Adriana se apresuraba por guardar los últimos enseres en la maleta con el soniquete victimista de su madre a la espalda: “Pero Drianita, hija, a nosotros no nos molestas ¿dónde vas a vivir mejor que aquí? Además, hoy en día nadie se va de casa con veinte pocos años, aunque tenga trabajo. Qué manía te ha dado con vivir sola ¡Por Dios! Menudo disgusto nos estas dando, sí, a los dos, porque tu padre, delante de ti, no dice nada, luego me vendrá a mí con la monserga y empezará a despotricar y yo tendré que defender tu decisión con la que no estoy de acuerdo”. La mujer lloriqueaba en silencio y la hija intentó tranquilizarla sin mirarle a los ojos verdes y suplicantes que la intimidaban como si aún fuese una chiquilla. “Mamá, no te pongas dramática, tampoco me voy al fin del mundo, estoy a dos calles… Ni siquiera he cambiado de barrio”.

Adriana era la pequeña de seis hermanos y la última en emanciparse de unos padres que no entendían ese ansia de independencia. A su madre no le podía decir, sin herirla, que quizás el origen del afán por vivir sola se debía a que la convivencia dentro de la familia numerosa siempre le había resultado asfixiante. Más aún si se le añadían pájaros enjaulados, perros meones, tortugas que desaparecían debajo del frigorífico y esquivos y traicioneros gatos; los felinos, en particular, siempre le habían producido una infundada aprehensión, mezcla de recelo y miedo. No, no se arrepentiría de la resolución que había tomado.

Pero la madre no se daba por vencida, se le iba su hijita pequeña, la única que había sacado sus ojos verdes, y seguía con su cantinela, vaticinándola un futuro aciago lejos de su protección: “Vamos a ver Drianita, hija, ¿tú no sabes que la soledad mata? Sí, no te rías, la soledad mata a las personas solitarias. Gente que tiene accidentes, o que le da un “algo”, y no les puede socorrer nadie. ¡Por Dios hija! corres el riesgo de… de qué sé yo, cualquier desaprensivo que te siga, o que te haya vigilado y sepa que estás sola, sola como si no tuvieses una familia que te quiere. ¿Y crees que me consuela saber que sigues en la zona? Pues no ¿No te has enterado de que todavía no han cogido a la banda esa de ladrones que trepa por las fachadas para robar en las casas? Sin ir más lejos, atracaron a don Genaro, el viudo que vive en la misma calle a la que te vas a trasladar tú. Al pobre le dieron una paliza porque sólo encontraron de valor un collar de perlas de su difunta… Es la comidilla de la vecindad ¡Salió hasta en el telediario!”.

Adriana, sonriente, maleta en mano, besó a su madre en la frente prometiéndole que tendría cuidado, que vendría a verla, que la llamaría por la noche y que se comería las croquetas que se llevaba en el “taper”; abrió la puerta y se marchó.

El motivo de alquilar un piso en el mismo barrio se debió a una cuestión práctica: hacer la pequeña mudanza de sus pertenencias rápidamente y también para que sus padres no se sintieran “abandonados” tras su partida, aunque esto dudaba de haberlo conseguido; lo demostraba la actitud de la madre con su agorera despedida.

