Ocho mil municipios, frente a diecisiete comunidades y un estado. Esta es la realidad político administrativa de España. Partidos que se centran en la ocupación del poder en las dos esferas más altas de la administración, usando el municipalismo como plataforma en la que sentar los pies, pues es en esos 8000 municipios, donde realmente está la mayor base de financiación real de los partidos y su más extensa red de ocupación de afiliados y militancia.

Los presupuestos de todos los municipios juntos son el cuerpo de financiación más grande de la administración. El número de puestos de confianza y políticos supera en varias veces a los que puede ofrecer las administraciones estatales y autonómicas. Sumando las diputaciones, consorcios, mancomunidades, empresas públicas, consejos rectores, etc que forman parte de la administración local, vemos que el poder de la ciudadanía está más cerca de ésta que lejos. No es un descubrimiento nuevo, es una constatación de la realidad de siempre.

Muchas personas transmiten parte de su decepción con la política, bajo la sensación de no participar en la misma de forma directa si no se entra dentro de un partido, y por tanto bajo el sometimiento a sus reglas y juegos internos, decididos por cúpulas de varios niveles, que depuran, advierten, dirigen o llegan a manipular- como en el caso que ahora está más en boga de la Gestora del PSOE- los procesos democráticos internos para poder ser elegible. La desconexión de los partidos con la ciudadanía, es siempre otra de las quejas, una democracia regida por estructuras que adolecen de falta de democracia real y garantizada y que no escuchan realmente a los ciudadanos, más allá de burdas imitaciones de procesos participativos, que siempre son internos y muy pocas veces externos. Y cuando lo son, los invitados son afines a sus ideas, como una especie de “pilarización belga” encubierta vía sindicatos afines, asociaciones afines, empresas y medios afines, consultoras afines y afiliados o simpatizantes. Es complicado ver un partido abierto a todas las posturas que existan en la sociedad, por eso son elementos excluyentes más que incluyentes. No es más que una constatación actual de la ley de hierro de R. Michels. Una minoría decide por una mayoría, tanto internamente como externamente. Aunque este sea el principio republicano de la representación en las democracias liberales, la queja común es que el candidato a representante no se escoge libremente, no se relaciona fuera de su partido o no proviene normalmente de fuera, ergo no puede conocer objetiva y correctamente la problemática real que le rodea al tener el filtro del partido en sus sentidos. Añadamos además el asunto del corporativismo dentro del partido, por el que cualquier idea extraña o diferente a lo que las cúpulas decidan, suena a amenaza, entrando el mismo en una espiral en la que los representantes, que se ofrezcan a la ciudadanía, son más obedientes con el partido, más sumisos con las decisiones que se tomen y con menos capacidad de decisión interna o de dar compromisos reales a los ciudadanos. Los líderes del partido por tanto están cada vez más desconectados de la realidad social. Esto fue una de las famosas ideas del movimiento 15 M, en el que bajo el grito de “no nos representan”, era lo que querían dar a entender. En ese momento, los partidos parecía que cogieron el testigo, pero años después es patente que todos han fracasado y la situación es incluso peor.

La experiencia de los Ganemos, los Participa, etc, en las últimas municipales, fueron un falso despertar con el 15 M emulando algo que ya se venía gestando más representativamente en las anteriores municipales de 2003 y 2007: las candidaturas no partidistas, los partidos independientes municipalistas, las agrupaciones de electores. Pero la ocupación de estas mismas estructuras que se presentaron por afiliados y militantes de varios partidos, entre ellos PODEMOS e IU los más activos, fue el fracaso de lo que de verdad debe ser una práctica aconsejable para garantizar la voluntad de la ciudadanía al margen de las estructuras de partido. Entendían la música pero la letra no rimaba, tal como pude ver personalmente en algunas confluencias. Se usaba la cercanía de la política a la ciudadanía en lo municipal, para ocupar esos mismos espacios con sus afiliados de partido encubiertos. En palabras de Mario Benedetti era el nacimiento de un niño muerto.

Si se presentaran auténticos partidos municipalistas y agrupaciones de electores, independientes de las estructuras partidistas y sus afiliado, el poder local, el poder más grande en política, quedaría en manos de sus ciudadanos, quedando los partidos de representación mayor en capas superiores de la administración, como “voladizos sin cimientos”, paraguas de muchas voluntades diferentes no internas. Tendrían que hacer política de abajo arriba, pero por fuera, no por dentro. Sus candidatos a parlamentarios regionales, diputados nacionales y senadores estarían más obligados a escuchar a los ciudadanos, a esas nuevas estructuras independientes municipalistas y locales, que a sus propios partidos y sus direcciones. Las elecciones a autonomías o generales se verían plagadas de candidaturas independientes de fuera de los grandes partidos, pero muchas seguramente, desde su independencia, serían invitadas a incluirse en sus listas, que tendrían su base en una red de partidos locales, independientes de las grandes estructuras. Estaríamos ante una auténtica revolución política, en la que las demandas de los ciudadanos serían escuchadas por una razón: porque el poder local en que se basa los pies de los partidos sería de los ciudadanos agrupados en estructuras independientes de los partidos.

