Un intenso olor fétido, entre dulzón, agrio y de bicho que ha muerto y se ha quedado encerrado, los recibió como si de un moquete directo a la boca se tratara. Era algo más que el típico vaho dulzón que uno respira cuando entra en una casa cerrada que lleva tiempo sin ventilación. Había que airear rápidamente. Curiosamente no había telarañas ni una gran cantidad de polvo acumulada. Tampoco tenían la sensación de que la estancia hubiera estado deshabitada, a pesar del olor. Todo era raro. En la lúgubre oscuridad de ventanas cerradas a cal y canto, con cuartillos encajados por los que se cuela apenas una brizna de claridad que no permite ver más allá de la silueta del que va delante, no podían observar con la intensidad debida el lugar pero, tenían la sensación de que aquella casa, a pesar de estar cerrada, no estaba abandonada, solo dejada. Llegaron a la primera ventana. Allí quitaron el tranco a los cuartillos y los giraron sobre sus bisagras para dejar pasar una cegadora luminosidad. El intenso olor nauseabundo se había casi desvirtuado. La nariz humana que se amolda a casi cualquier situación para evitar el mal trago. No obstante abrieron la ventana de par en par, para que entrara aire viciado de la calle, que al fin y al cabo daría una sensación nueva de frescura al lugar.

Una a una, recorrieron todas las estancias de aquel caserón situado en mitad de la gran urbe madrileña, rodeada de un pequeño terreno en el que la hierba espigada, los cardos florecidos, las flores silvestres y los enormes cedros, daban la sensación de encontrarse más en cualquier zona montañosa del Atlas marroquí que a cien metros del dios Neptuno en el madrileño Paseo del Prado.

Poco a poco fueron abriendo ventanas, descorriendo cortinones, desincrustando óxido de ruidosos postigos chirriantes que lloraban al abrir las contraventanas. Poco a poco el viciado aire de un Madrid polucionado, convertido en un veneno que va incrustándose en las vías respiratorias de sus gentes hasta convertirlas en pequeñas chimeneas negras por el hollín, iba sustituyendo al pérfido olor a rancio del palacete. Poco a poco, en cada estancia, la radiante luminosidad de un caluroso día de primavera, desterraba la lúgubre penumbra que tanto tiempo llevaba instalada en el palacio. Poco a poco, la casona, iba llenándose de realidad y dejando ver, desconchones, suciedad, algunas cucarachas que corrían veloces hacia sus madrigueras al entrar de pronto la claridad por las ventanas y hasta el causante del olor rancio de animal muerto, una paloma momificada, en un rincón, al pie de la escalinata por la que se accedía al primer piso.

Los encargados de realizar aquella primera inspección al sitio, tenían claro lo que había que hacer para que aquel lugar volviera a convertirse un lugar apacible, con brío y luminosidad en el que sus habitantes pudieran disfrutar de unas comodidades mínimas sin necesidad de que ser ostentosos. Primero habría que cortar la hierba que convertía el jardín en una selva. Podar los cedros que habían crecido anárquicamente topándose unos con otros e impidiendo el paso por entre ellos. Habría que revisar el tejado, los cimientos, sondear las cañerías, picar las paredes, dar yeso, pintar, cambiar los viejos cortinones llenos de polillas y mierda por cortinas acordes con los grandes ventanales. Quizá sería mejor modernizar las ventanas, quitando cuartillos y contraventanas y sustituyéndolas modernas persianas domóticas. Incluso habría que cambiar la cocina de carbón y sustituirla por una moderna vitrocerámica. Para eso, habían ayudado con su esfuerzo a la asociación, primero a localizar aquel palacete, luego a buscar a los dueños, negociar con ellos y acabar ocupándolo porque uno de ellos se había enrocado en que no quería cederlo. Al final, con la presión y el apoyo de los otros propietarios, habían logrado una cesión por diez años.

Cuando llegó el presidente de la asociación, ordenó que cortaran la hierba alrededor del palacete, que pintaran las contraventanas de hierro y que su pusiera papel pintado de lindos colores en el gran hall de la casa. El resto, se quedaría como estaba. No era él ni su familia quiénes iban a habitar la casa. Y para que las visitas quedaran impresionadas y aflojaran la cartera con donativos, con tener una fachada majestuosa y un recibidor de lujo, era más que suficiente.