Pronto se arrepintió de la supuesta buena idea de continuar viviendo en la misma barriada, al escuchar a su espalda, mientras esperaba el ascensor, la voz aflautada de la que sería una de sus vecinas: doña Aurea, más conocida por el apodo de “la cotilla los gatos”: “¡Mira Benjamín, es Drianita! –doña Aurea le hablaba a un gatito que acariciaba entre sus brazos mientras ojeaba a la muchacha de arriba abajo, recalando los ojillos acuosos en la maleta–, ¿Por qué tú eres la pequeña de María, verdad?” Adriana asintió con una sonrisa desvaída y un tímido:””. “¡No me digas que has alquilado el cuarto B, el piso de Margarita! Murió de un infarto hace unos meses. Anda que han tardado los hijos en sacarle beneficio a la casa. La verdad es que está muy bien, el piso digo; yo fui muy amiga de ellos, les regaba los geranios cuando se iban de vacaciones, me tenían mucha confianza, el matrimonio, claro, no los geranios. Antes nadie desconfiaba, vivíamos con las puertas abiertas y ahora mira, ni las ventanas se pueden abrir ¿Te has enterado de lo del pobre Genaro, que por un collar casi lo matan? ¡Ay hija! Hoy en día hay que andarse con mil ojos, qué lástima. Bueno, guapa, ojalá haya sido una buena decisión la tuya, no sabes lo que es vivir en soledad, pero claro, eres joven. Ya sabes, si necesitas algo me tienes a tu disposición en el quinto C”.

Adriana, que no había abierto la boca desde que entraron en el ascensor, respiró aliviada cuando las puertas se abrieron en el cuarto, creyendo que doña Aurea seguiría hasta el quinto. Pero no, la anciana se apeó con intención de seguir su cháchara en el rellano: “¿Oye, Drianita, no te gustaría quedarte con Benjamín? Te lo regalo. Es un gatito muy listo, un poco aventurero, te haría compañía y…”. Adriana la interrumpió armándose de paciencia para no mandarla al cuerno directamente. Esforzándose por ser educada, rechazó el obsequio peludo que la escrutaba con unos ojos verdes más intimidatorios que los de su madre: “Oh, no, muchísimas gracias pero… No, no se me da bien cuidar mascotas”. Doña Aurea insistía: “Pues parece que le has caído bien ¿verdad chiquitín? Tampoco necesita de muchos cuidados”. La anciana ya le estaba acercando el minino cuando Adriana, esta vez, rebasado su aguante, contestó iracunda: “Le he dicho que no, que no quiero animales y menos aún gatos, nunca me han gustado, adiós, buenos días”. Entró en su nuevo hogar y cerró con un portazo tan sonoro como grosero. Doña Aurea se encogió de hombros, dirigiéndose a Benjamín, criticó displicente: “¿Has visto que humos se gasta la mocosa? Pues nada hija, con tu pan te lo comas, de desagradecidos está el mundo lleno”. Benjamín maulló dándole la razón. Lenta y fatigosamente, la mujer, comenzó a subir las escaleras que la separaban de su casa.

Durante el resto de la jornada Adriana se mantuvo felizmente ocupada acondicionando su isla e instalando un pequeño televisor en el dormitorio; cenó las croquetas y satisfecha de que todo estuviese en orden, se acomodó en la cama para ver su serie favorita: “Los casos de la detective Susan Greene”. Pero el caso verdadero era el suyo, siempre se quedaba dormida antes de que se resolviese el crimen.

Sin embargo, el sueño no acudió rápido como en la camita de su casa paterna. La mente deambulaba errática de un pensamiento a otro: Haría una fiesta de inauguración, por supuesto, sin demasiada gente; tenía que comprar fruta y leche; se le había olvidado llamar a mamá ¿pero no había cortado el “cordón umbilical”? Cambiaría esos visillos pasados de moda… ¡Vaya con la detective Greene! Le estaba poniendo los cuernos al marido, morreándose con su compañero dentro del coche en el que vigilaban el edifico en cuestión. Subió el volumen: “No lo vuelvas a hacer Frank”, “Estaba disimulando Susan, ¿O es que quieres que nos descubran? Está bien, no tiene sentido mentir, te quiero Susan”, “Frank, déjate de amores y vamos a trabajar…”. Un bloque de anuncios de seis minutos interrumpió el capítulo.

Miró el despertador, las tres de la madrugada. Decidió levantarse y salir al balcón sin la precaución de despertar a nadie, sabiendo que ese nadie la importunaría con la pregunta: “¿Qué haces levantada a esta hora? Anda acuéstate y apaga la tele antes de dormirte” Sí, esto, para ella, significaba libertad.

