Foto Agustín Millán.

8 de marzo de 2018. Despertamos. Las nubes que dibujaban un día nublado de invierno aceleraron su ritmo ágilmente para abrir paso al sol. Una luz deslumbrante iluminó el camino de las mujeres de este país haciendo historia, sembrando en cada pisada la justicia y la dignidad que durante muchos años se nos habían arrebatado. Salimos a la calle para defender lo que es nuestro, lo que nos pertenece: la igualdad que nos ha robado la cultura machista y patriarcal desde tiempos inmemoriales.

Abuelas, madres, hermanas, hijas y nietas. Fuimos todas con las mochilas cargadas de razones para parar el mundo y demostrar que sin nosotras nada puede seguir igual, que somos la mitad de la población, pero tenemos la mitad de derechos. A clamar que esa injusticia tiene que acabar. Nos vimos sonrientes en las plazas, y mirándonos a los ojos reconocimos en las demás los mismos motivos que nos llevaban a nosotras a la huelga. La sororidad inundó los corazones de todas las mujeres, la alegría nos desbordó. Algo cambió radicalmente en el imaginario colectivo de todas y todos, en la forma de percibir a las mujeres y el contexto que nos rodea.

Ante nuestros ojos apareció la nítida imagen de que nuestra situación, la de todas y cada una de nosotras, no eran ya un caso aislado, sino que eran consecuencia del patriarcado. No. La noche del 8 de marzo nos fuimos a la cama sabiendo que no era tan solo una cuestión de género, que se trataba de una cuestión de odio. Del odio que el paradigma machista en el que se ubican nuestros cerebros va inoculando, en determinadas dosis, todos los días, hacia la figura de la mujer y todo lo que le rodea. Del sistema cultural patriarcal tan cruel como socialmente aceptado, que nos obliga a jugar con unas cartas mucho peores que las del género masculino. Porque sí, porque esa es la idea de justicia de este país. Y, tristemente, también de este mundo.

La rebeldía tomó nombre de mujer ese día. Nos rebelamos contra un orden social establecido que nos oprime y que estamos obligadas a cambiar. Brecha salarial, techo de cristal, el falso debate de la conciliación (que ya ha demostrado ser una estafa y que no quiere dejar paso a la coherencia de la corresponsabilidad), el lenguaje, el sexismo, el acoso, la violencia… Tantas y tantas muertes de mujeres inocentes que han quedado impunes, que el Estado se niega a calificar y a tratar como terrorismo, aunque ya haya matado a bastantes más personas que la ETA. Las mujeres ya estábamos, desde hace muchísimo tiempo, hartas de aguantar. La revolución tiene inexorablemente cara de mujer. La revolución será feminista, o no será.

Y es que mujer tenía que ser para ser consciente de la realidad tan dura que nos es impuesta. Mujer tenía que ser para saber que las reglas solo están para romperlas. Rompámoslas, una a una, todas. Pero, sobre todo, mujer tenía que ser para tener la valentía y el coraje necesarios como para acabar con esta realidad injusta y desigual, a la que no le queda otro camino, más que el de acabar. Somos mujeres, no sabemos lo que es rendirnos. Vivas, libres, unidas por la igualdad: nada puede salir mal.

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Nací en 1988, el año de la primera Gran Huelga General que paralizó España, y eso marca. Me gradué en Ciencias Políticas y de la Administración Pública y cursé un Máster en Comunicación Política mientras transitaba la precariedad laboral, que me resisto a abandonar. Lucho contra ella y contra otras injusticias porque mis padres me educaron en la sensibilidad social. Sindicalista y militante en Izquierda Abierta, vivo enamorada de la vida, aunque a veces duela.

1 Comentario

  1. Amiga de fatigas,
    Amiga Araceli,
    Amiga al fin,
    Deseo que tanto tu precariedad laboral se difumine y termine para siempre jamás… Así como la de tantas otras personas que lo sufren…
    Y que los ministros (del latín -menos-) sean definitivamente sustituidos por los maestros (del latín -más-) que son los que de verdad ‘saben’ de lo que va la vida…
    Un beso enorme…

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