La verdad es que no sé por qué será, pues nunca he sido de los que se creen eso de que la política se hace a golpe de elecciones, pero el caso es que mantengo firmemente en mi memoria  los recuerdos de cada noche electoral en la que he participado. La última de ellas la celebramos en La Carbonería, un histórico bar sevillano que estaba de moda entonces entre la progresía, pues sus dueños luchaban contra un desahucio planificado por los propietarios del local que ocupaba en el casco histórico de la ciudad. En aquella cita electoral, Izquierda Unida se presentó junto a Podemos, y juntos también conseguimos tres diputados, mejorando así la marca que las dos formaciones habíamos obtenido en las elecciones anteriores en las que nos quedamos a unos pocos votos de la representación. A la hora de valorar los resultados ante los medios, el partido me pidió que subiese al escenario junto a otra compañera para arropar a nuestro candidato. Lo hicimos a pesar de que no habíamos entrado en las papeletas por imposición de Podemos, que no nos dio espacio en ellas aunque habíamos sido elegidos en puestos destacados en las primarias de Unidad Popular. Al intervenir Sergio Pascual en nombre de la lista, este hizo gala de su fama de conspirador, y ahí mismo y sin venir a cuento, aprovechó los decepcionantes resultados en la región para lanzar un discurso revanchista dirigido a la secretaria general de Podemos en Andalucía.

Como era previsible, entre los resultados y la intervención de Pascual el acto comenzó a parecer un velatorio, pero entonces, y justo cuando parecía que el mundo se nos había caído encima, nuestro candidato Miguel Ángel Bustamante cogió el micrófono y cambió las cosas. Y es que él sabía que en ese momento era necesario recordar que los resultados de unas elecciones no podían condicionar nuestro trabajo, pues nadie dijo nunca que vencer al capital fuese tarea fácil. Como el líder comunista que ya era, Bustamante se dirigió a nuestra gente y también a la de Podemos, advirtiendo lúcidamente que la lucha no había terminado, y que había que seguir convenciendo y atrayendo a los trabajadores a nuestras filas. Las elecciones no eran más que un instrumento de lucha, pero no el único desde luego. Y no convenía sobrevalorar los resultados que tuvimos en un país alienado y anestesiado por décadas de dominio de una oligarquía que controlaba todos los resortes del poder. Había que estar en la calle, con la gente, para que cuando se diesen las circunstancias objetivas pudiésemos llegar al poder, y conseguir un gobierno de mayorías que llevase a cabo la revolución democrática que necesitaba este país.

Emocionado por su discurso observé a Bustamante como si lo hiciera por primera vez, y creo que fue en ese momento cuando desperté y comprendí lo acertado que habíamos estado al proponerlo como candidato. Y es que si les soy sincero no siempre tuve clara su idoneidad, pues Miguel Ángel carecía de experiencia en estas cosas de lo institucional. Yo que lo conozco desde que eramos unos niños que militaban en las Juventudes, le tuve siempre en alta estima, pero para mí él era como yo un pegacarteles, y no me lo imaginé nunca de diputado la verdad. No vayan a pensar mal, pues no uso despectivamente eso de pegacarteles, ya que para mí el término es un halago que define la militancia comunista desinteresada. Porque lo que yo llamo así son esos militantes que no buscan en su trabajo político cubrir aspiraciones personales, y que por eso jamás se ven envueltos en intrigas o conspiraciones para ocupar puestos destacados en un partido en el que -por mucho que nos duela- los egos desmedidos y los oportunismos abundan entre la clase dirigente. Bustamante lejos de ello era y es un comunista sencillo, que trabajaba en su agrupación local de Écija, que no vivía de la política, y que tan sólo defendía en los congresos la postura que creía justa sin entender de familias o pactos para asegurar puestos a él o a los suyos.

Miguel Ángel nunca pensó en ser parlamentario, y a pesar de que posee una sólida formación teórica que adquirió en sus tiempos en las JCA, no destacaba ni en escritos ni en oratoria. Y aunque todos sabemos que eso se aprende rápido, la verdad es que dudé de su perfil. Pero por suerte me equivoqué. Y así, después de una odisea de contratiempos Bustamante se convirtió en diputado. Antes de recoger el acta ya dejó claro que su labor iba a estar en la calle más que en los despachos. Y sólo a los dos días de aquella noche electoral Bustamante fue a parar un desahucio, y poco tiempo después se encerró toda la noche en un ambulatorio de la Sierra Sur para reclamar la construcción de un hospital en la comarca. Desde entonces no ha parado. Cuando veo su labor no puedo evitar buscar paralelismos con el trabajo que hacían los diputados comunistas en la II República, porque tal y como él repite continuamente, Miguel Ángel sabe perfectamente dónde tiene los pies, y por eso no descansa en la defensa de los derechos de la clase trabajadora. Así, entre cargos políticos institucionalizados, Bustamante destaca como un diputado de a pie, que no necesita de discursos grandilocuentes para convencer a nadie, ya que con su ejemplo y trabajo le sobra. Defender a la gente siendo consciente de que él también forma parte de esa gente, y no desde un púlpito que lo saca de la realidad, es lo que le hace un dirigente especial.

