En las postrimerías del siglo XX se acuñó el concepto multifacético posmodernidad nacido de los retales ajados de la filosofía, o mejor dicho de la pereza del pensamiento por intentar comprender el mundo complejo y sin referentes sólidos en el que habitábamos después de muchas guerras y muertos y bastantes contradicciones aún activas, tales como las desigualdades crecientes y su secuela de severa pobreza material, el capitalismo salvaje de corte neoliberal y los fundamentos de una democracia más plena y participativa.

Era el momento, según las elites en la sombra, de decretar el fin de las ideologías, de la lucha de clases y la victoria definitiva del régimen de la globalización capitalista. De la noche a la mañana nos enteramos que los grandes relatos de emancipación ya no servirían para el siglo XXI: la confrontación daría paso al consenso universal y los sentimientos colectivos se trasmutarían en relatos de libertad individuales, todos, también todas, seríamos lo que quisiéramos ser, sin límites ni constricciones políticas, económicas y sociales. El ser ya no precisaría de atributos dramáticos ni existenciales para transformarse en una suerte de virtualidad mágica donde reinaría la felicidad absoluta del yo abierto a cualquier experiencia ubicua e irrepetible.

Esa venta mediática al por mayor, para cultivo en laboratorios académicos, y al detalle, para consumo masivo, tuvo un éxito fulminante, sirviendo de estereotipo unificador para pensar lo correcto a través de herramientas mentales que no dejaban huella ni tenían graves efectos secundarios en la psicología íntima. Sentirse posmoderno fue un estilo de vida, una manera líquida, siguiendo a Zygmunt Bauman, de estar en el mundo, en una verdad precaria pero estimulante que nos permitía salvar los muebles de la conflictividad sociopolítica escapando de las contradicciones como fantasmas del pasado. Al principio, ese vértigo asumido como autómatas de la última novedad esotérica era un riesgo que nos hacía cosquillas en el alma, una especie de aventura peligrosa que nos hacía protagonistas totales de un viaje insólito que, una vez despiertos tras el batacazo de la cruda realidad, nos hizo comprender que nos habíamos lanzado al vacío sin red de seguridad alguna. Era el espacio del riesgo neoliberal desmenuzado con cierta alegría académica por Ulrich Beck.

Y al abrir los ojos y otear el horizonte vital, nos dicen los gurús que ahora estamos en el tiempo de la posverdad, otro neologismo más para intentar maquillar el absurdo de la era digital que nos ha tocado habitar a día de hoy. O sea, hemos transitado de la verdad a la posverdad, eludiendo de forma escatológica y maravillosa la mentira y la falsedad contenidas en la dura pugna social y en el ganarse el sustento con el sudor de la propia frente. Toda la historia humana parece una fantasía de superación infinita desde la caverna a la posmodernidad triunfante. No caben interpretaciones críticas al respecto. Si alguien osa transgredir esta regla no escrita sobre él caerán etiquetas siniestras para asesinar su pensamiento diabólico y antinatural, tales como radical, feminazi y populista. Terrorista está reservado para casos extremos. Estos tres sambenitos permiten acotar la disidencia contra el sistema y crear enemigos monstruosos para controlar mediante el miedo simbólico cualquier conato de subversión o descontento en las masas sometidas a los mercados financieros y bursátiles.

Con Francis Fukuyama no se finiquitan ni la historia ni las ideologías: es el nacimiento de la ideología hegemónica de la globalización posmoderna en su puesta en escena extremista neoliberal, que sucintamente se expresa en la privatización intensiva de las emociones, del pensamiento y de la realidad. Todo está en venta, todo es susceptible de tener un propietario. La gran paradoja es que podemos comernos el mundo en un solo clic y, con todo, nuestra hambre de libertad seguirá intacta: todavía nos lacera el hambre después de haber saciado nuestras pulsiones porque nuestros deseos desbocados no están diseñados para quedarse satisfechos con nada.

