El mundo es injusto, la vida es injusta. Lo que quieran. Podemos tomarnos las cosas a chufla y así, al menos, vivir mejor (o eso nos creeríamos). Tendría gracia cualquier cosa que dijeran. Cualquiera. Por guasa no será. Podríamos reírnos de algún personaje venido a menos, como solemos hacer. E incluso de nosotros mismos. Probablemente, sería más efectivo que seguir desgañitándonos pidiendo justicia. Por lo menos, tan eficaz como refugiarnos en la lectura, tan reconfortante como abrazarnos con nuestra pareja o tan fútil como echar una tarde enganchados a los videojuegos (quien lo haga). Cuanto quieran hacer con su tiempo libre.

Mientras, en el trabajo seguiremos con nuestro desempeño productivo. Dando diez para recibir una (cualesquiera sean las unidades de salario), como me sugirió el jefe de recursos humanos de una multinacional poco antes de darme la buena noticia de que me habían seleccionado (hace ya muchos años). No sé si han pensado en esa expresión alguna vez, independientemente de la ideología a la que se sientan más afines: diez unidades de esfuerzo por una de recompensa. Imaginen por un momento que quieren extraer un barril de petróleo y necesitan la energía de diez barriles de petróleo. ¿Cuánto tiempo serían capaces de aguantar? Supongan que inician la extracción endeudándose con diez barriles de petróleo. Podrían endeudarse hasta diez veces para obtener diez barriles de petróleo tras diez extracciones; habrían acumulado una deuda de cien barriles de petróleo; podrían saldar parte de la deuda con diez barriles, pero seguirían debiendo noventa barriles. A no ser que con los barriles que fueran obteniendo hubieran ido generando algún beneficio mayor que el valor de los barriles. Por ejemplo: que por cada barril hubieran sido capaces de generar energía para arar, abonar, plantar y cosechar cereales con los que pudieran al menos cubrir la deuda (total, la de los cien barriles, pues han ido gastando los diez barriles obtenidos para ganar los cereales).

Claro que esto no solo es aplicable para quien tiene empleo. Es aún peor para quien no lo tiene. Siempre habrá que realizar un esfuerzo para mantenerse con vida. Nuestro organismo requiere energía, que la obtiene de los nutrientes presentes en los alimentos. Que, evidentemente, no caen del cielo. En nuestra opulenta sociedad occidental, a partir de unos determinados ingresos, es relativamente sencillo encontrar qué echarnos a la boca. El primer paso antes de pasar hambre es llegar a la pobreza. En España, un país que se tenía por desarrollado en la modélica Europa, parece que algunas cifras macroeconómicas apuntan a que estamos saliendo de la crisis (adoptemos el término crisis como efecto producido a partir del pistoletazo de salida anunciado con la quiebra de Lehman Brothers, allá por septiembre de 2008). Por ejemplo, el número de contratos celebrados sigue aumentando en el último año y medio. Sin embargo, la pobreza no deja de crecer desde 2009. Cabe preguntarse si no será que con los nuevos contratos, en lugar de dar diez, hay que dar veinte para recibir una unidad salarial.

No es casualidad. El modelo económico vigente (desde el Neolítico, aunque fortalecido con el desarrollo industrial y enloquecido desde la desregularización de los mercados financieros en los ochenta) se basa en el crecimiento. Crece el volumen de mercancías, crece el volumen de transacciones y, asociado, crece el empleo y, en compensación, el acceso a los recursos. Uno de los problemas de este modelo es que no hay un reparto equitativo de la riqueza generada. Para no abonar las críticas de quienes defienden vehementemente este modelo, baste con decir que ni siquiera hay un reparto suficiente de alimentos.

