Las élites económicas y financieras mediante el pacto de la Transición estimularon el apuntalamiento de una democracia débil en la que sus privilegios se mantuvieran intactos con el concurso de unanimidades inconcusas, entre ellas el control de las propias élites sobre el poder político. Unamuno aseguraba que un país vivo era un país ideológicamente dividido, y no encontraba ninguna razón para justificar “la unanimidad”. Y por eso, sostenía el  escritor vasco, le daba lástima “un pueblo unánime, un hombre unánime.” Todo esto ha desencadenado una crisis ética, institucional y de pensamiento extendida a todos los intersticios del Estado como abscesos de un envenenamiento político y social que pone en cuestión los ámbitos de nuestra estructura de convivencia.

El régimen del 78 se ha mantenido en una fantasmagoría, en acepción de Ortega, donde todo se fundamentaba en una apariencia sin contenido y cuya perversión más evidente es la dramática peripecia que está viviendo el Partido Socialista, intentando sostener un sistema en su ciclo final a costa de su propia descomposición. Frente a los grandes desafíos de la sociedad actual, el PSOE ha obviado la fuente de la renovación que tiene su signo sustantivo en el movimiento real de las resistencias y de las luchas ciudadanas y cuya consecuencia es que el partido quede inmovilizado en un no-lugar del que Pascal nos advertía. El partido socialista, se aleja voluntariamente de ser un instrumento de cambio por la apostasía conceptual que ha producido que las ideas no sean el motor político encaminado a transformar la realidad sustituidas por la resignación de que la realidad impuesta sea la que establezca el horizonte y las posibilidades de las ideas. Es la asunción impropia de ese concepto conservador en que los hechos son inamovibles y a partir de ahí se construyen los argumentos que los justifiquen.

El asalto sumario al control del partido por las baronías con poder institucional, el orillamiento de la participación de la militancia en decisiones tan trascendentales, la pérdida de credibilidad que todo esto conlleva, el acto voluntario de situarse en una posición de debilidad política severa y todo ello para tener como objetivo sostener un régimen que debería transformar y facilitar el acceso al poder de una derecha que obligatoriamente tendría que combatir son elementos contradictorios que ubican al PSOE en un atolladero identitario difícil de resituar en el imaginario colectivo.

Un Partido Socialista cuyo bagaje de emoción popular es la monarquía, el neoliberalismo corregido, la contemporización con los poderes económico-financieros y que se siente obligado a sostener un ecosistema político que niega su propia esencia ideológica, tiende a resultar tan fallido como el régimen político de la Transición. Todo ello conduce a un callejón sin salida para el Partido Socialista y para España.

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