz optó por facilitarle la investidura a Rajoy a cambio de nada. Ciudadanos, por su parte, fundamentó su política contra la corrupción apoyando al partido más corrupto como es el Partido Popular liderado por M. Rajoy. El líder del PP polarizó la vida pública, no desde un eje ideológico de izquierda-derecha, sino de constitucionalistas y antisistema o populistas para dejar en los márgenes del régimen de la Transición las propuestas políticas más avanzadas y sociales y emprendiendo, con escasa oposición, un proceso de retraimiento de libertades y derechos, junto a una operación de recentralización territorial. La consolidación del bloque constitucionalistas le ha servido para abolir la política y, como consecuencia, la configuración de la actividad pública en formación polémica y judicializar el espacio político para acometer el problema catalán como un mero asunto de orden público, ignorando que en democracia tener que acudir a las medidas excepcionales es siempre expresión de un fracaso.

Y todo ello, advirtiéndoles a los partidos del bloque constitucionalista el aforismo de Lec: “no esperéis demasiado del fin del mundo.” Porque aunque parezca un reduccionismo, la ética política está solamente en la política. No basta hablar de ética ni aludir a grandes valores. No basta subscribir códigos de conducta. Hay que dar prueba de que se piensa en esos valores cuando se hace política y con las políticas que se hacen. Es decir, hay que hacer política, pues es el único medio por el que se realizan los grandes fines democráticos. Cuando la política se subvierte, se la desnaturaliza, es sustituida por la corrupción moral y material. Como decía Ortega del autoritarismo, la gran virtud de Rajoy es el demérito de los demás. Mientras tanto, la democracia languidece.

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