Estamos en el Gran Premio de México del año 2017, los comentaristas de la cadena de televisión española que transmite la carrera y los entrenamientos van maquillados como muertos vivientes, porque en México, en el circuito Hermanos Rodríguez, es el día de los muertos.

No para Max Verstappen. Para Max Verstappen es el día de los vivos.

El coche de Max ha sido rápido todo el fin de semana, pero en la segunda sesión de calificación ha sucedido un pequeño milagro: algo similar a lo que contaba Alfred Nobel cuando descubrió la dinamita. Un accidente, error casual, se convierte en la solución que buscaba casi desesperadamente.

Max Verstappen tenía dinamita entre los dedos. Podía quedar el primero. Estaba seguro de que podía quedar el primero. Se le aceleró el corazón, se le encendió la mirada quemándole por dentro. Esa pole era suya. Había sacado a Lewis Hamilton, el ya previsible campeón del mundo de la temporada, casi medio segundo. ¡Con un Red Bull!

En la Q3, la que disputan sólo los diez pilotos más rápidos, Verstappen se comporta con el mismo celo que el Doctor Jeckyll cuando prepara por segunda vez, incrédulo, la pócima que le convertirá en Mister Hyde.

Y la pócima vuelve a funcionar, el Red Bull de Max Verstappen es otra vez el más rápido y eficaz. Varias décimas más veloz que los Mercedes, ambos Mercedes, le saca casi un segundo completo a Daniel Ricciardo, su compañero.

Es suya. La pole es suya. Va a ser la primera pole position de su vida, su primera pole en Fórmula 1; después de haber ganado ya dos carreras.

Le brillan tanto los ojos, le late tan rápido el corazón, a Max Verstappen, que no piensa en él, en el otro, en el hombre al que reemplazaría en las estadísticas como EL PILOTO MÁS JOVEN DE LA HISTORIA EN HABER CONSEGUIDO UNA POLE: Sebastian Vettel.

Max no piensa en Sebastian, pero Sebastian sí piensa en Max. Max que le he puesto en dificultades en muchas carreras, le ha adelantado, quitado podiums y tratado como si ya fuese un piloto acabado y viejo. Él, el gran Vettel.

Y es esa rabia la que se contagia hasta la última tuerca, corre por el cable más estrecho del Ferrari, se mezcla con la gasolina y el aceite, enamora a los amortiguadores y enciende a los frenos. Y corre, corre Sebastian Vettel dispuesto a mantener su juventud, su futuro absoluto, su derecho a ser el primero, el más grande, cueste lo que cueste, a cualquier precio…

Y el Ferrari está a punto de salirse de la pista al principio de la vuelta a causa de la rabia; las ganas y el deseo. Pero no: el alma es más fuerte que la máquina y que los nervios, más fuerte que el propio miedo. Y lo consigue Sebastian Vettel. Le arrebata a Max Verstappen la que iba a ser la primera pole de su vida. Para seguir siendo el rey absoluto al menos en eso: en ser EL PILOTO MÁS JOVEN DE LA HISTORIA EN HABER CONSEGUIDO UNA POLE.

Magnífico duelo en el circuito de los Hermanos Rodríguez. Durante las últimas vueltas estuvieron callados, y absolutamente atentos, hasta los muertos.

 

Tigre tigre.

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