Cuando leí lo de la muerte de María Dolores Pradera primero pensé en mi madre, y luego me alegré -siempre se mira la edad- de que hubiese llegado a los noventa y un años; espero, pero esto no lo sé, que en suficiente buen estado, sin sufrir ni hacer a los suyos sufrir. Ojalá haya sido así.

María Dolores Pradera no era amiga de mi madre, pero hubo una vez que coincidieron en Ayamonte, no recuerdo muchos detalles, sólo que también estaba la mejor amiga de mi madre, Rosina Corrales. Y hay una foto, quizá varias, en las que se ve a mi madre: joven, radiante la sonrisa y los ojos como estrellas, al lado de María Dolores.

La única relación entre ambas era la admiración, y empatía, con la que mi madre siempre hablaba de ella, escuchaba y cantaba sus canciones. Porque sucedía que mi madre tenía una voz magnífica, probablemente tan buena como la de la cantante, y además tocaba la guitarra. Si hubiese tenido el valor, o quizá simplemente el mínimo apoyo por parte de su padre (y del mío, su marido) es probable, posible, que se hubiese convertido en una cantante popular: no había tantas en la época, y a mi madre, amén de una voz maravillosa, siempre ha estado sobrada de energía y capacidad para moverse en el mundo (casi todo de lo que yo soy capaz -lo amable y lo duro- lo he aprendido de ella).

Con la muerte de María Dolores Pradera desaparece un referente de mi infancia, quizá importante y quizá por ella yo soy más o menos artista (a los escritores no se nos suele calificar como artistas, pero eso es lo que, pienso, somos); esa admiración, afecto incondicional, de mi madre, Mercedes Rabanal, hacia su María Dolores sin duda me sirvió de inspiración para atreverme a hacer todas las cosas que he hecho, dejar una vida fácil y segura para vivir siempre sobre la cuerda floja pero haciendo siempre, absolutamente siempre, lo que quiero, lo que creo que debo. Porque es hermoso como las personas admiran, admiramos, a los artistas. A nadie se le admira y mitifica igual que a un artista. Y cuando muere un artista, cuando morimos, aún sigue quedando la obra, como una lágrima que se hubiese solidificado en piedra para no ser arrastrada por el río de la lluvia.

María Dolores Pradera no ha muerto, al contrario: empieza una nueva etapa. Creo que a partir de hoy voy a empezarla a escucharla con mayor frecuencia e intensidad, como si fuera una nueva cantante para mí, como si la acabara de descubrir.

 

(Mecanografía: Lolita)

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