Después de la segunda guerra mundial, los principales líderes nazis huyeron por el mundo, especialmente a pequeñas ciudades de América del Sur, donde anteriores generaciones habían emigrado con gran éxito, en la presunción de burlar el ajuste de cuentas por sus crímenes y asesinatos colectivos.

Uno de esos presuntos seguidores del supremo führer, se instaló en Caraz, una ciudad del Callejón de Huaylas, muy parecida al paisaje suizo, ofreciendo servicios médicos a los pobladores, según revela un cuento corto de C.E Zavaleta, quien fallece en Lima, a los 83 años, dejando una frondosa literatura de alta calidad y como traductor de autores como T.S. Eliot, James Joyce, Ezra Pound, Nathaniel Hawthorne, Tenessee Williams. Ha surcado mares y exigentes centros académicos de los EE UU, Inglaterra, y España, donde fue agregado cultural de su país.

Desde 1948, C.E. Zavaleta fue el introductor en su país de las nuevas técnicas narrativas en el cuento y la novela. Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura 2010, confesó en un reciente discurso de agradecimiento a San Marcos, la universidad más antigua de América, que por culpa de Carlos Eduardo Zavaleta, escuchó hablar de William Faulkner y Joyce, en los años cincuenta “escritores que más me han marcado”.

La literatura de los años 50, fue precisamente la de cuentos y novelas sobre fugitivos, entrelazados con historias de amor como una forma pedagógica para explicar la barbarie nazi y contrarrestar aquella ideología que destruyó Europa y buscaba extenderse por las antiguas colonias.

Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928 – Lima 27 de Abril 2011), fue quien dedicó su mayor creación a tratar de romper los “misterios locales” como una forma de evitar la creciente escisión de nuestras naciones multiculturales como es el Perú. Caminamos por el siglo XXI y el país de 30 millones de habitantes, lejos de unirse, la geografía y el poder económico en manos de unos cuantos, generan más pueblos atrapados en atávicos rencores y creciente pobreza material.

La tierra natal de C.E. Zavaleta y el resto de ciudades del Callejón de Huaylas son extraordinarios observatorios de los principales nevados del Perú como el Huandoy y el Huascarán, entre otros. Cuando caen sobre los nevados los rayos del sol y/o de la luna, sus habitantes, congregados en sus campiñas o plazas públicas, disfrutan del paisaje idílico, y aún más durante los días festivos. Al son de bandas musicales, multicolores danzantes y quema de castillos artificiales, la gente de todas las edades y lugares circulan por las calles a la espera de un nuevo y venturoso amanecer.

En la plaza principal de Caraz, que cobijó a Simón Bolívar durante su travesía por los andes hacia la batalla final por la independencia de cinco repúblicas, otro gran atractivo nocturno, igualmente bello, son los desfiles de sus mujeres lugareñas. Ya el Libertador constató la cálida acogida de sus pobladores, además de las “tres” o “doce etc”, según las tradicionalistas Celso V. Torres y Ricardo Palma.

Para los jóvenes estudiantes, causó sorpresa la aparición en la Plaza Bolívar, de un alemana rubia y escultural, que obsequiaba sonrisas a sus admiradores; en tanto su pareja, un hombre bajo de estatura, calvo y taciturno, se le veía agotado por las sombras de los muertes en Auschwitz y Birkenau, campos de concentración, de experimentación médica y de exterminio en masa de los prisioneros tras la invasión de Polonia de 1939.

Desde esa noche singular, los alumnos del centenario colegio nacional “2 de Mayo”, solían caminar siempre detrás de aquellos novios germanos, con la obsesión de cómo arrancarle el amor al huidizo alemán. Y Carlos Eduardo, en versión premonitoria, anunció que muy pronto esa ensoñadora mujer no tardaría en traicionar al amante ultramarino. Y así fue semanas después.

En efecto, la belleza berlinesa apareció con otro acompañante. Su antigua pareja había desaparecido, sin aviso alguno, para nunca más volver. La justicia, aunque tarde, había llegado con un lapidario fallo de los tribunales de guerra.

