Esta sentencia puede ser el escenario habitado por las opciones progresistas en España. Un reciente e innecesario tuit del candidato Sanchez Castejón, defendiendo el historial de Felipe Gonzalez, uno de sus verdugos, en el peor de los casos, ha sido un error de comunicación grave. Felipe no necesita a Pedro Sanchez para que lo defienda. Es más, inclusive puede ser el que le dé el golpe de gracia a las aspiraciones de retorno del ex secretario general, que optó por “no querer cuando pudo”, torcer la voluntad del susanismo en el primer intento de investidura pasado.

Así, si comienza a desdibujar sus posiciones, terminará haciéndolas coincidir con las del susanismo. Tal cosa no sería deseable para la opción de la izquierda española. El nuevo discurso del sanchismo retomó vigor gracias al alejamiento de las posiciones defendidas por el felipismo, con el apoyo mediático descubierto estos días en los tribunales. Un regreso a las mismas prácticas de Sánchez, puede llevar al definitivo destierro y a la consecuente melancolía que ello puede suponer para el candidato. Son los tiempos del blanco o negro a presentar a militantes y sociedad política en general. En la entrevista que concedió a Telecinco, Sánchez Castejón ha regresado, entiendo que sin quererlo, a hacer campaña por Podemos. Se pierden en definir los antagónicos y repite los mismos argumentos de la Gestora del susanismo. Parece no tener en cuenta la inexorabilidad de las hemerotecas.

“Hacedme un favor, no me dejéis solo con las televisiones y la propaganda, moveos, hablad con los amigos, telefonead, organizad aperitivos el viernes, movilizaos y movilizad a los vuestros, hala, ¡largo de aquí!”

Tranquilos ciudadanos y ciudadanas que me leéis, estas no son palabras proferidas por algunos de nuestros líderes locales. Es un compendio de inteligencia hecho mensaje. Un modo, al parecer efectivo, de provocar una ola de contestación frente a los excesos de las camarillas gobernantes. La respuesta de sus auditorios ha producido un efecto multiplicador en las preferencias detectadas por las encuestas, frente al derrumbe del socialismo de la tercera vía. La mal llamada socialdemocracia moderna. Estamos en Francia.

Las elecciones en el país vecino ponen en juego mucho más que el evitar que el Frente Nacional se haga con el poder. Lo que se dirime es una posibilidad efectiva de cambiar el modelo. Hablamos de Jean-Luc Mélenchon, el candidato con más preferencias del espectro izquierdista galo. Este candidato, con un estilo francamente mesiánico y arrollador ha quebrado la dinámica de la escena política francesa. Hasta tal punto, que no sería desdeñable considerar una alianza de la derecha tradicional con la candidata Le Pen para evitar su posible gobierno.

La dinámica de la política, y la guerra de familias dentro de las formaciones partidarias de España, dados los últimos episodios del gran escándalo que ha sido nuestra historia, sólo presagian más inestabilidad y mucha incertidumbre. Los ciudadanos necesitan ilusionarse con la creencia de que sus dificultades serán menores. Que sus esfuerzos no van a servir para rescatar autopistas para que este Gobierno, en el colmo de la temeridad, sugiera volver a entregarlas a las empresas para su gestión. ¿Desfachatez o prevaricación?

Tal vez ambas. Esto luego de conocer que el flamante fiscal de anticorrupción, Manuel Moix, ha actuado de manera definitivamente reproblable al intentar frenar varios de los registros previstos por el magistrado de la Audiencia Nacional Eloy Velasco dentro de la Operación Lezo. Los dos miembros de Anticorrupción pidieron entonces a su superior que esas órdenes verbales las entregase por escrito. Con el papel en la mano, los miembros del ministerio público invocaron entonces el artículo 27 de su estatuto, que les faculta, si no están de acuerdo con el mandato de un superior, a someterlo a votación dentro de la junta de fiscales. Un escándalo que sólo en un gobierno de Mariano Rajoy parece posible. Las dimisiones deberían ser inevitables.

Me detengo a reflexionar acerca de estas circunstancias y no puedo más que concluir que, “quién no quiere cuando puede (léase algún candidato frustrado), no debería lamentarse si, cuando quiere (la inoportunidad o la inacción son fatales en política), no puede”.

Esto mismo nos lo deberíamos aplicar los ciudadanos. ¿Queremos o podemos? ¿No creen?

 

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