Esa rueda maquiavélica que gira sin cesar es un volver a empezar a lo Sísifo, otra vez, quiero más porque querer es el único camino. El ciclo resulta interminable. Cuando yacemos desvencijados y exhaustos por el cansancio percibimos que la realidad no se asemeja en nada a la fantasía soñada. Nuestra ganancia es pírrica, solo nos da para ir tirando. El mundo en un clic es pura fanfarria, ruido ensordecedor para continuar en la fila sin meta concreta ni objetivos asumidos como propios. La vida cobra sentido cuando lo racional y lo emocional se complementan con lo social y lo político. De ese entrecruzamiento de itinerarios surge el ser humano que busca el sentido de su vida en la mirada del otro, otro que me hace persona real para pensar y transformar la sociedad en la que ambos convivimos.

El universo de Fukuyama no es más que un imaginario común hecho de libertades estéticas y deseos virtuales, una tautología irreversible donde nada es todo porque todo es nada.

Despertar de ese mundo mecanicista y solipsista es una alternativa para escapar de él. Sin embargo, el sistema sabe que su régimen de fantasías tiene grietas. No hay cárcel perfecta: el pensamiento libre y crítico puede franquear las fronteras más hostiles. En suma, la última palabra aún no se ha dicho.

Ante esta situación caótica y desordenada de amaneceres cautivos, en grupo o a solas, el establishment contraataca. Más allá de las armas y las soluciones militares están las palabras que conforman ideologías de barrera para mantener el orden establecido dentro de unos cauces determinados. Inventar neologismos o exhumar viejas palabras es un arte de guerra que socava las defensas adversarias en el bien cultural mas genuinamente humano: el lenguaje, su modo primario de relacionarse socialmente. Decir y pensar van de la mano. Si las elites son capaces de dominar la capacidad de designar las cosas y las relaciones de manera positiva para sus intereses es que también y previamente ya han horadado el pensamiento de la gran masa. Decir y pensar son momentos dialécticos, los dos son a la vez causa y efecto de su alter ego.

La pléyade de nuevos neologismos o términos básicos de ambigua significación de la actualidad son, ya lo señalamos con anterioridad, radical, feminazi, populista y terrorista. En ellos caben todas las significaciones malignas o presuntamente cancerosas de los límites de las democracias occidentales o afines en otros lares de la periferia de la globalización.

Operan trasversalmente y son comodines multiusos para estigmatizar movimientos puntuales, sospechosos o contrarios al sistema capitalista. Con la mera mención en una noticia de cierto alcance o importancia de las palabras citadas el sentido del texto se modifica sustancialmente al contaminar el suceso en sí, sea éste de la naturaleza que fuere. Su reduccionismo procura facilitar la lectura del evento publicado a la persona que entra en contacto con la noticia. Si aparecen las palabras malditas, el contexto desaparece y la razón crítica debe realizar esfuerzos suplementarios para su comprensión certera.

Radical se asocia a la violencia sin causa y a posturas políticas demasiado extremas o dogmáticas. No es violencia, por tanto, ni la pobreza ni la desigualdad ni un despido ni un desahucio. Por ende se colige que una posición centrada, moderada y equilibrada es la que legalmente toma el poder para restituir el orden, sin que quepa preguntarse si precisamente sus decisiones originales han sido el motivo justificado para manifestar el rechazo contra ellas.

Subimos un peldaño hasta feminazi. Feminismo y nazismo juntos, la aberración más nociva de todas. Con esa fea palabra se intenta descalificar a la mujer en su conjunto de manera inapelable. Contra cualquier defensa argumentada y a ultranza de las tesis feministas se lanza el órdago de la ideología de género como un veneno ponzoñoso contra los hombres y el statu quo tradicional de la hombría fuerte y la dulzura de la mujer de toda la vida. Los datos del machismo asesino, la discriminación salarial recurrente y el uso perverso de la publicidad contra las mujeres quedan en meros accidentes del discurrir cotidiano. La mujer perfecta para el sistema es la que calla, estudia, trabaja en casa y fuera, y se hace la rubia como Cristina Cifuentes. Levantar demasiado la voz públicamente y denunciar el permanente acoso de la realidad diaria está mal visto: el feminismo está anticuado, las leyes ya recogen la igualdad con los hombres, la discriminación positiva atenta contra el mérito de unos y otras…, las coletillas para tapar el feminismo del siglo XXI son numerosas y no especialmente creativas, escondiendo todas una aversión de género feroz. Feminazi quiere romper asimismo la sororidad en aumento entre mujeres de diferentes generaciones.

