Entre la escuela oficial y la privada tenía, Joaquín Golderos, casi un centenar de alumnos que aspiraban a emularle convirtiéndose en guionistas profesionales, pero si todos ellos aprendían el oficio, para el que Joaquín sabía no se necesitaba, y en contra de la creencia popular, ningún talento especial, el mercado se resentiría provocando, en el mejor de los casos una caída de los emolumentos, y en el peor una disminución de la demanda de guiones que podría dejarle en el paro, debido a lo cual cada día se esforzaba Golderos hasta dónde le alcanzaba el ingenio en no desvelar los secretos del oficio y dictar del más torpe modo posible sus clases; magistrales, por cierto.

 

(El relato que aparece más arriba es la pieza o capítulo número 49 del artefacto literario creado por Javier Puebla al escribir un cuento, o más exactamente relato literario, al día durante todos y cada uno de los trescientos sesenta y cinco que conforman un año, y además tener la osadía de calificar el resultado final como “una suerte de novela”. El libro, conocido por EL AÑO DEL CAZADOR, sólo puede conseguirse pidiéndoselo directamente al autor, previo acuerdo económico pues carece de precio concreto y definido y se utilizan y existen, asegura la leyenda, casi infinitas maneras de editarlo y crear ejemplares únicos).

(Mecanografía: Ángel Arteaga)

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