Cuando una parte muy importante –claramente mayoritaria– de los catalanes clama por ser escuchada, y repite una y otra vez su clamor durante más de diez años, por alguna cosa debe de ser… ¿No…? ¿O es que, de pronto, más de la mitad de la población se ha vuelto loca y hay que encerrarla? ¿O quizás se trata de unos descerebrados incapaces de razonar que hemos sido aviesamente abducidos por unos líderes abyectos y desaprensivos que afortunadamente ya están en la cárcel? Me parece un tanto pueril intentar fomentar la creencia de que los catalanes soberanistas carecemos de criterio propio y seguimos ciegamente las consignas de unos líderes como si, de una secta, se tratara.

Y es que hay que distinguir entre soberanistas e independentistas, porque no es lo mismo. Independentista es el que desea que Cataluña se separe del resto del estado y se constituya en una república independiente, mientras que soberanista es aquél que, siendo independentista o no, cree que Cataluña debe poder escoger su destino colectivo y, por tanto quiere ser preguntado para expresar su deseo, que puede ser que su país continúe perteneciendo al estado español o que se separe de él.

En cuanto a los independentistas, no vamos a reñir por si somos un poco más o un poco menos de la mitad de los ciudadanos que viven en Cataluña porque eso no se ha podido preguntar con garantías. Lo que está claro es que no somos una mayoría epatante ni tampoco un desdeñable montoncito de friquis, sino ni más ni menos que aproximadamente la mitad de la población. Sin embargo, lo que no se puede negar es que existe, en Cataluña, un porcentaje claramente mayoritario de soberanistas que desea expresar en las urnas su voluntad de pertenecer o no al estado español. Unos para votar que sí y otros para votar que no.

El debate en la calle, en las sedes parlamentarias, en los medios o hasta en las encuestas es estéril en este sentido. ¿Adónde conduce intentar elucubrar sobre si el independentismo alcanza un poco más del 50% de la población catalana o un poco menos? Sólo existe una salida que podría dar al traste con esa eterna discusión. La que reclama el soberanismo: un referéndum. Colocar a cada catalán delante de una urna con la papeleta que haya escogido libremente –la del sí o la del no– e invitarle a depositarla serenamente y legalmente dentro de una urna para que, de una vez por todas, sea posible averiguar ante qué realidad nos encontramos. De otro modo, sólo se alimenta la confrontación, la bravata imprudente, la elucubración estéril y las actitudes populistas.

Cualquier soberanista aceptaría democráticamente el resultado de un referéndum vinculante, fuere cual fuere. Lógicamente, cada uno seguiría luchando por su opción, que defendería legítimamente, pero ya no sentiría esa desazón que nos produce a todos que se nos diga, simplemente, que no podemos votar, que está prohibido… ¿Cómo que está prohibido votar cuando una mayoría de ciudadanos de un territorio lo reclama? Pues si está prohibido, habrá que cambiar todas las leyes que haga falta para eliminar esa prohibición, ¿no? ¿Esto es una democracia o no lo es? No olvidemos que, en una democracia, las leyes deben ser instrumentos al servicio de los ciudadanos y no éstos los que se vean eternamente condicionados por aquéllas como si constituyeran un inexorable destino.

Porque, por otro lado, ¿cuál es el plan que tiene el estado para Cataluña? ¿Cómo piensa resolver el problema de toda esa masa ingente de ciudadanos que desea votar? ¿Qué tiene pensado el estado para esos más de dos millones de personas que el 1 de octubre de 2017 votamos independencia en el referéndum ilegalizado y también en dos convocatorias electorales consecutivas? ¿Cuál va a ser su respuesta? ¿Otro estatuto de autonomía, como ha propuesto el PSOE? ¿Otra vez? ¿Para que los de siempre vuelvan a alterarlo?

Pues lamento sinceramente tener que decir que ese tiempo ya pasó. Pasó el momento y el estado no supo aprovecharlo. Perdieron la vez. Pasó el momento de la autonomía. Ahora ya no nos vale, porque el estado perdió la ya escasa credibilidad que tenía en Cataluña en 2006 y ya no nos creemos sus promesas. Porque, en 2006, los catalanes votamos un nuevo estatuto de autonomía cuyo texto original había recibido casi el 90% de apoyos en el Parlamento de Cataluña (15 votos desfavorables del PP contra 120 favorables de todos los demás grupos) porque recogía gran parte de las aspiraciones del pueblo catalán. Pues bien, previamente, el PP había hecho campaña contra su aprobación recogiendo firmas en toda España y, como había grupos parlamentarios a los que también les parecía demasiado atrevido, a pesar de la solemne promesa que hizo el presidente Zapatero en el sentido de que apoyaría el estatuto que saliera del Parlamento catalán, se crearon comisiones para modificarlo que llegaron a alterar más de la mitad de los artículos originales antes de presentarlo al Congreso para que fuera ratificado, cosa que dio pie al entonces presidente de la Comisión Constitucional, señor Alfonso Guerra, para jactarse de manera humillante para los catalanes de haberlo cepillado bien antes de proceder a la ratificación, desentendiéndose claramente del voto emitido en el Parlamento catalán y de la promesa de Zapatero. Ésa fue la expresión que utilizó: “cepillado”, dijo el muy fatuo.

