Desde que en 2011 se estrenara en el mundo de la literatura con la novela El verano de los juguetes muertos, el éxito de crítica y lectores fue inmediato, y publicada en más de una veintena de países. Fue el comienzo de una trilogía protagonizada por el inspector Héctor Salgado. A partir de esta serie cambió el rumbo del género policial hacia otro en el que la intriga con tintes góticos cobraba protagonismo. No contento con ello, y en una nueva pirueta camaleónica, este barcelonés licenciado en Psicología y experto en traducción literaria se adentra en la problemática del acoso escolar con una historia ambientada en plena Transición democrática en el mítico cinturón rojo de la capital catalana. Silencios, secretos, culpa, lealtades y expiación para un ‘thriller psicológico’ diferente y absorbente hasta el tuétano.

 

Remite la acción de su nueva novela a la Transición democrática en un barrio periférico de Cornellá. Esta ambientación en sí ya aventura que cualquier cosa es posible en su nueva propuesta literaria, ¿no cree?

Está claro que la ambientación, la atmósfera de una novela, marca de alguna manera la trama y los personajes. En este caso, ambas pedían un tratamiento realista, con pocos efectismos, más honesto y fiel a la realidad de esa época y de la actual. Es un periodo que muchos recordamos y me sentía en la obligación de aportar mi visión desde una nostalgia lo más objetiva posible.

 

¿Por qué en los márgenes siempre surgen las historias más apasionantes y viscerales?

Seguramente porque sus habitantes viven en condiciones más extremas y eso los hace vulnerables y fuertes a la vez. Vulnerables a la amenaza exterior y fuertes a medida que aprenden a resistir. En el caso de la novela, el barrio y la época marcaban el comportamiento de los personajes, tanto de los adultos como de los niños. Los adultos vivían inmersos en la lucha sindical, en conseguir mejoras en sus condiciones de vida y en el equipamiento de un barrio que nació de la nada; los niños eran testigos de ambas, y eso les dio una conciencia de clase, una cohesión que luego fueron perdiendo… Pero incluso en esa zona, capital del llamado Cinturón Rojo, se establecían pactos, se escogían líderes y se actuaba en privado bajo unos parámetros distintos a los que se defendían en público. La vida siempre es más compleja de lo que parece a simple vista.

“Tendemos a banalizar el hecho para no tener que admitir que esos acosadores se comportan como pequeños psicópatas”

 

¿Hasta qué grado su formación como psicólogo le ayuda a armar la estructura de sus tramas literarias?

La verdad es que no estoy seguro. La carrera de Psicología era bastante teórica, al menos cuando la estudié yo, así que resulta difícil sacar de ella algo concreto que te sirva en una trama literaria. Lo que sí creo que me ayudó es mi curiosidad natural hacia la gente, hacia las conductas y los motivos, que fue lo que me llevó a estudiar la carrera en primer lugar.

 

Un crimen atroz tiene un efecto determinante en la amistad futura de dos amigos del colegio que se reencuentran muchos años después. ¿Por qué el pasado lastra nuestro presente para siempre?

Supongo que no lo lastra definitivamente, pero es obvio que lo marca. En la novela se ve claro que los dos chavales que cometieron el mismo acto han visto sus vidas alteradas en direcciones opuestas: es posible que uno de ellos disfrute ahora de una vida mejor de la que hubiera tenido si hubiera seguido en el barrio; el otro, desde luego, no ha podido librarse de las consecuencias de ese error. En cualquier caso, sus vidas son distintas de cómo hubieran sido, para bien o para mal. Y luego, dejando a un lado las consecuencias materiales, están las psicológicas: la vergüenza, el temor a que se descubra el pasado, los remordimientos o la falta de ellos… Un hecho como el que sucede en las vidas de Juanpe y Víctor altera sus futuros, y los de sus familias, para siempre.

“La vida siempre es más compleja de lo que parece a simple vista”

 

Aborda la problemática del bullying en su novela y una pregunta sobrevuela entre los lectores de Tigres de cristal. ¿Por qué no hemos tomado conciencia de este dañino mal que ha afectado a incontables infancias precisamente hasta estos momentos actuales?

