Primer intento

Siempre tuve la ilusión de tener un gran bigote como los que llevan la inmensa mayoría de los gitanos, especialmente los centroeuropeos.  Así que un día, hace veinte años aproximadamente, decidí dejarme crecer el bigote hasta que adquiriera la forma del que adorna las caras de los gitanos Manouches que son los que viven en Francia, especialmente en la región de París, en los Países Bajos y en los territorios alemanes colindantes con Bélgica. Se trata de un bigote abundante cuyos extremos apuntan hacia abajo.

Pero no pudo ser porque en cuanto Paloma, mi mujer, vio que los primeros pelillos asomaban sobre mi labio superior, se negó rotundamente a que el proceso continuara. Dijo que me había conocido sin bigote y que no estaba dispuesta a aceptar la imagen de un hombre distinto del que se enamoró.

Comprendí que el embate era demasiado fuerte y para no ocasionar una tensión matrimonial absurda me afeité los primeros brotes de pelo que auguraban un hermoso bigote Manouche.

 

Segundo intento

Y pasaron los años, exactamente diez años más, y como la ilusión por el bigote no había desaparecido y esta vez estaba prendado por la forma de los mostachos que suelen llevar los gitanos Kalderash, que son los que viven en Alemania, en Hungría en Polonia en Austria y algo más al Este europeo, decidí iniciar de nuevo la aventura. La forma es inversa a la de los gitanos Manouches. El mostacho de los Kalderash suele apuntar hacia arriba, adquiriendo una forma verdaderamente atractiva.

Pero no fue posible. Paloma se plantó, esta vez con más firmeza que diez años atrás. No argumentó sobre si me había conocido con bigote o sin él. Tan solo se limitó a decir con un semblante de dureza muy escasamente expresado por ella, lo siguiente:

―Muy bien. Veo que estás dispuesto a dejarte el bigote de nuevo. Tú verás lo que haces. Tan solo te digo que mientras tengas bigote, a mí no se te ocurra acercarte.

La decisión por mi parte no se hizo esperar. ¡Fuera bigote! Me importaba mucho más la paz y la cercanía de Paloma que ese conjunto de pelos entre la nariz y mi labio superior.

 

Tercer intento

Han pasado diez años más. Y el tiempo no pasa en balde. El tiempo, a veces altera las costumbres y hace cambiar incluso los sentimientos. Así que volví a intentarlo de nuevo. Y esta vez ya no hubo oposición. Paloma no se manifestó ni a favor ni en contra. Sencillamente “pasó” de mi bigote. Con lo cual logré que los pelos crecieran hasta adquirir una forma, digamos que interesante.

La guerra del bigote

Pero lo que yo creía que era un asunto felizmente zanjado no fue más que el principio de la batalla entre mis amigos, mis colaboradores, algunos gitanos y gitanas españolas y mi propia familia. Unos decían que me sentaba bien. Que el bigote acrecienta en los hombres la masculinidad, el poder, la seguridad y la confianza en sí mismos.

Otros, y otras, me decían que el bigote reafirmaba mi personalidad pero que aumentaba mi edad. Es decir, que me hacía más viejo.

Bueno, valoré todos estos criterios y decidí seguir adelante con mi ya poblado bigote. Hasta que se produjo el ataque en masa contra mi pobre y desgraciado mostacho.

La batalla final

La encabezó mi hija Carmen, médico de profesión, a quien entre nosotros, desde pequeñita, la llamamos “Cocol”. Se negó rotundamente a aceptar ese cambio en mi rostro. Argumentó cuanto pudo y cuanto supo para hacerme ver que estaba horroroso, para terminar diciéndome:

―Mira, papá. Tu bigote no me gusta nada y evidentemente no puedo obligarte a quitártelo, y a casa puedes venir con él cuantas veces quieras. Yo no me acostumbraré, pero tus nietos tal vez sí. Solo te advierto que mientras tengas bigote no te acompañaré nunca por la calle.

(Como se desprende del párrafo anterior, Cocol es una mujer buena, cariñosa, pero con el carácter fuerte de mi madre, la abuela Salud, q.e.p.d.)

El siguiente situado en el frente anti bigote es mi hijo Alfonso, el más pequeño de los seis, flamante arquitecto, de quien intuyo que en sus proyectos quedarán abolidas todas las protuberancias gaudinianas que pudieran recordarle la forma de un mostacho.

―Papá, ¡basta ya! Quítate ese bigote. Estás horroroso. Te miro y me parece que no eres tú. Así que hazme el favor de afeitártelo.

Y así día tras día, ambos, ella y él, con una constancia digna de mayor causa.

Y finalmente queda la opinión de los gitanos. En estos últimos días he estado en Zaragoza, en Valencia, varias veces en Sevilla y muchas más en Madrid. No he visto en ellos gran entusiasmo por mi nuevo look. Ni siquiera cuando días pasados mantuve una larga entrevista con el Secretario de Estado de Servicios Sociales que no podía evitar mirarme con un cierto gesto de sorpresa. Pero los gitanos y gitanas que me han visto en algún video o fotografía con mi flamante bigote me han escrito con opiniones muy divididas. De tal forma que por resumirlas todas diré lo que me ha escrito Ricardo Hernández, joven gitano navarro y líder indiscutible en su comunidad:

―Mire, tío Juan de Dios, le he visto en una fotografía con bigote. Si a usted le parece bien, disfrútelo, pero, por favor, solo hasta el 31 de diciembre. A partir de esa fecha ¡fuera bigote! Y siga teniendo usted la imagen con la que siempre le hemos visto y conocido.

Así que, queridos hijos, familiares y amigos, en la mañana de hoy, día de los Reyes Magos, he cogido la navaja, me he llenado la cara de espuma de jabón y he arrasado con mi bigote que nunca pudo ser Manouche, ni Kalderash, ni Sinti, ni Lovari y ni siquiera como el de cualquier compatriota español, sea “payo” o gitano.

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