Observó la calle casi vacía: Un perro hacia sus necesidades en la acera bajo la atenta mirada del dueño incívico que no se molestó en recoger las heces; una pareja se besaba en el portal de enfrente para luego perderse en la oscuridad de sus entrañas; un monovolumen rompió el silencio mientras aparcaba, de él salieron varios chicos vestidos de negro, serían “góticos”, miembros de algún grupo de música, sacaron del maletero varios bultos y mochilas.

Respiró con deleite la noche estrellada y el aroma que despedían los geranios, geranios que ya no regaría “la cotilla los gatos”. ¡Qué pesada la tía con el Benjamín dichoso! Se volvió a la cama dándole vueltas a la idea de que las personas mayores adquirían una irracional disposición para ver el mundo como una selva llena de peligros ¿por qué se volverían tan negativas y críticas con la juventud? En vez de apoyarlos alegremente, sin más, les torpedeaban las ilusiones con consejos, advertencias, y avisos teñidos de luto ¿es que ellos no habían cometido errores?, ¡pues que les dejasen incurrir en los suyos!

Con la imagen de la detective Susan apuntando a su madre que le ofrecía un plato de croquetas, se quedó dormida.

Un ruido, en algún lugar de la casa, la despertó bruscamente. Había sonado a maceta rota. Sí, provenía de la terraza. Puso atención e intuyó que alguien se movía con pasos ligeros, casi inaudibles. El presentimiento de no estar sola le provocó un miedo paralizante. Lo único que se movía de forma vertiginosa eran los pensamientos y uno en especial comenzó a ocupar su aterrorizada mente: los ladrones trepadores. Quizás esos chicos con mochilas que habían salido del coche no eran ni “góticos”, ni músicos. ¿Serían los rateros escaladores irrumpiendo en su casa? El instinto de supervivencia le hizo saltar de la cama y refugiarse en el cuarto de baño. Angustiada buscó otra salida, tan solo un ventanuco, demasiado pequeño, no ofrecía escapatoria. ¿Qué hacer? El teléfono móvil estaba cargando junto al fijo en el salón. Entonces escuchó más ruidos que no lograba discernir. ¿Habría conseguido el caco entrar por el balcón y una vez dentro abrir a los compinches? Esa idea escalofriante le produjo una lasitud general acompañada de un temblor en la mandíbula, los brazos y las piernas. Sintió el cuerpo desplomarse y el golpe en la cabeza al chocar contra el lavabo.

Entreabrió los párpados para comprobar que todo daba vueltas a su alrededor, las voces de su madre y de la inspectora Susan Greene se fusionaban: “Esta es la soledad que mata”. “¿Está muerta?”, “No creo…”, ¿Oye, Francis, por qué lo has hecho?”, “¿El qué?”, “Ya lo sabes, besarme”, “Tenía que disimular, además, te quiero Sue”, “Déjate de gilipolleces Francis, y ponte a trabajar…”.

Adriana recuperó la consciencia y lo primero que vislumbró fueron los ojos verdes ¿de su madre? No, eran los de Benjamín que le lamía la brecha sangrante de la frente “¿Y tú qué haces aquí?” El gato contestó con un maullido y salió raudo por el ventanuco. Ella volvió a desfallecer.

Poco a poco fue recobrando una lucidez dolorosa que se mezclaba con el sonido de sirenas, timbrazos y murmullos: el televisor debía de seguir encendido. Pese al golpe, o gracias a él, lo vio todo claro; tan sólo se trataba de un gato aventurero e inofensivo. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Intentó incorporarse, consiguió sentarse y apoyar la espalda en los azulejos de la pared; alcanzó una toalla y se la enrolló en la cabeza. El lugar parecía un matadero cruento: salpicaduras de sangre estampaban los saneamientos, del gran charco del suelo huían las pequeñas huellas del gato. En ese momento, tras un empujón, se abrió la puerta del baño.

