Mi adorada Shangay

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En el año 2001 yo llevaba ya dos años como programador artístico de la sala de Teatro Ensayo100 de Madrid. Mi tarea consistía, como cualquier programador, hoy ya con apelativo propio e incluso con líneas de estudio en sendas universidades, la de curar o comisariar la programación de una de los teatro emblemáticos de la movida independiente de los años 80 y 90 del siglo pasado, las “salas alternativas”. 

La apuesta porque un joven ecuatoriano, salido de la escuela de formación teatral del director de la sala, Jorge Eines, era la posibilidad que el teatrito de Chamberí, mostrase algo de la contemporaneidad del momento, empapado por este riesgo sudaca y fresco que aportaría un lugar de enunciación propio a un espacio teatral que intentaba construir una personalidad entre sus pares.

He de agradecer siempre esa posibilidad de aprendizaje que me brindaron los propietarios de aquel proyecto escénico. A ellos y a Miss Shangay Lily, ahora explicaré por qué.

Cierta tarde recibí una llamada de los colegas del Teatro de las Aguas, que me pasase pronto por su sala, que los Monólogos Feministas para una Diva, estaban por concluir su exitosa temporada y que sería una pena que yo me perdiese ese espectáculo. Para entonces, ya había leído una crítica del agudo, solidario y mítico Pepe Henríquez en la Guía del Ocio y no dejaba de intrigarme la función que me ofrecían para ver.

A todo esto, no lo he dicho, yo era un sudaca maricón en un Madrid que vivía sus últimos años de sociedad pre-gay, en palabras del genuino Oscar Guash, y se alistaba a romper en explosiva normalización con la ley de matrimonio y posteriormente la ley de equidad de género. Esta declaratoria de politicidad de mi vida, sólo puedo hacerla ahora, y gracias, precisamente a todas estas experiencias vividas entonces.

Yo no lo sabía, pero aquella noche, que junto con mi madre, que había venido de Ecuador para pasar una temporada en Madrid conmigo, acudí al Teatro de las Aguas y quedé estupefacto a la par que conmovido. Diría Jodorowsky que ocurrió un acto de psicomagia, y bastante razón lleva, pero el Teatro, el verdadero Teatro contiene y es en sí mismo un acto psicomágico. Los Monólogos transcurrieron apaciblemente durante, más de una hora, dibujando un arco dramático invisible, mientras transitaban por una aparente superficialidad de mariconeo vulgar, finalizando estrepitosamente en cada uno de los pensamientos del público que se ahogaba de dolor por el homenaje que rendía este travesti, postrado de rodillas ante milenios de explotación a la mujer histórica que era encarnada por el símbolo de la mujer musulmana, la doblegada por el burka y el palo del macho.

Al terminar la función, me disponía a abandonar la sala anónimamente, sin darme importancia y desconociendo ese pequeño y ridículo lugar de poder que da el ser alguien en  un starsystem tan reducido como el de las salas alternativas de la España de la época (¡cuán equivocado estaba!).  Carmen Mayordomo me paró el paso y me dijo que Shangay quería saludarme y esto me sorprendió y rápidamente me acerqué a bambalinas. Ahí, de pie, alto, sonriente y con una placidez que he visto pocas veces en mi vida me extendía sus brazos Miss Shangay Lily, y como si me hubiese conocido de toda la vida, abrazó mi pequeño cuerpo como una madre ve a su hijo que ha crecido. Sus palabras solo fueron de agradecimiento por haberme acercado a ver su trabajo.

Así empezó una relación de amistad que ambos supimos siempre darle el peso y distancia adecuada para cuando la teñíamos de aspectos de trabajo.

En febrero de 2002 aposté por reestrenar en ENSAYO100TEATRO aquellos monólogos conmovedores y un año después y sumando una exposición de obra del genial William Rand, que arropó los pasillos de la Sala Ensayo100Teatro con una serie delirante sobre Ava Gardner e imágenes que hoy serían catalogadas como posporno, Mis Shangay Lily estrenaba su espectáculo Mary, ¿me pasas el poppers? Yo construía mi perfil como un joven comisario de teatro especializado en discursos de género y artes escénicas.

Shangay me presentó a Beatriz Preciado, hoy  Paúl Preciado, en la presentación del Manifiesto Contrasexual que nacía para Madrid en un sexshop de la calle Atocha, en los bajos del Edificio donde vivía Lucía Extebarría, otra estrella de la constelación Shangay. Yo admiraba el firmamento de gente vibrante, donde habitaban hombres y mujeres hermosos a quien conocí y cada día me reconozco en ellos, Leopoldo Alas Mínguez, entre otros. Intelectuales de una España que construía el pensamiento crítico, fundamentalmente en las disidencias de género, en las disidencias somáticas frente a un capitalismo machista y finalmente y en esencia: corrupto.

Al lado de la figura imponente de Shangay Lily, no quiero olvidar este detalle, justo a un par de pasos por detrás, una menuda mujer de bellos ojos claros sostenía simbólicamente su figura: Paloma Linares. Para mí, dos mujeres y un amor incondicional. Con el tiempo he entendido la fuerza del amor y también, con mucho esfuerzo, por la (de)formación patriarcal, la diversidad de aquel amor. No puedo dejar de pensar en Shangay y Paloma como una pequeña maquinaria de amor y verdad; no puedo entender la entereza de Shangay sin la bondad, el apoyo y la mirada de Paloma. Tengo que agradecer a Paloma por siempre ya que sin ella, Shangay hubiese estado menos a disposición de todos: productora, editora, secretaria, amiga, compañera, sostén, puntal. En aquella época Shangay espoleaba a Paloma a ser la mujer que ahora es, su diminuta talla y como Shangay decía, lo confiesa Paloma, su educación de Geisha, no revelaba sino el profundo respeto y admiración incondicional.

He llegado lejos. Lejos de mi segunda patria que es España y lejos en tiempo sobre estas memorias. Hace diez años salí del país que troqué por mi natal Ecuador, porque al igual que Shangay Lily, fui, soy un exilado de clase y género; “mi único pasaporte es el amor de mi madre”.

Good bye, moma…! No pude decirte “adiós, mama”, como dicen los maricas en tu New York de sieno, pero te entendí, te vi. Me viste. Y como buena marica travestida, artivista, militante, como me enseñaste a ser, roja, atea y republicana, te digo: Aquí estoy, en los márgenes del capitalismo, contigo como referente.

(Pronto leeré con avidez Adiós Chueca, en agosto, cuando pise nuevamente ese Madrid, que nos encontró a ambos y que ahora es tan solo un recuerdo de un exilio autoimpuesto).

Me travestiré y haré los Monólogos Feministas en Quito, como habíamos planeado, delirantemente, contigo. Te lo debo, es de justicia poética, es de justicia política.

 

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