Puigdemont y los suyos han utilizado a la CUP para presionar al Gobierno del PP y negociar, con idea de recuperar lo que les negaron al dinamitar el Estatut. Años de silencio, palos en las ruedas, crisis económica y pérdida de influencia en Madrid han hecho que poco a poco les fuera hirviendo la sangre.

Con la vista roja se echaron al monte. Han ido acercando posturas con partidos y movimientos independentistas radicales para ampliar su apoyo social a cualquier precio, pero apenas consiguieron llegar a la mitad del electorado y tuvieron suerte con la aritmética parlamentaria que les dio la mayoría absoluta en el Parlament. Una mayoría a la que se han agarrado como un clavo ardiendo para hacer y deshacer ninguneando a la oposición, en un ejercicio político que recuerda más a otras latitudes y que sonroja a las democracias más avanzadas.

En su huida hacia adelante, el Procés se les ha ido de las manos, ha alcanzado unas magnitudes que ni ellos mismos sospechaban y ahora tienen miedo a la reacción de los hooligans estelados. Los radicales independentistas no tienen nada que perder, pero ellos sí, y mucho.

Por su parte, Rajoy tampoco tiene nada que perder en Cataluña y sí mucho que ganar en el resto de España con esta situación, además de tratar de empujar al olvido las múltiples corrupciones que tiene encima su partido… La gasolina que cae en el fuego catalán sirve para avivar las llamas de un nacionalismo españolista que, hasta ahora, negaba el pan y la sal al inquilino de la Moncloa por ser demasiado blando e inmovilista. Pero le han dado una nueva oportunidad a cambio de mano dura con los independentistas y la aplicación del artículo 155 para que demuestre quién manda en la piel de toro. Pero jugar con fuego es peligroso y te puedes quemar.

Mientras, Pedro Sánchez se hace el muerto porque tiene lo suyo en el PSOE con las ‘vacas sagradas’ dándole cornadas por su equidistancia con los independentistas y también le tienen ganas por el ‘Procés’ que recientemente han tenido que tragar en Ferraz. Además, el electorado del PSOE tampoco es homogéneo en lo que se refiere al actual problema en Cataluña.

Ciudadanos, por su parte, aprieta porque Rivera y los suyos piensan que unas elecciones autonómicas en este momento le darían más representación parlamentaria. El desprecio contínuo de Pablo Iglesias hacia su líder –que demuestra en cuanto tiene ocasión– hace que no vean el momento de dar el ‘sorpasso’ que coloque a la formación naranja por delante de Podemos.

En cuanto a los de Pablo Iglesias, en este momento están bastante descolocados. Los de la CUP les comen el terreno en Cataluña y tratan de nadar entre dos aguas para no perder electorado. Siguen en su política de escasa o nula claridad –al estilo Puigdemont– cuando se trata de responder a preguntas claras y siempre han eludido definirse públicamente respecto a temas como independencia, referéndum, ETA, Venezuela… Un poco al estilo de Rajoy que ahora también prodiga Andrea Levy.

Aunque se supone que todos representan a los ciudadanos (con minúscula), en la práctica ninguno está a la altura que debería. La ley está para cumplirla, pero también para cambiarla por los cauces democráticos que tantos años nos ha costado conseguir. La mayoría es la que decide, pero también hay que exigir un respeto a las minorías. El Parlamento es una buena muestra de ello, porque con los números puros y duros muchas formaciones políticas no tendrían representación en las Cámaras.

Estamos condenados a convivir, a entendernos, porque la Historia no empezó en el 78 y tenemos que seguir construyéndola día a día. Sirva como ejemplo el País Vasco. Todos los gobiernos de España han negociado teniendo enfrente a nacionalistas e izquierda abertzale, pero en las urnas apenas sobrepasaron los 800.000 votos entre todos y ahora estamos hablando de dos millones en Cataluña.

Aunque todo esto terminase con una vuelta al redil de todos los díscolos, ilegales, provocadores… ­–o como quieran denominarles– catalanes, hay dos millones de personas a las que hay que dar respuestas y conseguir que la mayor parte de ellas estén convencidas de que lo mejor para su futuro es compartirlo con todos los españoles. Debemos huir del unamuniano ‘Venceréis, pero no convenceréis’ y evitar que alguien tenga que morder el polvo de la derrota.

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Periodista con 27 años de profesión a sus espaldas, ha trabajado en medios de Comunicación de Extremadura y Castilla y León, además de colaborar con prensa económica como el Cinco Días y de poner en marcha su propia agencia de Comunicación Comunica2, que se ha caracterizado por la organización de eventos nacionales e internacionales y gabinetes de Comunicación para empresas públicas y privadas. También ha dirigido campañas de Comunicación Política y asesorado a personajes públicos. Según su criterio, los principios básicos del Periodismo, sólo pueden tener como base la libertad de expresión. Algo que empresas e instituciones políticas se han ocupado de manejar en favor de sus intereses.

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