Shangay Lily e Ignacio Pichardo en la Feria del Libro de Madrid.

Conocí a Shangay Lili (con i latina en ese entonces) mucho antes de que me conociera a mí. Corría el 1994 y yo tenía veintipocos años cuando comencé a ir los domingos por la tarde a un desaparecido garito cuyo rastro ni siquiera consigo encontrar por internet, los Baños de Ópera. Allí tenía Shangay su Tea Dance y allí descubrí en ella algo que siempre he admirado: la capacidad que tienen algunas personas, muy pocas, de hacer humor inteligente. Y Shangay era divertida, espontánea, ocurrente, audaz, aguda y muy, muy rápida. Como son las buenas Drag Queen. En realidad, Shangay fue la primera Drag Queen de mi vida y puso el listón muy alto.

En antropología social sabemos bien que el humor constituye uno de los principales instrumentos de resistencia, resiliencia y supervivencia de los colectivos oprimidos. El mundo marica ha hecho siempre de la irreverencia y el humor una bandera. Una bandera que irrita y contrasta de sobremanera con la mojigatería, otra herramienta más del orden heteropatriarcal. Si, además, se responde con orgullo, estilo y divismo a quienes nos tachan de enfermos, pecadores, desviados, raritos, escoria… entonces la capacidad de transgresión se multiplica y al sistema le escuece más. Y, como dice Cynthia Belmont, es un privilegio de las drag-queen ridiculizar, insultar y dar la puntilla a la audiencia en nombre del humor. Este privilegio constituye un momento de poder público para un grupo marginado, ya que hay empoderamiento en el humor y en la capacidad de apechugar con lo que reparte entre el público una Drag Queen: “¡maricón!”.

En esto Shangay fue una maestra -en todos los sentidos- para mí y para mucha gente de Madrid que en los 90 salimos del armario y para quienes los domingos por la tarde-noche era el mejor momento de la semana. A los Baños de Ópera siguieron otros locales como Tímpano, Boccaccio, Stella y un largo etcétera, donde Miss Lili era la maestra de ceremonias de “el gran juego de la loca”, “peredicto”, “el precio injusto”, “bingay” y, por supuesto, “el juego de los mensajes”, un pre-grindr pre-millenial que nos permitió socializarnos en lo que se nos había negado en la adolescencia a las personas no heterosexuales: aprender a ligar. Un espacio liberado para la risa, la pluma, la diversión, la celebración, el descaro, la desfachatez y el ligoteo que a varias generaciones de gays, homosexuales y maricones nos habían escamoteado.

Desde ese momento, siempre he seguido a Shangay: sus apariciones en medios, sus obras de teatro y monólogos, sus largos artículos en su blog de prensa y, sobre todo, sus libros. Recuerdo con especial cariño el muy petardo, riguroso, irónico y, de nuevo, divertido, Mari, ¿me pasas el poppers?, del año 2002. Su activismo, que siempre había sido de una forma u otra político, se iba haciendo cada vez más explícito y más valiente, como se puede comprobar en su trabajo póstumo, que también recomiendo, Adiós Chueca. Aunque valentía siempre le sobró.

Shangay Lily (ya con y griega) me conoció a finales de 2006. Yo había sufrido una paliza homofóbica cuando caminaba del brazo de mi novio en la estación de Príncipe Pío y Shangay acudió a cubrir para su Teledivario la concentración de repulsa que COGAM convocó la semana siguiente en el lugar en el que tuvo lugar la agresión. Allí no dio para conocernos, pero a raíz de ese evento se puso en contacto conmigo y yo, que siempre le había seguido, respondí encantado. A partir de ese momento, cada manifestación, cada acto reivindicativo, cada presentación en público… era una oportunidad para saludarnos y para mostrarle mis respetos y admiración. La última vez que me encontré con Shangay fue en la Feria del Libro de 2015. Shangay me firmó un ejemplar de Plasma Virago y me trató con todo el cariño que siempre sabía regalar.

El 12 de abril de 2016, en el abarrotado Salón de Actos del Museo del Traje, presentamos desde la Universidad Complutense de Madrid la primera Oficina de Diversidad Sexual e Identidad de Género (LGBT+) de una universidad pública española. Shangay acababa de dejarnos y el momento más emocionante del acto fue cuando mencionamos su nombre y el abarrotado auditorio rompió en un aplauso largo y verdadero con sabor a homenaje. No pude evitar pensar en las muchas veces que había aplaudido a Shangay y en las que seguro seguiré haciéndolo. Porque Shangay sigue aquí, vigente, denunciando y haciendo artivismo en sus textos, en sus videos y en sus grabaciones. Gracias por existir y gracias por ser drag-queen, Shangay.

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