Populista quizá sea el mantra más avieso de la actualidad, un cajón de sastre rancio y antiguo sacado de las categorías políticas históricas caídas en el olvido. Hoy es un insulto sin parangón en el mercado dialéctico. Un aspecto muy elocuente es que los populismos suelen tener su mejor caldo de cultivo en las profundas crisis económicas. Cuando todos vagamos perdidos, sin ideas ni futuro, un discurso sonoro y rimbombante puede sacarnos de la pereza mental y de la precariedad existencial. Lo cierto, no obstante, es que el populismo (decirnos lo que queremos escuchar) se usa con profusión desde tiempos inmemoriales: es la forma de seducir más vieja de la política. El capitalismo y sus fascismos clásicos (Hitler, Franco, Mussolini…) han utilizado del verbo fácil para agitar y confundir a las masas de modo muy preciso. Hasta algunos movimientos han sido catalogados de seudoizquierdismo (Perón) por dirigirse a las masas en primera persona.

La novedad actual reside en que el eje izquierda-derecha se ha roto. Hay un vacío de legitimidad enorme. Por esa razón, surgen nuevos partidos que ponen en entredicho el panorama tradicional. El populismo no es más que intentar llegar a las masas de modo directo para que sus emociones se expandan con prontitud. La siguiente fase nunca está prevista del todo: el programa y el futuro se van cociendo  o configurando sobre la marcha.

Esta sucinta definición instrumental de populismo no cuadra con el uso y abuso del concepto ahora mismo. Por parte de los propietarios del poder se procura que el populismo englobe y califique (descalifique sería mejor) tendencias, ideas y políticas de muy diverso signo, desde la ultraderecha a la izquierda transformadora. El objetivo auténtico es que la mancha populista ciegue salidas genuinas de izquierda en la crisis actual. Si todo lo malo es populismo, solo quedan las soluciones tradicionales, la derecha en sus distintas advocaciones y, como mucho, la socialdemocracia turnista. El enroque del sistema es bastante inteligente: o populista o demócrata. No hay más opción a la vista, de ahí que este meme ideológico sirva de freno a las expectativas electorales de las nuevas izquierdas emergentes.

La cima de las etiquetas perversas está reservada para el terrorismo. Y terrorismo puede ser todo. El poder dice lo que es o no es terrorismo, de palabra, pensamiento, obra o acción. Es un término móvil y flexible que se adapta a situaciones muy dispares, atravesando cualquier actividad política, cultural, social o económica que ponga en solfa los presupuestos y privilegios del establishment. Dudar del dictamen de la autoridad competente en la calificación de un evento dado de repercusión ciudadana puede concitar la ira mediática de todo un país. No se admiten matices ante una desmesura tan monstruosa como el terrorismo. Estar contra el terrorismo decretado por los Estados es crimen de lesa humanidad. No se permiten desviaciones ni opiniones críticas ni ironías ni sarcasmos fuera de tiesto: estamos ante un fenómeno total y único. La libertad de pensamiento cesa ante su influjo devastador. Y terrorista puede ser un cualquiera de Jacques Rancière. O sea, tú, él, ella o yo. La posmodernidad ha democratizado la capacidad de causar terror: y el relato máximo es matar y morir a la vez. Paradoja de paradojas de la libertad existencialista. Si Jean Paul Sartre se levantara de su tumba…

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1 Comentario

  1. Cuando cualquier imbécil, corrupto, estómago agradecido, etc. quiere acosar y exterminar de la vida pública, social, política, etc. a alguien, se pone a actuar como un criminal inquisidor.

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