Estas y otras múltiples historias convirtieron a C.E. Zavaleta en uno de los escritores más destacados del Perú desde mitad del siglo pasado. Fue animador de poetas y narradores peruanos y extranjeros, cuya obra él admiró o discutió. Además de traductor, profesor universitario, fue estudiante de medicina, periodista, viajero, y ejerció con talento las funciones diplomáticos de su país en varias capitales de Europa y América. Carlos Eduardo, no dudó en protestar cuando un joven caracino fue detenido por la policía, por el hecho de vivir a Cuba en el momento que el senador Edward Kennedy iniciaba un discurso en la plaza de Caraz, en 1962, pocas semanas después de que un deslizamiento del nevado Huascarán sepultara el pueblo de Ranrahirca.

Junto con José María Arguedas, Ciro Alegría y Manuel Scorza, logró conjugar esfuerzos, como núcleo de su visión, para exportar la creación cultural urbana del Perú en busca de una relación armónica de carácter mestizo. Y lo hizo, desde tribunas importantes como las universidades norteamericanas de Lawrence, Duke, Columbia, Complutense de Madrid, y London University.

No cesó su labor cultural a través de las revistas Centauro, Letras Peruanas, Boletín Cultural Peruano y como traductor de autores notables. Su cercanía con el arte popular en sus más diversas manifestaciones ha sido capaz de mostrar y defender, al margen del Estado oficial, el extraordinario mosaico de culturas y el valor de los recursos naturales de la Amazonía, de los Andes y de la franja costera del Pacífico.

Desde 1948, C.E. Zavaleta fue el introductor en su país de las nuevas técnicas narrativas en el cuento y la novela. Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura 2010, confesó en un reciente discurso de agradecimiento a San Marcos, la universidad más antigua de América, que por culpa de Carlos Eduardo Zavaleta, escuchó hablar de William Faulkner y Joyce, en los años cincuenta “escritores que más me han marcado”.

C.E.Zavaleta escribió meses antes de fallecer: “Mi vida me permitió conocer el Perú y me permitió conocerme a mí mismo. Me acuerdo nítidamente de las escenas serranas que están en mis cuentos, el paisaje, la gente pobre, pero resistente. Los ancashinos han pasado tremendos aluviones, peligros, terremotos salvajes. Son indestructibles”, respuesta dirigida a revalorar su terruño, como un pedazo de tierra donde uno encuentra la mayor felicidad.

Precisamente, José María Arguedas (Andahuaylas, enero de 1911 – Lima, 2 de diciembre de 1969), en el “Zorro de arriba y zorro de abajo”, realizó una conmovedora descripción de cómo los campesinos fueron tragados por el mar de Chimbote para lograr el “boom” pesquero que benefició solo a la industria agrícola de Europa y Asia y no del desarrollo local. Finalmente se preguntó qué es mejor para el hombre: la competencia individual o la cooperación fraternal de todos los hombres.

Con enfoque parecido trabajó Carlos Eduardo Zavaleta. Autor de libros como El Cristo Villenas, El cielo sin cielo de Lima, El cínico, Los Ingar, Los aprendices, Retratos turbios, Un joven, una sombra, Campo pálido pero sereno, Huérfano de Mujer, es considerado un innovador de la narrativa peruana al alejarse del indigenismo y difundir la obra de autores extranjeros. Fue uno de los novelistas que más ha contribuido a reconocer la tierra natal como el lugar más preciado, en tanto todos sus habitantes sean reconocidos.

En su “Autobiografía fugaz” (2000) ratifica el valor de la crítica, y recuerda el permanente retorno a su idílica provincia de Huaylas para presentar, a través de la municipalidad, cada nueva obra literaria. Ahora, cuando se le esfumó la vida, los devotos de la cultura de la muerte, multiplican homenajes, ratificando así que ninguna persona de valía “es profeta en su tierra”, porque la cultura, para una economía de libre mercado, es el lado oscuro de la luna, es la negación de la educación pública de calidad para las comarcas más alejadas.

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