Imagen de una sesión reparadora de danza.

Las actividades motoras despiertan la mente y contribuyen a que las personas con discapacidad intelectual expresen, mediante su cuerpo, las mil aptitudes que pueden desarrollar. La música en la danza consigue que estas personas sean capaces de trasladarse en el espacio, de mostrar sus sentimientos, consigue que tengan la capacidad para bailar con ritmo, memorizar coreografías o adquirir la habilidad para trabajar en equipo, entre otras muchas cosas.

Cuando no hay capacidad verbal suficiente, el comportamiento humano se canaliza mediante la danza

El profesor y coreógrafo, Elias Lafuente, fundador de la Compañía Danza Down, en una entrevista realizada por Inmaculada Guerrero, asegura que “la danza y sus códigos, tan bien elaborados, ayudan considerablemente a reorganizar todo el sistema nervioso, ya que proporcionan orden en su ejecución”.

Escuchar el tempo específico de cada música hace que el cerebro segregue dopamina y produzca un grado placentero en la persona, que se siente más receptiva y sensitiva. Al mismo tiempo, la realización de unos movimientos repetitivos al ritmo marcado ayuda a relajar y tener la sensación de estabilidad y control.

 

APADEMA y el flamenco

Desde Apadema (asociación sin ánimo de lucro fundada en 1983 para la atención y promoción de las personas con discapacidad intelectual y declarada de utilidad pública en 1997) llevan a cabo este tipo de actividades relacionadas con la danza. La directora del centro, Belén Alonso Rodríguez, nos asegura que la incorporación al centro de la actividad del flamenco sirve para encauzar alteraciones de conducta, ya que el estrés y la ansiedad se reconducen con el movimiento y la concentración.

“Cuando la mente y el cuerpo están alterados, desordenados y dispersos, los problemas de conducta afloran y si no hay capacidad verbal suficiente para contar estos sentimientos encontrados, el comportamiento habla y se canaliza mediante actividades como la danza”, recalca la directora del centro.

Sin duda, la utilización de la danza con fines terapéuticos se aplica cada día con mayor frecuencia, ya que los resultados no dejan indiferente a nadie. La iniciativa de incorporar clases de flamenco en Apadema fue apoyada desde sus inicios por la bailaora y profesora de flamenco, Carmen Morente, quien nos transmite que el papel del arte en el siglo XXI tiene muchísimo por lo que luchar.

El arte está uniendo a las personas para expresar sentimientos positivos en una sociedad cada vez más deshumanizada, en la que la desigualdad, la violencia, el racismo o la desunión aprietan el mundo cada vez con más fuerza.

“Las personas están comenzando a denunciar injusticias a través de la danza”, recalca Morente. Y así es: la danza es ese pequeño ámbito que no entiende de pueblos, de ideales, de pobreza o discapacidades…

 

Enseñar a expresar

Trabajar con personas con discapacidad ha cambiado la vida de Carmen Morente, que cada vez se siente más orgullosa de poder aportar a sus alumnas el arte de las calles granadinas donde se crió.

“Además de enseñarme a marcar los ritmos de enseñanza, lo que les gusta y lo que no, con qué música se sienten mejor danzando… que ellas se sientan artistas me hace sentir muy bien, hacer feliz a las personas es la cosa más gratificante que hago en mi vida”, comenta.

Mediante un lenguaje y unas órdenes sencillas, estas personas tienen la capacidad de seguir a su referencia. Saber comunicar y trabajar mediante la corrección postural con contacto físico es esencial para que las personas con discapacidad puedan actuar con naturalidad y espontaneidad, características claves para considerar satisfactoria la enseñanza.

“En la adquisición de los conocimientos de este arte no hay que trabajar con excesiva dureza, sino que a base de concentración y repetición, así como de constancia, se podrá conseguir los resultados esperados”, aclara el fundador de la Compañía Danza Down, Elia Lafuente.

 

Lo que despierta la danza

Tras muchos meses de ensayo, el centro Apadema abre las puertas para que las usuarias enseñen a sus familiares las coreografías que han aprendido durante el curso.

Es un día muy especial y en el ambiente se nota el nerviosismo y la emoción por hacer las cosas bien y demostrar que son plenamente capaces de hacer un bonito espectáculo. Incluso este año las usuarias del centro, con su proyecto “Transformando realidades”, hicieron disfrutar a los residentes del centro asistencial San Camilo, con una actuación flamenca que quedará para el recuerdo. Porque ahora son ellas las voluntarias.

Con cada nuevo paso aprendido, cada corrección, cada día de flamenco compartido, con cada abanico abierto o repiqueteo de tacón, nace una nueva meta, una nueva ilusión, un paso hacia delante. Las usuarias se sienten motivadas al ver que son plenamente capaces.

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