Un fornido policía, que se dio a conocer como el agente Ramirez, gritó: “¡Está viva, aquí! –Dirigiéndose a ella, interrogó: “¿Se encuentra bien? Tranquila, la ambulancia ya está de camino…” Tras el hombre uniformado asomó el rostro de una mujer, también policía, ésta se puso en cuclillas para estar a la altura de la muchacha herida, se presentó como la agente Martínez y le hizo la misma pregunta: “¿Está bien?”. Adriana pensó que su estado era evidente y quiso contestar a algo tan absurdo: “Mujer, a la vista está que bien, bien, no estoy”, pero en lugar de eso se interesó por su presencia: “¿Qué hacen ustedes aquí?”.

La policía recuperó su estatura y miró a su compañero, éste respondió. “Patrullábamos por la zona y recibimos un aviso…” Adriana le interrumpe asombrada: “Aviso de qué… Esto –se tocó la cabeza haciendo un gesto de dolor—, ha sido un accidente ¿cómo se han enterado?”. La agente Martínez intervino: “Entonces, ¿no recuerda la agresión?”. Adriana: “¿Qué agresión?”. Agente Martínez: “La de los ladrones”. Adriana: “¿Ladrones, qué ladrones?”. Agente Martínez: “Los trepadores”. Adriana: “¿Los músicos “góticos”?”. Las miradas de los policías se cruzaron, continuó el agente Ramírez, titubeante: “Pues…, no tenemos constancia de que pertenezcan a alguna tribu urbana, ni de que sean músicos, lo que sabemos es que se hacen llamar “los ingleses” y que por desgracia, anoche, usted, su casa, fue la elegida para robar”. Adriana: “¡Pero si aquí no ha entrado nadie!.. Le digo que el golpe me lo di yo y la culpa de todo la tiene el maldito gato”. Terció la agente Martínez visiblemente molesta: “Sepa que Benjamín, el “maldito gato” como usted dice, le ha salvado la vida, de no ser por él nosotros no estaríamos aquí”. El agente Ramírez apuntó: “Le encantan los gatos, convive con dos tigres”. Rió su gracia.

Adriana, indiferente al chiste y a los gustos felinos de la agente femenina, comentó irónica: “No me diga que ha sido el –recalcó el adjetivo–, “mal-di-to” Benjamín quien les ha llamado ¿Tan listo es?”. La agente Martínez antepuso la profesionalidad a los sentimientos y más estoica argumentó: “No, claro que no fue él, pero sí su dueña alarmada por la sangre adherida en su cuerpo”.

Adriana comprendió que no era el momento de entablar una discusión animalista, su intención no era la de cabrear a la poli, si no la de encontrar sentido a todo aquel despropósito, e ignorando a los policías recapituló lo sucedido mirando al suelo, en voz alta y de forma inconexa: “El miedo infundado…, me escondí aquí…, el golpe, las voces: la de mi madre producto del delirio, las de la detective Susan y Frank provenían de la tele que seguía encendida…, el gato salió por el ventanuco”. Levantó la vista hacia los agentes, atentos a sus divagaciones: “Estoy convencida de que fue el maldi…, Benjamín, el que se coló por el balcón y me asustó, nadie más ha entrado, ni golpeado, es la verdad, créanme”.