Pero hay otro problema con el actual modelo económico: está basado en el crecimiento. No sería un problema si los recursos fueran infinitos, pero no lo son. O, en todo caso, es necesario realizar un trabajo para extraer esos recursos; tanto más cuanto más esquilmados están. La capacidad para realizar el trabajo es la energía y tenemos un problema para disponer de energía cuando nos hace falta. El boom industrial ha sido posible, entre otras cosas, por la capacidad para disponer de energía almacenada: primero carbón y, progresivamente, petróleo. Energía almacenada que no se agotará de golpe, pero que ya se está agotando a un ritmo superior al ritmo de crecimiento que sería deseable en nuestro actual modelo económico. Como ven, la propia energía disponible es un recurso económico; el más necesario (en este enlace del Banco Mundial pueden ver la relación entre el producto interno bruto y el consumo energético).

Ambos problemas están unidos en la desigualdad de acceso a los recursos, también al recurso más importante, la energía. Como indicamos, no se cierra el grifo energético; sin embargo, se encarece. A pesar del auge de las energías renovables, sigue sin haber soluciones eficientes para su almacenamiento o, más concretamente, para su disponibilidad. Además, y pese a la alerta sobre los residuos provenientes de combustibles fósiles (dióxido de carbono, factor responsable del calentamiento global, y dióxido de nitrógeno, agente responsable de miles de muertes por contaminación en grandes ciudades), más de la mitad del consumo energético mundial tienen su origen en la producción de energía a partir de combustibles fósiles. Y las estimaciones para los próximos años no apuntan grandes cambios (en este enlace de la Administración estadounidense de Información de la Energía, US EIA, se muestra una estimación hasta 2040, gráfica 1-5). El hecho de que el acceso a los recursos energéticos esté dominado por una minoría de personas nos complica las cosas a la inmensa mayoría. Pero se complica mucho más porque, además, esa oligarquía tiene el control de la deuda, cuando son ellos quienes deciden si te prestan diez para sacar una. O si, como está empezando a suceder, te prestan veinte para que ganes una: el encarecimiento de la producción lleva a abaratar la otra componenda energética (capacidad de realizar trabajo), las personas empleadas, ya sea disminuyendo sus salarios, ya sea echándolas. Evidentemente, esto no se materializa de un día para otro, pero vamos viviendo la tendencia (empleos más precarios y aumento de la pobreza).

No es la primera crisis de la Historia, es cierto. Pero, aparte de que eso no es garantía de nada (más que simple experiencia), es incontrovertible que los recursos (de este planeta finito) son finitos. Es igualmente constatable el control en pocas manos de los recursos energéticos y que siempre ha sido así. Pero ¿verdad que no es menos cierto que hasta ahora en algunos países aún podemos decidir quiénes gobiernan? Al menos para una mayoría. Aunque cuesta encontrar aspirantes a gobernantes que se atrevan a predicar un modelo económico real a largo plazo: no vinculado un eterno crecimiento económico (que es inviable en un mundo finito), sino sostenible, a demanda real. Y que, desgraciadamente, habría de pasar por una primera fase de decrecimiento.

O tal vez no sea cierto que podamos decidir quiénes gobiernan. En ese caso, podemos tomarnos a guasa lo que queramos, pero solo nos queda rezar y seguir trabajando. Como siempre nos han dicho.

 

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1 Comentario

  1. “Encontrar aspirantes a gobernantes que se atrevan a predicar un modelo económico real a largo plazo: no vinculado un eterno crecimiento económico , sino sostenible”.
    Es lo ideal, pero soy pesimista: salvo que haya un cataclismo a nivel mundial y todo lo pongamos patas arriba -cayendo la mayoría de nosotros como moscas-, para llegar después a un nuevo modelo de desarrollo, los cambios radicales a nivel local quedarán abortados porque los que se benefician del modelo actual, esa minoría que citas, se opondrán con su poder (económico,mediático y político) para quitar de en medio a los que estorban.
    Llegará un día en que el panorama actual será insostenible y todo saltará por los aires. Lo más parecido al apocalipsis. No el fin del mundo, pero casi.
    Un saludo.

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