Es curioso que algo tan cruel y tan injusto haya sido tachado durante décadas de “cosas de críos”, sin darle la debida importancia. Creo que nos cuesta enfrentarnos al tabú de que existen niños o niñas que disfrutan humillando a otros y tendemos a banalizar el hecho para no tener que admitir que esos acosadores se comportan como pequeños psicópatas, carentes de empatía. Y luego está la gran mayoría, los que miran y no tienen el valor de ponerle freno, aunque no les guste lo que ven. Es curioso que las nuevas generaciones, educadas en valores más tolerantes y desde luego con mucha menos violencia, sigan reproduciendo unos patrones que uno pensaría erradicados. Lo que también es curioso es que, ahora que docentes y familias están más pendientes de estos hechos, el bullying se pasa a las redes, se reinventa para seguir haciendo daño sin el enfrentamiento cara a cara.

 

Aquellos adolescentes de la Transición se sentían como Sandokán, el héroe prácticamente invencible creado por Salgari. Ahí comenzó la tragedia. ¿Eran víctimas de la cultura pop? ¿por qué?

Yo no los llamaría exactamente víctimas de la cultura pop, pero desde luego fueron los primeros en recibir patrones de conducta a través de un medio como la televisión, que creaba héroes y villanos. De todos modos, yo nunca he sido partidario de echar culpas fuera: los chavales hacen lo que hacen motivados por un deseo de justicia/venganza, y seguramente habrían hecho lo mismo sin Sandokán en las pantallas.

 

El fatídico crimen que determina su Tigres de cristal se produce sólo unos días después de aprobada en referéndum la Carta Magna española. Pasados 40 años desde entonces, ¿ha llegado la hora de pasar página definitivamente o de afrontar los fallos del pasado para que no vuelvan a repetirse?

Es difícil siempre juzgar el pasado con objetividad porque uno debería situarse en él para poder emitir una opinión válida y honesta. Sin embargo, entrando de lleno en la novela, está claro que a raíz del crimen de esos críos se establece un pacto que no fue del todo justo. Ahora, casi cuarenta años después, los afectados se ven capaces de afrontar ese pacto, de analizarlo y, al menos, sacar a la luz la verdad. Aunque ya sea tarde para enmendar los errores, a algún personaje le queda la satisfacción de enfrentarse a la verdad. En una escala sociológica o política, creo que no sucedería nada malo si, sin denostar lo que fue la Transición, se abordaran aquellos flecos que quedaron pendientes con la misma madurez democrática.

 

¿Por qué la sociedad española actual, en clara regresión en cuanto a derechos ciudadanos, está más concienciada que nunca respecto al impulso de movimientos como el feminismo o la lucha contra el bullying, por ejemplo?

El avance social es imparable, creo que siempre lo ha sido, y dado que el tema de la lucha de clases se ha disipado bastante, aparecen otras luchas más transversales. Es maravilloso que las mujeres hayan conseguido que nos paremos a mirarnos una sociedad que muchos creíamos ya casi perfecta en ese sentido, que nos planteemos que cosas que hemos visto siempre (como esas azafatas decorativas que sólo sirven para entregar un trofeo) mandan un mensaje muy equivocado al mundo. En el tema del bullying se están haciendo grandes esfuerzos, aunque sinceramente no tengo claro que se avance todo lo que se debería, principalmente porque eso implicaría admitir que algunos niños o niñas disfrutan haciendo daño, lo cual se contradice de manera flagrante con esa bondad infantil idealizada por muchos ahora mismo.

 

Tigres de cristal
Toni Hill
Grijalbo
480 páginas
19,90€

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1 Comentario

  1. El tabú no es que nos cueste admitir que hay niños y niñas malvados, el tabú es que para solucionar el problema que crean hay que tratarlos como malvados, independientemente de su edad, y hay que utilizar procedimientos que de verdad les produzcan miedo y dolor (ni más ni menos que el miedo y el dolor que ellos infringen a otros niños) hasta el punto que ese miedo y ese dolor superen el placer que obtienen haciendo daño, evitando la impunidad que ahora les da el actual “sistema de valores y legal”.

    De no actuar con ellos así, serán también malvados de mayores, cuando no tenga remedio y ya hayan cruzado la barrera del crimen.

    El tabú es ante la necesidad de actuar con violencia contra ellos, hasta domarlos si es posible, o hasta baldarlos para que no puedan materialmente moverse. El tabú es preparar a los otros niños para que se defiendan sin miedo a hacer daño, no enseñarles que ellos mismos deben castigar a sus enemigos sin la más mínima piedad.

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