Tarde cálida en la dehesa. Los cerdos están tumbados a la sobra de enormes encinas que les protegen del sol. Junto al cortijo, un enorme jardín en el que crecen adelfas. El día empieza a calentar y la colonia de pulgones absorbe plácidamente la sabia de las hojas de una jugosa mata de baladre.

Las hormigas, que hasta ahora comían restregando sus antenas sobre los pulgones, comienzan a llevárselos a otra zona de la planta. Parece que ya no les gusta lo que sacan de los áfidos o les parece insuficiente.

Un grupo de pulgones se ha revelado. Están hartos de trabajar de sol a sol, agujereando y absorbiendo para contentar a esos seres insidiosos que viven de explotarlos. De momento son solo unos pocos, y las hormigas les han abandonado en las hojas secas y se han llevado al resto a una nueva zona de las azaleas en las que la sabia fluye con más intensidad.

 

Han pasado algunas horas y los pulgones se han dado cuenta de que los que se quedaron en la zona seca, sobreviven bien. La lógica ancestral les dice que no es posible alimentarse un una zona en la que la sabia ya no fluye con la fuerza que lo hace en los retoños y tallos nuevos. Sin embargo, tienen buen color y se les ve lustrosos y resplandecientes. Uno de los pulgones jóvenes se ha preguntado si no será porque aquellos no tienen que darles la mayor parte de lo que cosechan a sus explotadoras que les pastorean. El pulgón jefe, un orondo cabezón al que los himenópteros han excluido del trabajo, junto a su cohorte de princesas pulgonas, y su séquito de sirvientas que le llevan la melaza a lo alto de la mata dónde se dedica a procrear y a observar como sus compañeros trabajan y son explotados, enseguida a mandado acallar al joven pulgón. Un par de hormigas le han escoltado hacia la parte seca de la mata dónde viven los rebeldes.

El malestar es creciente, sobre todo entre los pulgones jóvenes que ven como cada vez quedan menos hojas jugosas y la sequedad de las plantas se expande a lo largo y ancho del jardín. Las hormigas por su parte, siguen ordeñándolos como si nada ocurriera y el jardín fuera eterno. Parece mentira, pero, cuanto más plantas se tornan marrones, más hormigas acuden a ordeñar pulgones.

El pulgón jefe, su cohorte de pulgonas, sus sirvientas y toda la tribu a la que las hormigas permiten comer la melaza sin tener que horadar las plantas, comienzan a alertar al resto de los pulgones sobre el caos que se produciría si las hormigas, en lugar de llevarlas a las zonas más frescas y tiernas para que con un pequeño esfuerzo las entregaran la mayor parte de su recolección, decidieran que era mejor comerse a los pulgones.

El miedo y la ignorancia han hecho el resto. Los pulgones no saben que las hormigas tampoco sobrevivirán si decidieran matarlos porque, ellas no pueden barrenar las plantas ni obtener la melaza sin su ayuda. Sin embargo, no desmienten los rumores. Es más, ayudan a difundirlos.

Aterrados por la posibilidad de una muerte segura, han seguido chupando sabia, cada vez con más fuerza y más trabajo porque esta va decreciendo conforme aumenta la sequía del jardín. Como la cantidad de sabia es menor, las hormigas, que se llevan lo mismo que si el jardín estuviera fresco, pero en mayor cantidad porque cada vez hay más hormigas reclamando su parte de la ligamaza, los áfidos están cada vez más flacos. Cada vez mueren más presas de la falta de alimento. Eso ha provocado que los supervivientes, azuzados por sus pastores, se enfrenten con los rebeldes que siguen viviendo, con penuria, pero sin el sufrimiento de tener que dar la mayor parte del fruto de su trabajo a otro, en la parte seca del jardín.

La guerra ha acabado con la mayoría de los pulgones. Las hormigas, que tenían sus reservas a buen recaudo, sin embargo, no sufrieron apenas bajas. Las lluvias del mes de junio, han hecho que las plantas rebroten de nuevo. La normalidad ha vuelto al jardín de la dehesa. Las hormigas, siguen pastoreando pulgones. Un nuevo jefe pulgón, se sigue encargando de la procreación con su cohorte de pulgonas y sus sirvientes que, de nuevo les llevan a lo alto de la mata, la melaza que los demás pulgones cosechan.

El pulgón que fue expulsado por hacerse preguntas inconvenientes, se plantea si no hubiera sido mejor, en lugar de luchar contra sus hermanos, haberlo hecho contra las hormigas.