Lo que mueve a los grandes partidos “cartelizados” es la ocupación y gestión del poder. Bien es cierto que descentralizar el poder autonómico y estatal, para que sea cercano a los ciudadanos, tiene dos problemas: el coste económico y el coste temporal en la toma de decisiones. La única forma de corregir estos dos problemas y descentralizar dicho poder, es a través del municipalismo independiente, que jugaría con la necesidad de los grandes partidos para tener estructuras municipales afines, que los apoyaran en elecciones autonómicas y generales. Sería la correa de transmisión que los grandes partidos nacionales han perdido. Su necesidad de convencer, ya no se basaría en “abrir la mano” en los municipios que controlen en épocas electorales, tendrían que convencer a estructuras municipales independientes, para que los apoyasen, o aglutinarlas con su independencia. Y en el caso que controlaran municipios con sus apoyos, ceder a sus pretensiones y ser fiscalizados. La intervención y opacidad de las cúpulas de los partidos nacionales sería dificultada a nivel local en sus formaciones, ya que la fiscalización y denuncia de los vicios de los partidos nacionales, sería una de las necesidades máximas para diferenciarse de lo tradicional en estos cuerpos municipales independientes. Su poder sólo se basaría en la cercanía con el ciudadano y ofrecer algo diferente. Posiblemente con el tiempo, los grandes partidos reaprenderían de nuevo lo que han olvidado unos, y otros ni han puesto en práctica más que como reflejo de participación o transparencia.

Las próximas elecciones municipales ya van abocadas a ayuntamientos con al menos 5 partidos como mínimo. La pelea electoral municipalista, así como el descontento con las formaciones de mayor estructura que la municipal, hacen que sea posible que entren en ayuntamientos formaciones independientes, sobre todo porque la personalización es uno de los mayores ingredientes en las lides municipales, e irremediablemente habrá tres consecuencias. La primera es que un partido municipalista que no tenga estructura mayor detrás, tiene las mismas posibilidades que los grandes partidos al estar limpios de responsabilidades de otras políticas mayores y escándalos de partidos. La segunda es que en esa pelea shumpeteriana por el mercado de votos en los municipios, y al tener un rival limpio, los partidos nacionales tendrán que jugar al mismo juego, y bajarse para abrir puertas y adoptar personalidades y carismas que compitieran con lo nuevo. La tercera es que, la fragmentación municipalista, hará que la necesidad por gobernar abra posibilidades a nuevas formas de hacer política, ya que con agrupaciones de electores o partidos municipalistas, la participación sería aún mayor y real por su lógica de funcionamiento.

El problema, los posibles populismos que podrían surgir. Pero la verdad, ¿acaso no estamos viendo populismos ahora mismo en los grandes partidos? Seguramente afloraran agrupaciones de electores raras y extrañas, partidos pequeños con fines muy concretos, pero en la capacidad de movilización y de convencer, es donde estará el éxito. Una fragmentación mayor implicará una mayor necesidad de consensos, por lo que saber que quiere el ciudadano será fundamental. Un mayor pluralismo local no implica un mayor pluralismo regional o nacional. Algunos se asociarán desde diversos municipios como coaliciones, para poder sumar para diputados provinciales, optar a mancomunidades, consorcios. Nos podemos encontrar diputaciones muy fragmentadas si saben cómo asociarse estos partidos, sin inmiscuirse unos en los municipios de los otros. Ya existen partidos que ofrecen esa posibilidad, e incluso la plataforma Participa, lo ofrecía en las anteriores, bajo la que se amparó gran parte de Podemos. No hay excusa para el que se queja.

La ley D´Hont favorece a los grandes partidos. Si eso lo entienden las agrupaciones reales de ciudadanos en las municipales, en vez de ir individualmente harán confluencias, pero sin partidos, sin afiliados de otras formaciones infiltrados, sin directrices externas al municipio. Encontrarán la forma de poder optar a las diputaciones y sus entes, pues el descontento con la política hoy no ha disminuido, sino crecido, según datos del CIS y la EGOPA.

Si alguien quiere participar en política ya no puede decir que no es posible sin estar en un partido. Antes tampoco, pero seguramente ahora, si se presenta independientemente, tenga más oportunidades de optar a ganar.

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