Poco después de que un lobo solitario controlado por Daesh llamado Mohamed Lahouaiej Bouhlel sembrara el terror en Niza, las Fuerzas Armadas de Turquía intentaban dar un golpe de Estado contra un gobierno democrático cada vez más inclinado a las tesis islamistas. Intentaban, en definitiva, interrumpir el proceso de islamización del país consentido y auspiciado por las urnas y por el presidente democráticamente elegido, Tayyip Erdogan, pésimo continuador del fundador de la república laica de Turquía,  Mustafa Kemal Atatürk.

Entre la masacre de Niza y el intento golpista de Turquía, los principales lideres políticos occidentales, también los nuestros, salían a la palestra en su inmensa mayoría para entonar la consabida letanía a favor de los derechos humanos conculcados de forma bárbara por el conductor del macabro camión que llenó de muerte y pánico el turístico paseo de los Ingleses de la soleada y jovial ciudad de la Costa Azul francesa.

Frecuentes apelaciones a nuestros valores europeos, a la profundización en la diplomacia y la cooperación…el cántico fúnebre se está convirtiendo en una costumbre, pero lamentablemente la solución no solamente va por ese camino, y la ciudadanía necesita conocer la verdad, que no se le mienta. Sabemos en España, por  experiencia, que con la capacidad mortífera de ETA se terminó con contundencia policial y trabajo de inteligencia. No solamente con manos blancas.  Ahora la amenaza es mayor e intuimos por donde se podría atajar, o al menos intentarlo.

Decir, como dijo entre otros el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que venceremos al terrorismo más horripilante que se ha conocido profundizando en la democracia es simplemente un brindis al sol de lo demagógico y de lo insustancial, y aún peor: en determinado países, como Turquía, aquejados ya por una fuerte presencia islamista en las urnas, es algo así como recomendar una buena dosis diaria de guindillas picantes a un enfermo que padece insoportables ardores de estómago.

Seamos claros y sinceros, llevar nuestra democracia a países donde el islamismo radical corroe sus entrañas no soluciona nada, más bien lo agrava, porque nuestra democracia allí resulta ser la válvula de oxigenación ideal para movimientos que destruyen los derechos humanos sin miramientos y con una crueldad escalofriante. Las celebradas primaveras se convierten entonces en inviernos crudos e interminables.

Seamos claros y sinceros, terminar con la Bestia requiere sí, cooperación para el desarrollo de esos países, pero también asfixiar los paraísos fiscales donde se nutren los terroristas, señalar a quienes les compran petróleo a buen precio, un esfuerzo militar y de inteligencia considerable que Europa está muy lejos de poder asumir, además de una revisión profunda de ciertos enclaves en forma de mezquita donde se propagan las doctrinas más aberrantes dentro de nuestro espacio amprándose en nuestra libertad de expresión. Todo eso es necesario si queremos seguir viviendo en nuestra alegría europea (a pesar de todo), y nuestra democracia.

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