 

 

No “blanquees” el Fascismo

 

Hace unos días, el partido del fascista Santiago Abascal, un tipo que ha vivido toda su vida de la política, de las subvenciones del dinero público, como cuentan aquí en el diario Publico, y que, cuando le cerraron el grifo, se fue del Partido Popular y montó otra formación para que, alimentando la falsedad de que los migrantes son los que nos quitan el trabajo y se llevan las subvenciones, él pueda seguir sin saber lo que es ganarse el pan con el sudor y el esfuerzo de un trabajo, llenó la plaza de toros de Vistalegre con dos tipos de personas: los ignorantes y los indigentes culturales que ocupaban las gradas (separados por un foso) y los que, sentados plácidamente en el coso, pretenden, como Abascal, vivir de lo público aupados por la ignorancia de los otros.

El fascismo es una lacra que vive de la confrontación, la cual alimenta con vigor porque de la sensación de caos sacan su rédito electoral. Ya en 1933, el partido Nazi incendió el parlamento alemán para crear conciencia de caos en el pueblo y acusar a los comunistas de ser los causantes del terror y de todos los males de una crisis económica que venía del propio sistema capitalista y de los excesos especulativos de los años 20. En plena república, falangistas armados con pistolas sembraban el terror en Madrid, asesinando impunemente, creando un caos del que surgió una confrontación que acabó calando en la población de fuera de la capital que era manipulada con información sesgada y falsa, convirtiendo en desencanto primero, el júbilo de la proclamación de la república, para acabar echando la culpa a esa república de toda la situación de confrontación que los fascistas creaban y alimentaban con saña.

En la Alemania de los treinta, parte del pueblo sentía una daga clavada en el alma, desde la finalización de la primera guerra mundial. Ese sentimiento fue aprovechado por Hitler para ganar adeptos con el sentimiento de patria, honor y recuperación de la grandeza del imperio austro-húngaro. La pobreza, la miseria y el hambre hicieron el resto.

En la España actual, hay quiénes añoran las mentiras del franquismo que convertían a España en una gran nación. (La realidad decía que España pintaba menos en los foros internacionales que un mono en un espectáculo de focas). Muchos añoran aquello de que con Franco no había paro, ni hambre. Una de las numerosas mentiras surgidas del posfranquismo. La explotación laboral y la miseria salarial duró hasta bien entrada la década de los ochenta. Los que recuerdan aquella época con nostalgia, olvidan la cantidad de padres que trabajaban de sol a sol, que no veían a sus hijos en días y que no descansaban salvo para dormir. Ahora el órdago catalán surgido de una confrontación innecesaria llevada a cabo por el Partido Popular, que acabó en tragedia el 1 de octubre del año pasado, ha removido las conciencias de aquellos que añoran un imperio que dejó de existir a finales del siglo XIX, los que añoran aquello de una, grande y libre que en realidad se sostenía a base de tortura y violencia.

Combatir el fascismo se hace pues, sumamente necesario. Muchos dirán que ellos nada pueden hacer. Y no es verdad. Todos debemos de poner de nuestra parte. Porque si personas inteligentes, amantes de la justicia social, son capaces de creer y difundir la mentira de que los extranjeros copan todas las subvenciones y que tienen privilegios por el hecho de serlo, ¿que no van a creer aquellos discapacitados culturales que reenvían whatsapps con las virtudes del nacionalismo? En España, las ayudas que ofrecen los servicios sociales son de acceso para toda la población. Los migrantes no tienen más derecho que los nativos por el hecho de ser migrantes. Dejar claro eso cada vez que nos manden un WhatsApp, un twit o que nuestro vecino nos comente esa cantinela, es luchar contra el fascismo.

España es uno de los países dónde el índice de criminalidad es más bajo. No es verdad que los migrantes estén matándose entre ellos, ni mucho menos a la población nativa. Las peleas son y siempre han sido un problema que nada tiene que ver con la nacionalidad, el color o la raza, si no con el comportamiento, la enseñanza y sobre todo, con el modo de vida. La miseria crea rateros. Aunque estos no sean los que más se llevan. Los mayores delincuentes siempre están entre los que visten corbata y traje. El consumo de drogas, por cierto, como la cocaína, del que España se encuentra en los primeros lugares, no es consecuencia del trapicheo de los migrantes, sino de las mafias, dirigidas en su mayor parte por narcotraficantes de nacionalidad española, nacidos y criados en España y con todos sus ancestros de nuestro país. Desmentir este tipo de cosas también es luchar contra el fascismo.

