O lo que es lo mismo, la docencia en peligro de extinción.

No hace mucho volaba y se multiplicaba en las redes una publicación en la que se leía que “Francia necesitaba urgentemente 1.000 profesores de español”. Como profesora de esta asignatura, me ardía la curiosidad y me dio por rascar en la llaga. Pues bien, sepamos por qué. Un informe de unas cien páginas del Ministerio de Educación francés contiene los datos y los hechos:  Desde el año 2012 hasta ahora, las dimisiones de profesores en el país de los galos se han han triplicado. Estas bajas voluntarias de los funcionarios de la docencia afectan principalmente a los docentes de Primaria, y a ellos se suman otras cifras no poco anodinas que conciernen igualmente a los de Secundaria. A la ya conocida desvalorización social de la profesión, se le suman los más de 60.000 puestos que el presidente Hollande prometió crear durante su legislatura, y creó, ignorando que muchos se tirarían de cabeza a este oficio sin medir las dificultades que lo acompañan. Las cifras señalas que los jóvenes suelen dimitir en su mayoría durante el primer año de ejercicio de la profesión, incapaces de hacer frente a la pesada carga de una formación insuficiente, la preparación de clases y la falta de apoyo por parte de sus superiores. Unos meses son suficientes para darse cuenta de las penurias que les esperan durante los cuarenta años siguientes hasta llegar a la jubilación; las ganas, los sueños y la vocación desaparecen y rápidamente deciden huir hacia otras profesiones con menos carga psicológica y mayor reconocimiento social.

Lo grave del asunto es que entre estas huidas también se encuentran jóvenes con vocación. El sufrimiento, los alumnos cada vez más desmotivados y hostiles, el individualismo de la profesión, la falta de solidaridad, la vulgaridad de unos padres cada vez más agresivos y violentos, unos programas escolares cada vez más mutantes y complejos, y unos sueldos bajo mínimos conforman tan apocalíptica huida. A ello, podríamos sumar las bajas por depresión o los suicidios que, en algunos casos aislados pero no menos importantes, son la siguiente salida para los que no se han atrevido a dimitir. Sin lugar a dudas, la educación, que es la base de una sociedad alfabetizada, inteligente y crítica está en crisis, pero no solo en Francia. El pensamiento lúcido está en apuros, porque sin profesores motivados y sin vocación, el futuro de nuestros jóvenes está aniquilado. En una ponencia dentro del ciclo “Gestionando hijos”, el periodista Carles Capdevila aseguraba que “el activo mas importante de una sociedad es el estado de ánimo de los maestros”. A lo largo de su ponencia reitera con gracia que un maestro tiene la obligación de ser optimista, confiar en sus alumnos y enfrentarse a cada día con alegría, pero ¿cómo lograrlo si la educación ha dejado de ser prioridad para cualquier gobierno? De sobra es sabido que en cualquier oficio artesano, la vocación es importante y primordial, pero en algunos casos, no es suficiente. Cuando la importancia de la ortografía desaparece en favor del estudio por proyectos, el latín y el griego le ceden horas al inglés, la filosofía y el arte apenas tienen cabida en los programas, y desde el ministerio de Educación loan un ya desacreditado y falso bilingüismo, ¿qué esperanza nos queda? ¿Cuál es la motivación de un profesor español al que le obligan a enseñar Historia en inglés? ¿Cómo quieres tener motivados a unos jóvenes que con apenas 23 años y sin experiencia son enviados a los suburbios de París a enseñar, perdón, lidiar, con jóvenes que en numerosos casos cargan a sus espaldas con un currículum de violencia, abandono y delincuencia, cuyo peso es mayor que las ganas de aprender, puesto que muchos todavía no saben escribir? ¿Cómo estimular a unos alumnos que no han comprendido que estudiar significa esforzarse y para los que buscar una palabra en un diccionario “les lleva demasiado tiempo”? ¿Cómo ejercer bien tu oficio, cuando en los claustros de profesores la jerarquía te pide que apruebes a unos cuantos “porque tampoco pasa nada”? ¿En qué capítulo de la Historia se perdió la lucha por la excelencia académica?

