-¿Quién eres? -dijo el principito-. Eres muy lindo…

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-. ¡Estoy tan triste!…

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy domesticado.

-Pero si me domesticas (…) serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…

-Si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros.

-Para mí el trigo es inútil. (…) Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…

-Sólo se conocen las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!

-Pero yo le hice mi amigo, y ahora es único en el mundo.

-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

-Eres responsable para siempre de lo que has domesticado.

Son extractos, los anteriores, extraídos del pasaje de “El Principito” en el que el éste conoce al zorro, y este le cuenta cómo debe hacer para ganarse su amistad. Bello pasaje, lleno de delicadeza y sensibilidad. Pasaje que, cada vez que leo, me hace reflexionar acerca de la importancia de los amigos.

La amistad, hoy día, no es fácil de encontrar. Vivimos en un mundo que corre a toda velocidad, absorbido por las nuevas tecnologías, dominado por las máquinas, un mundo despersonalizado e informatizado, un mundo en el que la soledad hace estragos. En gran medida, las relaciones personales han sido sustituidas por las relaciones a través de las redes sociales, del whatsapp, del correo electrónico. Especialmente las grandes ciudades son agujeros negros que se tragan las relaciones de amistad, son lugares oscuros en los que todo el mundo corre hacia ningún sitio y nadie se detiene a tener una conversación pausada con su vecino a través de la cual descubrir puntos en común, son espacios en los que, paradójicamente, uno puede sentirse tremendamente solo aun estando rodeado de miles de personas. Vivimos a menudo relaciones totalmente despersonalizadas. Como se puede ver en la película “Her” (recomiendo verla a quien no lo haya hecho ya), en numerosas ocasiones la tecnología sustituye a los amigos. Y es una pena, porque, además, eso acaba dejando un gran vacío y mucha amargura en el corazón.

La amistad es algo que requiere tiempo, es algo que hay que cultivar, es algo que, si no se cuida, si no se alimenta, muere rápidamente. La amistad está relacionada con la calma y la quietud, con la perseverancia, por supuesto, con la generosidad. La amistad huye de las prisas, del apresuramiento, del bullicio, del caos. Una buena amistad hace más amable y más plena la vida, la tiñe de colores intensos, la hace, si se me permite la expresión, más “vivible”.

Se puede construir una amistad a partir de unos intereses en común, a partir de afinidades ideológicas, a partir de sentimientos comunes… incluso, a veces, simplemente a partir de sentirse bien uno con otro, sin más motivo aparente que ese. Pero, como decía más arriba, la amistad, una vez que surge, hay que alimentarla y cuidarla, porque si no se agosta, se marchita, y al final acaba muriendo. Y si se cuida y se alimenta, se hace fuerte, se crean lazos indestructibles, y puede llegar a ser un potente antídoto contra la tristeza o la depresión. Puede surgir también, a través de la amistad, el amor, y dar paso a una relación de pareja indestructible, de firmes raíces que ni las más fuertes tempestades pueden arrancar.

Como decía más arriba, no es fácil hacer amigos, amigos de verdad. Porque una cosa son esas personas con las que uno está un rato, simplemente para divertirse, y otra muy diferente son los amigos. Esas personas que están siempre, especialmente cuando más las necesitas. En los momentos buenos, en los malos, y en los regulares. Esas personas que, incluso sin que tú les digas nada, perciben tu estado de ánimo e intuyen que no estás pasando un buen momento. Esas personas por las que pondrías el mundo del revés simplemente por sacarles una sonrisa. Esas personas a las que puedes estar meses sin ver, y cuando se produce el reencuentro todo transcurre como si las hubieras visto el día anterior.

Y como no es fácil hacer amigos, pues vivimos en el mundo de la superficialidad y el falso interés, merece la pena esforzarse por cuidar y alimentar esas relaciones iniciales que surgen con alguien que conoces un buen día, y que, con tiempo y dedicación, pueden convertirse en relaciones para siempre.

Invito a dedicar menos tiempo a las redes sociales, a Internet, a los “smart phones”, y dedicar más tiempo a visitar a los amigos. Incluso sorpresivamente, sin motivo alguno, simplemente porque sí. Invito a dedicar tiempo de calidad a los amigos, a crear nuevas amistades, a desterrar la expresión “no tengo tiempo” como excusa para no salir de casa. ¿Cuántas cosas de las que hacemos habitualmente podemos sustituir por pasar un rato con un amigo? Al final, esos tiempos pasados con los amigos son los que van a llenar de calidad nuestras vidas, son los que alimentan nuestra alma y los que hacen brotar en nosotros verdaderos sentimientos de fraternidad. Creo que no exagero si afirmo que el mundo cambiaría para mejor si dedicáramos más tiempo a los amigos y menos tiempo a Internet o a la TV.

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