 

…Puro Teatro

La vida es un espectáculo, decía el filósofo y cineasta francés Guy Debord (1931-1994). “La mentira, la corrupción y el peso de los servicios secretos (y de otras oficinas del gobierno) caracterizan los últimos desarrollos que desembocan en el espectacular integrado”. Y eso que en los años en los que Guy Debord desarrolló su pensamiento filosófico aún no existía el Whatsapp, el Facebook o Instagram. Hoy por hoy, vivimos en un inmenso decorado de cartón piedra dónde lo importante no es cómo somos, cómo actuamos o como nos relacionamos en sociedad, sino lo que los demás piensen de nosotros. La gente se enfada con Mark Zuckerberg (bueno si supieran quién es) porque Facebook ha utilizado el perfil de sus cuentas para usos “distintos” a los promocionados, pero no dejan de contarnos su vida a través de vídeos e imágenes que cuelgan sin miramientos ni temor a que su intimidad se vea violentada. Porque no es Facebook, Twitter, Whatsapp o Instagram quién le cuenta a las agencias publicitarias, a las de sondeos o a los delincuentes cibernéticos nuestra vida. Somos nosotros y nuestra necesidad de famoseo, de hacernos notar, de tener ese minuto de gloria que nos convierta en el centro de atención aunque sea fugazmente.

La vida por tanto, se ha convertido en una especie de escenario universal en el que todo el mundo representa su papel a la espera de que sean los propios actores los que aplaudan nuestra representación, porque ya no queda nadie en el patio de butacas. Todos somos actores. Todos queremos ser protagonistas de este gran drama en el que se ha convertido la actividad humana.

De lo que no nos damos cuenta, es que, la vida siguen siendo otras cosas. Tú casa, en la que no puedes poner la calefacción en invierno porque no puedes pagarla. La vida es tener que levantarte a las seis de la mañana y desplazarte todos los días durante hora y media para llegar a tu puesto de trabajo en el has de estar entre diez y doce horas para poder cobrar un salario mileurista. La vida es estar explotado en un bar. Trabajar doce horas y cobrar seis. La vida es tenerte que exiliarte a Alemania, porque después de seis años de facultad, después del esfuerzo para sacar unas notas excepcionales, solo puede currar en el Burguer King. La vida es ocupar tu puesto de becario por el que no te pagan o lo hacen de forma simbólica y te exigen un trabajo de profesional. La vida es tener que ir al Mencabrona y comprar hielo a precio de pescado porque no puedes conseguir merluza fresca. La vida es subir en el bus, y dar vueltas de allá para acá, porque la pensión no te llega para caldear la casa y no puedes estar del frío que hace. La vida es mendigar una caña en el bar porque no tienes ni para ir a la compra y debes hacer cola los jueves a mediodía en Caritas para que te llenen la bolsa. La vida, también es en otros casos, ir a cenar con los amigos, comprar una tele nueva para ver el mundial, poder ir todas las semanas al Carrefour y llenar el carro. Pero esas vidas, en la mayoría de los casos, nunca se cruzan con las otras vidas. Y si lo hacen, procuran pasar deprisa, de puntillas y sobre todo sin roce.

Todas esas vidas se sumergen detrás de ese gran escenario de cartón piedra en el que todo el mundo finge feliz y lo único que importa es tener cien mil seguidores en Twitter (de los que conoces a diez), ser un instagramer reconocido o poder ganarte la vida contando chorradas en YouTube. Y eso, lo aprovechan los timadores de la vida, los que se pegan la gran vida a la que nos han convencido que todos aspiramos, y que ellos tienen a costa de nuestras miserias y que nosotros nunca lograremos. Ellos lo saben y son capaces de convertir a un necio, a una analfabeta o a un iletrado en un líder de opinión en un programa basura que se emite de diez a una, que es cuando la gente pobre de espíritu, los pobres que no tienen trabajo o los abuelos que se aburren en casa, consumen su ración diaria de droga llamada televisión.

Somos títeres en manos de pérfidos criminales que usan esas tácticas del espectáculo para volvernos absolutamente gilipollas y que actuemos en consonancia.

