Una maestra en Katmandú, treinta años después (Huso, 2018) es el relato de un proceso de reconocimiento al otro en el que desprenderse, salirse de sí, es una constante. La autora, Victoria Subirana, maestra catalana que en 1988 partió a Nepal movida por la solidaridad hacia los niños, trae de nuevo esta obra junto al documental Kathmandu. La Caja Oscura, para contar y denunciar las irregularidades de un sistema plagado por la corrupción.

Callar; la elección de Victoria Subirana hace treinta años cuando decidió cumplir con lo que ella misma define como su “misión de vida”: transformar, a través de la educación, la realidad de uno de los países más pobres del mundo. Callar; el verbo que no significó omitir, quedarse sin decir nada, sino de mantener una actitud un tanto sumisa, prudente, recatada, mordiéndose la lengua de forma oportuna para poder lograr lo que se había propuesto: traspasar los tejemanejes de la burocracia, construir colegios gratuitos y, por tanto, educar a más de mil niños nepalíes a través de una Pedagogía Transformadora.

“Aquella fue mi primera gran lección. Si yo hubiese impuesto el ideal de feminismo que traía de Europa, seguramente no habría logrado construir ninguna escuela, porque esa idea de feminismo allí significaba desvergüenza, mala educación y que me hubieran vetado en todos los sentidos. Entonces, aprendí que mi objetivo era abrir la escuela, no ser entendida como feminista, ni como mujer, porque mi causa era mucho mayor; y a saber analizar cuándo hablar para conseguir lo más importante. En principio era muy deslenguada, pero me di cuenta de que si continuaba así tendría que volver”.

Volver, no. En aquel tiempo regresar a España, su país, representaba el fracaso de un proyecto que la estrujó con fuerza. Luego de un viaje a Nepal había quedado conmovida ante la imagen de los niños que mendigaban por las calles, sin ninguna asistencia, “que eran peor que las ratas y los perros hurgando en la basura”, así que emprendió una batalla para cambiarla. Para muchos, la idea de quedarse en este lugar era muestra de locura excesiva. “Para los cobardes quizás sea locura, aunque no creo que yo tenga nada de loca, al contrario, es algo que empezó con un pensamiento vago, se convirtió en un sentimiento fuerte que me atreví a verbalizar hasta que acepté que formaba parte de mis convicciones”.

La docente decidió transformar, a través de la educación, la realidad de uno de los países más pobres del mundo

A partir de allí vivió una experiencia que le abrió múltiples heridas: “Yo era tan inocente, no había conocido el mal personificado, ni la miseria, ni la maldad, ni el deterioro más absoluto de la persona por vejación, por violación de derechos”; y la transformó en un ser más fuerte pero también más vulnerable, aunque suene a contradicción. Este proceso lo narró por primera vez en el libro Una maestra en Katmandú y vuelve a publicarlo la editorial Huso con nuevos aportes. “Más que una novela es un testimonio con pruebas”, asegura. En este libro no solo contará la odisea que significó sumergirse en el universo de la Cooperación Internacional en una época en la que nadie hablaba del tema y todos creían que estaba loca por llevar a cabo aquella tarea. Una maestra en Katmandú, treinta años después nace del interés en defender los derechos de los niños —ahora adultos— que iniciaron junto a ella este camino en 1988 y denuncian que “el dinero que envían desde otros países no llega”.

Callar, en efecto, no es de nuevo su intención. Esta mañana, con la Plaza de Oriente de testigo, la autora inicia la conversación con furia desatada, dejando claro que no piensa reprimirse. Callar, no más; y es en esta obra donde rompe el silencio retomando un caso que ocurrió en 2009, cuando torturaron y despojaron a los niños de las escuelas, quitándole también a ella la potestad de ejercer su labor. Ahora el proyecto es dirigido por personas que la sacaron porque denunció las irregularidades en la administración de los recursos y la corrupción tejida alrededor de las ONGs, una situación en la que ninguno de los gobiernos involucrados, ni España, ni Nepal, se implican en solucionar.

 

La maestra no solo quiere hablar de Nepal

Hablar, no solo de Nepal sino de un fenómeno que se repite en aquellos países que reciben colaboración de personas voluntarias. Hablar, partiendo de la conciencia de diseminar por el mundo que la labor de las ONGs se ha limitado únicamente a “poner parches” y no a profundizar en los verdaderos problemas que azotan estos lugares. “Cuando me encuentro con directores de ONGs, entre ellas las más grandes, siempre les digo: ‘¿Por qué abrís estas escuelas —que son chamizos— en Nepal, India, Nicaragua, El Congo, si en España o en Reino Unido ni siquiera se pondrían allí a los cerdos?’.”.