Se expresó con tal vehemencia que los policías extrañados intercambiaron miradas suspicaces al surgir un interrogante ¿acaso existía algún motivo para que se aferrase a aquella declaración tajante exculpando a “los ingleses”? La agente Martínez volvió a ponerse en cuclillas y con un tono paternalista le explicó: “Mire Adriana, ¿se llama Adriana, verdad? –La chica asintió–, creo que acaso sufra un momentáneo Síndrome de Estocolmo; ha sido retenida varias horas y quizás, al empatizar con ellos, no quiera delatarles”. Adriana iba a hablar pero se le adelantó el agente Ramírez: “¿Es miedo, la amenazaron? Le aseguro que no hay nada que temer, ya están detenidos. Los apresamos cuando huían por la avenida paralela a esta, donde en un coche aparcado, guardaban un televisor pequeño. Ellos niegan haber pisado esta calle y menos aún su casa; tan sólo necesitamos que usted les identifique”.

Adriana, por momentos más histérica, dudó de haber despertado del delirio e incluso que los uniformados fueran reales, de repente, estalló: “¡Déjense de síndromes, ni empatías, ni amenazas… Créanme! Les digo que fue el gato, sólo el gato”. La agente Martínez, de nuevo en pie, negó rotunda: “No, no es posible. Benjamín entró y salió por ese ventanuco, sus huellas lo demuestran, no hay más por el resto de la vivienda y además, si se coló por el balcón, según se empeña usted en aseverar, dígame ¿cómo pasó al cuarto de baño donde nosotros la encontramos encerrada? ¿Le cree tan listo?”.

Adriana, perpleja, obvió la ironía que le era devuelta; tan sólo acertó a decir: “Claro, sí, él no estaba cuando me oculté aquí…”

Llegaron los sanitarios, retiraron la toalla y comprobaron que tenía un corte profundo en la ceja. Adriana les dejó hacer su trabajo sin quejarse, lo que más le dolía era no saber qué había pasado. Decidieron llevarla al hospital, pidieron una camilla pero ella prefirió salir andando ayudada por los enfermeros. Al pasar por el dormitorio la tele no estaba, ni encendida ni apagada. Fue al entrar en el salón cuando emitió un grito de espanto y no cayó gracias a que iba sujeta. Todo estaba revuelto: La tierra de una maceta rota esparcida por las baldosas, muebles y cajones abiertos, libros despanzurrados y la ropa tirada por el suelo. Resolvieron sacarla en silla de ruedas debido a la flojera que le impedía caminar.

En el trayecto del portal a la ambulancia se había congregado un grupo de vecinos, entre ellos “la loca los gatos” y Benjamín, los agentes Martínez y Ramírez se encargaron de dispersar a los curiosos. Sus padres aparecieron, avisados por doña Aurea. La madre, con aspavientos, repetía: “¡Lo sabía, lo sabía…!”. El padre, ofuscado, gritaba: “¿Quién le ha hecho daño a mi niña? ¡Dónde está que lo mato!”. Ambos, tras ser atendidos por un sicólogo, solicitaron acompañarla en la ambulancia.

En el asiento trasero del vehículo policial, al que se disponían a subir los agentes, dos individuos observaban tras los cristales cerrados de las ventanillas. Adriana reparó en ellos, les había visto antes pero ¿dónde? Hizo señas a los guardias, estos se acercaron y les preguntó: “¿Quiénes son esos?”. Ramírez aclaró: “Son Francis y Sue, “los ingleses”, los ladrones trepadores ¿los reconoce?”. Entonces, súbitamente, Adriana recordó: “¡Sí, claro que los he visto! Anoche, a las tres de la madrugada, se besaban en el portal de enfrente”.

La agente Martínez se aproximó para despedirse y comunicarle que, una vez recuperada, se pasase por comisaría para el papeleo habitual y recoger el televisor robado.

Acurrucado en sus brazos Benjamín se dejaba acariciar, con los ojos verdes fijos en Adriana. Ésta, le mantuvo la mirada en demostración de un mudo agradecimiento. La funcionaría, al percatarse de la escena, comentó: “Me lo ha regalado su vecina pero, si quiere, se lo puede quedar, ya sabe, yo tengo dos tigres”. Adriana dudó unos segundos, al final aceptó, Benjamín saltó a su regazo maullando contento, lo había conseguido.

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