Hace unos años, amparado por el marco institucional de la Universitat Politècnica de València, el colectivo contracultural ideadestroyingmuros organizó unas jornadas que llamaron Interferencias viscerales: prácticas subversivas de lo monstruoso. He aquí su declaración de intenciones: “El proyecto propone el desarrollo de performances en el espacio público, como estrategia de reapropiación del mismo, como lugar de reivindicación de sexualidades que se posicionan fuera de los cánones de lo excitante permitido”. Nadie puede decir que incumplieran sus propósitos: uno de los actos de las jornadas, fuera de programa, consistió en una masturbación pública y colectiva en pleno campus universitario. Parece ser que este pintoresco happening dejó bastante descolocados a los chavales que pasaban por allí de camino a su examen de química orgánica, que se encontraron a un puñado de punks y gente rara entregados al frenesí onanista y rodeados de cámaras para documentarlo. Tampoco es para tanto; en realidad no estaban haciendo nada nuevo. Los clásicos recogen una vieja anécdota sobre Diógenes, que por lo visto tenía la manía de pelársela en medio del ágora de Atenas. Y si le preguntaban, decía: “Ojalá fuera posible frotarse también el vientre para no tener hambre”. Diógenes fue, sin lugar a dudas, el primer antisistema. En su tiempo, tanto a él como a quienes lo seguían les llamaban despectivamente “cínicos” (del griego kyon, gen. kynós, “perro”); en nuestros días, los miembros “respetables” de la sociedad llaman “perroflautas” a los herederos de aquel Diógenes transgresor.

Leí la historia de la paja revolucionaria en el libro Pornoterrorismo, de Diana Junyent Torres, una de las participantes en el evento. Diana pertenece a una hornada de activistas que reclaman rabiosamente la libertad de arrogarnos el uso de nuestro cuerpo, y que ante los límites impuestos por la sociedad, tanto en sus convenciones como en sus leyes, proponen la acción directa. Llamadlo pornoterrorismo, activismo posporno o guerra de guarrillas: bajo cualquiera de sus máscaras (o, mejor dicho, sus pasamontañas), hablamos siempre de una actitud de desafío a la autoridad y a todo tipo de censura, propia y ajena. Dentro de la agenda pornoterrorista, y especialmente en el campo de las performances, está la intención expresa de herir sensibilidades. En la calle es muy fácil escandalizar a los transeúntes (basta enseñar las tetas), pero en una performance que transcurre en la semiprivacidad de un teatro o de un garito, donde el público susceptible de aparecer está ya curado de espanto y tiene las expectativas muy altas, hay que ir mucho más lejos para llevarlo a una catarsis de repulsión. Ergo, cabe esperar presenciar las prácticas sexuales más salvajes, en las que la sangre se mezcla con los demás fluidos corporales, acompañadas por videoproyecciones de autopsias, ejecuciones, cuerpos mutilados y demás imágenes estremecedoras. Todo esto me trae a la cabeza una observación que hizo Chesterton en El hombre que fue jueves, asociando la revolución como acto político a su raíz semántica: revolver. Y, en efecto, en la lógica pornoterrorista la revolución sexual empieza por revolver las tripas. Poner el estómago del revés. Hacer de tripas corazón, o corazón de tripas… en el fondo qué más da, si todo es casquería.

La mirada es una forma de agresión. En cuestión de género, en nuestra sociedad la mirada tiene una gran solera como agresión machista. Para mí, el mayor hallazgo del pornoterrorismo de Diana J. Torres reside en la inversión de los roles tradicionales, convirtiendo en víctima a quien mira y en agresor a quien muestra, a mala leche, lo que el otro no quiere ver. Es un feminismo violento, rabioso, visceral en el sentido más literal de la palabra. Un feminismo (o, como Diana prefiere llamarlo, transfeminismo) de vulvas poderosas y temibles, apoteosis del cuerpo como teatro de transgresiones en toda su gloriosa diversidad de agujeros y prótesis, fluidos y funciones. El pornoterrorismo es también bienvenido como antídoto frente a ese porno convencional que presenta los cuerpos como objetos de consumo plegados a las tristes restricciones de la heteronormatividad: hembras como barbies plastificadas y complacientes, machos como eficaces máquinas de perforar. Pero, todo hay que decirlo, este tipo de activismo obsesionado por una visibilidad sin concesiones corre el peligro de desembocar en un callejón sin salida. Cuando ya nada permanece oculto a la mirada sobreestimulada, los engranajes del deseo podrían dejan de girar, arriesgándonos a quedarnos varados en un desmotivador vacío de erotismo. Porque el todopoderoso deseo, más que una función corporal, es una actividad de la imaginación.

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