Las consecuencias de todo ello se traducen en colegas que en las salas de profesores, en los pasillos y en el gremio comentan con resignación que los colegios e institutos no son más que guarderías de día y que el oficio del profesor se reduce tan solo a “poner multas”. Enseñar es lo de menos. Llegados a este estado de hartura, cansancio y conformismo, lo único que nos queda es poner cara de susto o echarnos a llorar. Herbert Spencer, un antropólogo inglés, decía que “educar es formar personas aptas para gobernarse a sí mismas”, pero andamos muy lejos de tal proyecto. A largo plazo, tendremos exactamente lo que nuestros gobernantes buscan. Unas presas perfectas, que no sabrán escribir y que, a pesar de saber leer, no leerán; que por no leer, no tendrán ni juicio crítico ni una cabeza en su sano juicio; y que, por falta de juicio crítico, serán fáciles de manipular. Y cuando ya a todos nos hayan manipulado, a nadie le quedarán causas por las que luchar. Y algunos de ellos, se convertirán en profesores.

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Llegué al mundo un mediodía de invierno, en Elche, bajo el signo de piscis y ayudada por una ventosa, que despertó en mí las ganas de llorar. Fui una niña tranquila, callada, obediente, estudiosa, de timidez enfermiza. Y llorona, muy llorona, porque la genética desarrolló en mí una sobredosis de sensibilidad. Prefería observar y escuchar a hablar. Al volver del cole veía Barrio Sésamo y nunca me quedé al comedor. De pequeña leía los poemas de Gloria Fuertes y pasé todos los veranos en La Unión, en compañía de un abuelo que criaba jilgueros, una abuela muy coqueta que me contaba secretos familiares y una tía soltera muy muy sabia. Mis padres me educaron en los valores de humildad y respeto. Respeto a todo el que tuviera en frente sea quien fuere. Mi asignatura favorita en el instituto era Literatura, y gracias a la poesía y a mi profesor descubrí lo que era el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo y hasta los placeres prohibidos. Pero lo que siempre me acompañó fue el realismo mágico. A los 18 años el ansia de libertad me llevó a Madrid a estudiar Periodismo y a partir de allí empecé a volar. Un día de primavera, un sabio argentino me predijo en el Retiro que lo mío era comunicar, que viajaría mucho por el mundo, que era una mujer de mar y que al final volvería a mi elemento. Y así se hizo. Pertenezco a la generación ERASMUS. Estudié italiano cuando todos querían saber inglés y me fui a vivir a Roma, cuando todos buscaban un lugar en el Reino Unido. Pertenezco también a la generación precaria. Durante unos cuantos veranos, y algún invierno más, me explotaron como becaria en numerosos medios de comunicación, pero como yo no era consciente de que me explotaban, pues me lo pasaba bien delante del micrófono y escribiendo. Hacía crónicas muy locales en la CADENA SER de Elche, trabajé en Diario INFORMACIÓN y toqué fondo en un diario gratuito de cuyo nombre no quiero acordarme. De allí salí escopetada hacia Francia, para trabajar en Comunicación y Relaciones Internacionales, y después de tres años de puturrú de fuá, me planté en Bruselas. Allí estuve trabajando cinco años en la Comisión Europea, un lugar en el que te pagan mucho por no hacer nada. Pero como allí dentro los días dan mucho para pensar y aquella jaula de oro tampoco me convencía, concluí que si verdaderamente quería hacer algo para ayudar a la humanidad, había que empezar por la Educación. Y como los astros y aquel sabio argentino no se equivocaban, la vida me devolvió al Mediterráneo, donde vivo ahora, un pueblo del sur de Francia, en el que aprovecho mis clases como profesora de español para despertar el sentido crítico en unos adolescentes que andan cada vez más perdidos. Así que soy de todas partes y de ninguna. Un ser sin una identidad declarada, pero con una vocación de madre innata que sueña con dejarle a sus hijas un mundo mejor. Porque no, a España no quiero volver.

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