Victoria Subirana, con el verbo revuelto, reclama que lo que los niños aprenden en estas escuelas solamente les sirve para que algunos limpien su conciencia por enseñarles a leer y a escribir. “¿Por qué montamos proyectos sucedáneos en países del tercer mundo? En esos países, llamados empobrecidos, no conocen otro modelo porque no los han dejado, porque aprenden a repetir lo que quieren sus superiores y a seguir un modelo de opresión. Estamos en desigualdad de condiciones: los que tienen el poder, los medios, los recursos, pueden manipular y tergiversar. ¿Por qué esto no se denuncia? —insiste—. Ése es un punto de negocio, los beneficios son siempre para los países ricos y sus intereses”.

Aunque reconoce que, si bien hace treinta años la Cooperación Internacional era vista con extrañeza y en este siglo hay una conciencia más elevada, una actitud más compasiva hacia las comunidades que sufren, asegura que algunos lo hacen solo por moda. “Entonces, ves a jóvenes que se ofrecen como voluntarios a India o Nicaragua porque queda bien en el curriculum”. Cuando se va a trabajar al “tercer mundo” no se va por capricho, uno tiene que prepararse más que si va a pedir un trabajo en Inglaterra o Japón, porque las condiciones son duras y se produce un choque cultural inevitable. También, saber que no le estamos haciendo ningún favor a esta gente, sino que queremos ayudarles a que sean capaces de empoderarse.

Cuestiona, tajante: “¿Acaso sirve que un zapatero mande cosas a África después de cerrar su tienda? ¿O que un oftalmólogo envíe las gafas que le quedaron luego de liquidar su negocio? Ellos no merecen la sobras, merecen que los empoderemos, que elijan qué recursos emplear, la identidad que quieren asumir, porque si no estaremos creando una dependencia económica, diciéndoles que son tontos y que sin nosotros no pueden continuar. Romper con estos esquemas —afirma— no es algo que sucede de un día para otro, pero es una evolución que se les tiene que permitir”.

Por esta razón, volver la mirada a este país treinta años más tarde es experimentar la sensación de pasearse por orillas separadas. Por un lado, es capaz de hacer una radiografía completa de la corrupción que lacera a sus habitantes. Por otro, siente esperanza cada vez que ve que los jóvenes que participaron en este proyecto pudieron construir su futuro. “No vamos a callar más, nos merecemos que estas ayudas lleguen íntegras”, fue lo que dijeron los niños que ella educó, los mismos que antes solo sabían callar, doblegarse y ser sumisos. Al detectar las injusticias recolectaron pruebas y alzaron la voz. “Eso significa que ha habido un cambio de pensamiento y allí es donde empiezan las grandes evoluciones, que muchas veces van unidas a las revoluciones. A diferencia de sus padres, y sus abuelos, los niños de esta generación tiene un pensamiento crítico formado”.

Una maestra en Katmandú, treinta años después, corresponde a la continuación (o a una nueva forma) de las luchas de Victoria Subirana. No había tenido oportunidad, debido a las adversidades que atravesó durante estos años, de reunir este material que abre nuevas posibilidades de alcanzar a otras personas. El empeño, esta vez, no solo es educar a los nepalíes, sino al mundo para que se informe acerca de los mecanismos que rigen el mundo de las ONGs e impida que el poder siga manipulando; para que los intereses que se persigan sean los de las personas a las que se destinan las ayudas y no de los ricos.

“Esto no es una cosa única para los pobres sino para el siglo XXI que tiene que renacer en la educación. Digamos que ahora empieza un nuevo camino para que no tengamos miedo a decir las cosas como son porque tenemos pruebas. Esto no pasa solamente en Nepal. No nos confundamos, no es una cosa personal. Hay tantas causas que se asemejan y están silenciadas, porque es una manera de operar en cuanto a la Cooperación Internacional que se aplica en muchos países y eso no se puede permitir. No nos podemos callar aunque quienes iniciamos procesos de divulgación de las injusticias siempre terminamos de la misma manera: intentan callarnos las bocas”.

Una maestra en Katmandú. Treinta años después
Victoria Subirana
Huso
400 páginas
20 €

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