 

En estos meses muchos hemos visto en él la figura que necesita este partido en Andalucía. Y es que por primera vez en bastante tiempo, una persona que ha llegado a lo más alto del partido por una carambola de circunstancias ajenas a la política de salón, puede convertirse en el candidato de la militancia. Una militancia que está harta ya de dobles discursos y que no quiere trabajar en vano para que una dirección alejada de la calle y de las bases decida pactos con el sistema para salvaguardar unas cuantas liberaciones. Aunque ha costado convencerlo,  al final Bustamante ha accedido a lo que muchos le hemos pedido y ha hecho oficial su candidatura, una candidatura que encabecerá el mismo pegacarteles que yo conocí en mi más temprana juventud. Porque Bustamante no ha dejado de ser un pegacarteles aunque ahora sea diputado, un diputado que ha adquirido tablas en tiempo récord, y que ahora es capaz de dar discursos emocionantes que sin embargo no esconden tras la palabrería hechos que no se correspondan con su práctica política. Y aunque ahora se codee con autoridades, Bustamante sigue siendo ese pegacarteles en un partido que necesita pegar muchos carteles, y que como tal es sin duda el más indicado para inaugurar una nueva etapa en una organización que ha sido condenada por las políticas oportunistas de una dirección que vive en la eterna dicotomía de mantener un discurso revolucionario y unas prácticas reformistas.

El modelo de partido que propone Bustamante es claro. Y frente al continuismo de algunos o los intentos de subordinación del partido a Izquierda Unida de otros, Miguel Ángel y los que le apoyamos queremos una organización  que sea capaz de dirigir el descontento social, y que no llame a la rebeldía para acabar pactando con el sistema y aprobando recortes allá donde tenga posibilidad de hacerlo. Un partido que supere el modelo carrillista de organización recuperando el trabajo en células para extender conciencia de clase; y que no dé más aliento ni oportunidades a un sistema al que aspiramos derrocar. Un partido fuerte y cohesionado en los principios del marxismo leninismo, que recupere todas sus atribuciones como organización y al que nadie marque el rumbo. Que plantee una política de alianzas encaminada a preparar la revolución democrática frente al capital y que responda a las necesidades del momento histórico que estamos viviendo. Retrasar nuevamente el debate entre revolución y reforma, o esconderlo entre vacías propuestas rupturistas no van a solucionar el problema. Y por eso, y porque Miguel Ángel Bustamante es la única candidatura que ofrece una apuesta de transformación del PCA en la organización revolucionaria que nunca debimos perder, yo apostaré, avalaré y participaré si se me pide en la lista que encabece Miguel Ángel. Porque no podemos permitirnos dejara pasar más oportunidades para dirigir el descontento social hacia nuestras posiciones, posiciones que ayer y hoy siguen siendo derribar el capitalismo, y no justificarlo intentando hacerlo más humano.

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Docente en educación secundaria e historiador. Especialista en historia del movimiento obrero andaluz, actualmente es responsable de la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas de Andalucía.

Es autor de numerosos artículos de investigación y ha publicado tres monografías en los últimos tres años (José Díaz, una vida en lucha, Almuzara, 2013; ¿De qué se nos acusa?, Utopía Libros, 2014; y La lucha por la unidad -escrito con la colaboración de Alberto Garzón-, 2015) El autor escribe habitualmente en prensa escrita y digital y ha colaborado en medios como Viva Sevilla, El Correo de Andalucía, Infolibre, Tercera Información o eldiario.es

2 Comentarios

  1. Gran artículo. El gran inconveniente es que se puede leer entrelíneas que existe una dirección enquilosada que está muy cómoda en la estética revolucionaria y en la práctica pactista (como por ejemplo con el PSOE). Somos muchos los que esperamos que se rompa con esa línea que representa la actual dirección del PCE que como bien dice el artículo están alejados de la calle y solo miran por sus aspiraciones personales.

  2. Joder, organizaciòn de partido leninista.Vais para atras como los cangrejos.¿No os dais cuenta que muy poquito de lo antiguo vale?

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