Es cierto que apoyar la moción de censura a ese partido que ha hecho de la corrupción un modus operandi, era inexcusable. De ahí a pretender que un mediocre que siempre ha seguido la voz de su amo (cambio constitucional del 135, ruinosa compra de Caja Madrid del City National Bank of Florida) o que un partido que ha gobernado durante 21 años de los últimos cuarenta, y que asoló el tejido industrial de este país en pos de convertirlo en una gran “ciudad de vacaciones”, que comenzó con el latrocinio de las empresas públicas, que propició la escalada hacia la deshabilitación de los derechos laborales de los trabajadores o la cercenación de los derechos pasivos, le diera un giro de 180 grados a este hijoputismo liberal en el que llevan instalados desde que el infumable Isidoro se hizo cargo del partido allá por 1974, es o de ser iluso o de haberse aislado en su mundo virtual y creer que ese mundo, y solo ese, es el real.

Porque da igual si el nuevo Ministro del Interior es un tipo premiado por el PP para ocupar cargos judiciales. Da igual si por su laxa disposición a investigar las torturas, el estado español ha sido condenado por la UE, da igual que diera carpetazo al escandaloso accidente del Yak 42 en el que el máximo responsable del Ministerio de Defensa debería haber acabado entre rejas, todo eso da igual porque él y todos los demás miembros de este gobierno forman parte del espectáculo en el que estamos sumidos. Ahora toca la foto de las ministras. Aunque en el nuevo gobierno, la mayor parte de ellas, ni sean feministas ni jamás hayan movido ni un solo pelo por hacer que las mujeres sean tratadas en igualdad y con los mismos derechos. Pero la “foto” ahí queda. Aunque no hagan absolutamente nada para dotar al feminismo del presupuesto necesario y prometido. Lo que importa es el escenario de cartón piedra. Ahora también se intenta normalizar (ya era hora) la condición sexual de las personas. Y ahí también está también “la foto”. Dos ministros declarados (las malas lenguas dicen que hay un tercero en el armario). Dos ministros que sí, son homosexuales pero no parece que luchen mucho contra la homofobia. De hecho el de Interior no parece que luche por ninguno de los derechos de los ciudadanos como los que vulnera la Ley Mordaza o como los que nos acabó negando en el 15M.

Por eso, queridas amigas y amigos, no esperéis nada nuevo en el horizonte reciente. El sol saldrá todos los días, pero ni acabarán con la Ley Mordaza, ni con la LOMCE, ni con la reforma laboral, ni con ninguno de los grandes impedimentos utilizados por los que mueven las tramoyas para seguir viviendo a costa de nuestra miseria o para que no molestemos sus fiestas y sus reuniones en las que deciden como jodernos mañana más que hoy y menos que pasado. Este no es un gobierno. Es un casting que bien pudiera haber realizado una productora de televisión para esta gran serie que estamos protagonizando. Bienvenido sea cualquier atisbo de mejora, cualquier migaja que puedan ofrecernos. Pero este ni es un gobierno de izquierdas, ni está hecho para cambiar nada. Es una operación de marketing destinada a subir a los cielos al Macrón español. Y ya que el memo insignificante que se creyó dios ha demostrado que no sólo no sabe, sino que además está vacío de conocimiento y lleno de ambición (lo que puede volverse en contra del tramoyista) parece que la Operación Vapor, está llegando al culmen.

Recuerden amigas y amigos que “todo está atado y bien atado”. Eso sí, a algunos de ustedes, les queda el chute del futbol. Otros (aunque esos dudo que se pasen por aquí) pueden seguir paciendo en Ana Rosa y en la Grisso, viviendo como si fueran suyas las vidas de toreros, famosetes e iletrados ascendidos a estrellas de Televisión. Porque el espectáculo, debe continuar.

Y no olviden que un cambio radical, podría llevarles a perder el paro, la pobreza y las condiciones de miseria. Hagan caso a su predicador televisivo y recen la jaculatoria del convencido “virgencita, virgencita que me quede como estoy”. Luchar por un mundo mejor es malo porque puede acabar triunfando. Y nosotros queremos ser ricos, no que todo el mundo pueda tener una vida digna. ¿O no?

Salud, república y más escuelas (públicas y laicas).

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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