Los terroristas no son excarcelados por ningún pacto secreto sino porque cumplen lo establecido por la ley. Una ley, por cierto, aplicada de forma mucho más restrictiva para los actos de terrorismo definido como crimen sangriento, que para aquellos que provocando delitos de lesa humanidad como la tortura, los asesinatos en plena dictadura o el robo de niños, acaban siendo protegidos por el no reconocimiento de esos delitos como de lesa humanidad para sobreseerlos por prescripción. Igualmente, el acercamiento de presos a sus orígenes no es cuestión de ningún pacto para mantenerse en el gobierno, sino de aplicar la ley que debiera ser igualitaria para todos.

Los manteros no ocupan todas las calles de Madrid o de Barcelona provocando el caos circulatorio de las personas. El centro de Madrid es un caos en si mismo, sin necesidad de que vendedores ambulantes, músicos callejeros o magos lo colapsen. No son los manteros los que provocan un agujero a las arcas del estado sino aquellas multinacionales a las que hacienda apenas graba con el 6% sus ganancias multimillonarias, mientras un trabajador que cobre 25.000 euros al año paga más del 15%. Son más bien los que presumen de nacionalistas con sus evasiones de dinero a Suiza o paraísos fiscales los que provocan el colapso del presupuesto del estado. Luchar contra este mantra también es luchar contra el fascismo.

No es verdad que las autonomías dupliquen el gasto. La mayor parte de los funcionarios fueron traspasados del estado central al autonómico. En las provincias, ya no quedan estamentos del gobierno central, salvo la policía y los servicios de interior como las delegaciones del gobierno. Los mayores enchufes, el uso más escandaloso del nepotismo sucede en ayuntamientos y diputaciones, con mucha mayor incidencia en aquellos dirigidos por los salvapatrias franquistas. Dejar eso claro cada vez que oímos un comentario sobre la mentira de la duplicidad del gasto autonómico es también luchar contra el franquismo.

No es verdad que todos los partidos sean iguales. No es verdad que todos mientan. Justamente los salvapatrias, los que se declaran como nacionalistas son los que no dicen ni una sola verdad. Ellos no quieren salvar a la población de su pobreza, porque son los mayores defensores del puterismo liberal, del nepotismo, de los tráficos de influencia y de los cohechos. Pensad que mientras el estado actual les protege y acepta su discurso contrario al sistema, ellos, de llegar al poder, acabarían encarcelando y asesinando a todo aquel que se opusiera a sus planes. Ya lo hizo Franco en los cuarenta y lo seguirán haciendo si tienen oportunidad.

Aquí Pedro Vallín, periodista de La Vanguardia, explica en un hilo de twitter como los falsimedios blanquean el fascismo todos los días.

Por último, debo recordar que un fascista es un ser tremendamente insolidario, egoísta, asocial y violento. Quiénes se creen con más derechos que otro ser humano por haber nacido accidentalmente dentro de un territorio marcado por el hombre, que hoy pertenece a un país y hace cien años a otro y hace tres mil ni siquiera estaba marcado, es un ser despreciable. Si además profesa la religión católica, está atentando contra su dios.

Ningún país, ninguna nacionalidad te va a solucionar la vida si tu no trabajas para ello. Si todos pensasen como los fascistas, todos nuestros chavales que se han abierto futuro en Alemania como ingenieros, en el Reino Unido como médicas o enfermeros, en Panamá o Perú como arquitectos o todos aquellos que en los años sesenta del pasado siglo emigraron a Francia o Alemania, ayudando con sus divisas al régimen franquista, no solo no podrían haberlo hecho, sino que ahora serían devueltos a sus pueblos y aldeas de las que salieron, dejando atrás a sus hijos, nietos, esposas y esposos.

Los fascistas son vividores de lo público. Solo han traído guerra, muerte, violencia, daño, tortura, pobreza y miseria a lo largo de la historia. Si hoy te parecen geniales porque estás de acuerdo con sus mensajes, piensa que llegará el día en el que quizá tu tipo de vida, tus mensajes o tus hijos, les parezcan un peligro para su régimen. Entonces no dudarán en pegarte, apalearte, detenerte o matarte.

No quieras para los demás lo que no desearías para ti.

Salud, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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