La última oportunidad de Pedro Sánchez se llama Portugal. A lo sucedido en los últimos meses en el país vecino se encomienda el líder socialista español para no resultar apartado definitivamente del liderazgo del partido centenario, inmerso en luchas intestinas de difícil cicatrización tras el duro varapalo sufrido en las urnas el pasado 20D, el enésimo en los últimos años hasta conseguir en esta última cita el peor resultado electoral desde la reinstauración de la democracia.

Define la Real Academia Española fado como “canción popular portuguesa, especialmente lisboeta, de carácter triste y fatalista”. De todo menos fatalismo busca Sánchez de sus colegas portugueses. Hasta Lisboa ha viajado el secretario general del PSOE para recibir consejo del primer ministro luso, el también socialista António Costa, que gobierna en un tripartito de izquierdas tras desbancar contra viento y marea del poder al conservador Pedro Passos Coelho con el apoyo de los comunistas (eternos enemigos irreconciliables hasta hoy y en nada parecidos ni a la Izquierda Unida española ni tan siquiera al PCE) y el Bloco de Esquerra (apoyado en España por Podemos).

Sánchez es consciente de que con esta simbólica visita a Portugal está gastando sus últimos cartuchos, escenificando definitivamente por un lado el paso cerrado por completo al ofrecimiento de Rajoy y de paso dando a entender que buscará con todas sus fuerzas un pacto de izquierdas, al que no están dispuestos muchos barones socialistas españoles vistas las líneas rojas que desde Podemos han impuesto como condición sine qua non.

El gobierno tripartito de izquierdas que desde finales del pasado noviembre dirige los designios del empobrecido país vecino merced a las políticas de austeridad impuestas durante los últimos años desde Bruselas y Berlín está siendo observado con todo detenimiento tanto por los mercados bursátiles como por las agencias de calificación y la Unión Europea. De momento, las alarmas no han saltado y las primeras medidas del gobierno monocolor socialista con apoyo parlamentario del Bloco y el PC quieren hacer olvidar la austeridad a los ciudadanos de un país que votaron mayoritariamente a la coalición conservadora de Passos Coelho.

Bajada del IVA, dar por finalizados los cortes salariales, aumentar las pensiones y olvidar de momento la salida del euro como propugnan los decálogos de ambos partidos más allá de la izquierda del socialismo portugués son los ejes cardinales del nuevo gobierno. Pedro Sánchez sabe que en Portugal no tienen nacionalismos a los que contentar con sus líneas rojas, como el referéndum catalán que apoya el Podemos de Pablo Iglesias. Pero también es consciente el líder socialista español de que un pacto a la portuguesa sería, hoy por hoy, la única vía viable para evitar un adelanto electoral como ya están resignados a dar por hecho desde el Partido Popular. De paso, Sánchez lograría dar un giro inesperado al oscuro futuro que le augura un buen sector dentro de su propio partido y prorrogar así la crisis interna que cuestiona su liderazgo al frente del PSOE.

Otra sustancial diferencia política entre los dos países de la Península Ibérica es que mientras Portugal cuenta con solo cinco grupos parlamentarios en España suman 13. La mayoría en Portugal está en 116 diputados (el Partido Socialista tiene 86, 19 el Bloco y 17 el PC). En España la mayoría absoluta son 176 diputados y las cuadraturas para formar gobierno se antojan a priori mucho más complicadas que en Portugal.

 

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