Más adelante, tras recibir, en referéndum legal, a pesar de todo, el 73,9% de votos afirmativos en las urnas en Cataluña, ese estatuto se impugnó ante el Tribunal Constitucional. Por lo tanto, no todo se acabó ahí porque, una vez desvirtuado por las comisiones y aprobado por la población, que tuvo que tragar con el dichoso cepillado, no tuvieron suficiente, sino que, una vez modificado en más del 50% de sus artículos originales, una vez ratificado por el Congreso de Diputados y cuando, aunque totalmente desvirtuado, había ya entrado en vigor, el Tribunal Constitucional todavía lo modificó una vez más. Y los catalanes tuvimos que cargar con un texto final bien diferente del que habíamos votado, un texto final completamente distinto de aquél que había recibido casi el 90% de votos favorables en el Parlamento de Cataluña. Y esto no es aceptable desde ningún punto de vista porque no es democrático. Cataluña es la única autonomía del estado que tiene un estatuto que no ha sido votado por sus ciudadanos.

¡Y de aquellos fangos, estos lodos…! Fue precisamente a partir de aquel momento que el independentismo, que había sido claramente minoritario hasta entonces, empezó a verse como la única salida posible para una situación a la que nos ha llevado un estado que no comprende ni acepta a una parte de su ciudadanía tal como es. ¿Cómo va esa ciudadanía a querer formar parte de ese estado?

Y hasta aquí, hemos llegado. Ahora, a ver quién arregla esto, con dos posturas completamente opuestas, que difícilmente podrán ponerse de acuerdo en una solución que satisfaga por igual a los partidarios de una y otra. ¿Volverá el estado a intentar imponer su opción por la fuerza nuevamente, igual que hizo el día 1 de octubre de 2017, en que miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, algunos al grito de “¡a por ellos!”, agredieron brutalmente a ciudadanos que se disponían a votar? No puedo imaginar reacción más troglodítica y propia de mentes primarias y por civilizar que mandar a los antidisturbios a impedir una votación. Una respuesta completamente alejada del espíritu democrático que, además, no condujo sino a propiciar la solidaridad con el soberanismo entre las buenas gentes de toda España, ya que el referéndum se celebró igual. Cuanta más imposición practique el estado, más oposición va a generar.

Su gran error fue, paradójicamente, el mismo que cometió el independentismo: confiar en una victoria rápida, que no se produjo ni en un bando ni en el otro. Y ahora va a tener que soportar que los independentistas estemos siempre ahí, permanentemente, como un dolor de muelas. Hasta que nos echen.

Sin embargo, en 2006, podría haberse evitado llegar a esta situación simplemente aceptando que España es como es: plural, diversa, como lo son tantos estados europeos. Pienso, sobre todo, en Suiza o en Bélgica –aunque no únicamente–, que respetan escrupulosamente su diversidad, la cultivan y la protegen, la asumen y la hacen suya, en lugar de negarla e intentar sofocarla como hace y ha hecho secularmente el estado español. ¡Y así le luce el pelo, claro…!

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Filólogo y maestro. Su formación es fundamentalmente lingüística. Domina siete idiomas y, profesionalmente, se ha dedicado a la enseñanza, a la sociolingüística y a la lingüística. Se inició en la docencia en un centro suizo y, posteriormente, ejerció en diferentes localidades de Cataluña. Hoy, ya jubilado de las aulas, se dedica a escribir, mayormente libros y artículos periodísticos, da conferencias y es el juez de paz de la localidad donde reside. Su obra escrita abarca los campos de la lingüística, la sociolingüística, la educación y el comentario político. También ha escrito varios libros de narrativa.

1 Comentario

  1. Son mas de 200 años amigos mios
    La cosa viene de largo
    hacemos recuerdo que hemos sido bombardeados, encarcelados, repudiados, hasta asesinados en mas de una ocasión

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