El 2 de octubre se celebra, en España, el Día de la Policía Nacional. Con tal motivo se programan diversos actos por la festividad de los Santos Ángeles Custodios, patrón de la policía. Cada comisaría gestiona sus propias actividades conmemorativas; pero por lo general se inician a las doce y media, con una misa en la parroquia correspondiente, y, a continuación, se sirve un pequeño aperitivo en un local habilitado o en, si el espacio de la comisaría lo permite, las propias dependencias policiales. La norma es que acudan personalidades civiles y militares de toda índole, donde se turnan para los correspondientes discursos de agradecimiento a la policía, a su actividad, y a su buen hacer.

Una de las partes de los actos es la concesión de las respectivas medallas al mérito policial, por servicios destacados (supuestamente), marcados siempre por la controversia a la hora de repartir esas medallas, ya que los criterios de asignación no siempre son del agrado de todo el mundo. Es bien sabido que nunca llueve a gusto de todos, pero en el caso del “medallero” de la policía, adquiere tintes irritantes. Cualquier policía sabe, o debería saberlo, que en la concesión de medallas interfieren otros componentes que los estrictamente profesionales y marcados por la normativa, entre ellos, y como más destacado, el “amiguismo”. Casi gran parte de los policías de escalas inferiores han visto, durante años, como “algunas” medallas han ido a parar a las solapas de los propietarios de restaurantes, secretarias, chóferes, vírgenes (María), y personalidades que nada, o casi nada, han tenido que ver con la policía y su labor. Buscando una justificación, a semejante despropósito, son muchos los que argumentan que esta lógica ilógica dimana del hecho de que las medallas se proponen por afinidad, y no por otras actitudes como las que enumera la Ley.

Entre las distintas medallas que existen, las más habituales son las cruces al mérito policial con distintivo blanco (creo que no hay ningún mando de inspector para arriba en toda España que no tenga una, al menos), y suponen una mejora en el baremo de ascenso o para ocupar puestos de trabajo y mejores destinos. Y, el buque insignia de las medallas, lo ostentan las “cruces con distintivo rojo”, que, además de lo dicho anteriormente, conllevan un incremento retributivo y una pensión vitalicia del diez por ciento (10%) del salario. Para esta última medalla hay que reunir una serie de requisitos que creo no es necesario enumerar, pero resumidos son:

Resultar herido en acto de servicio, participar en tres o más servicios mediando agresión con armas, realizar un hecho abnegado que ponga de manifiesto el alto valor del policía y hechos distinguidos y extraordinarios en los que haya quedado patente un riesgo o peligro personal.

Tan solo hay que ver el porcentaje de medallas pensionadas concedidas en las distintas escalas policiales, para comprender la manipulación que se produce. Solo añadiré en este apartado que entre los policías corre un chiste que dice que el lugar más peligroso del mundo es el despacho de un comisario, porque todos (o casi todos) tienen una (o varias) medallas con distintivo rojo.

Los policías de la escala básica, los “curritos”, los que están ahí cuando el ciudadano los necesita, los que están en la calle, los que reciben los disparos, los golpes, las puñaladas, los que, y puede estar el ciudadano tranquilo, velan por su seguridad, esos rara vez obtienen este tipo de condecoración. Algún Sindicato ha calificado esas lista de condecoraciones como una “vergüenza y un descrédito” para la Policía Nacional, pero al mismo tiempo tampoco se ve que esos mismos sindicatos estén haciendo algo para detener esta injusticia histórica, donde los que duermen en sus casas, y trabajan en cómodos despachos, son los que se llevan las medallas que les debería corresponder a esos currantes que se desviven por el ciudadano en su labor diaria, y, con una impagable profesionalidad, son los que menos cobran. Y en el caso de la Policía y la Guardia Civil, incluso menos que otras policías, mientras las medallas se las llevan sus jefes.

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Escritor conocido por sus novelas de género policíaco. Ha impartido clases en la Escuela Canaria de Creación Literaria, es colaborador del Diario del AltoAragón y del El Periódico de Aragón. Ha sido el organizador de las diferentes ediciones del Concurso literario policía y cultura (España) y colabora en la organización del Festival Aragón Negro en las actividades convocadas en la ciudad de Huesca. Desde el año 2012 es considerado el creador del término Generación Kindle, nomenclatura utilizada para referirse a una serie de escritores surgidos de la edición digital. En el mes de enero del año 2013 fue uno de los seis finalistas preseleccionados para optar al Premio Nadal en su 69º Edición con la novela La noche de los peones.

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